El Centro de Diamantes de Amberes es uno de los búnkers más seguros del mundo. No es para menos teniendo en cuenta que en su interior se esconden el 80% de los diamantes en bruto del mundo y que por la ciudad de Bélgica pasan 16.000 millones de dólares en diamantes al año. Pero ni siquiera un lugar así es infalible y, tal y como se demostró con el considerado como el robo del siglo, ni siquiera las medidas de seguridad más eficaces son capaces de detener al ladrón más obstinado.
Durante el fin de semana del 15 y 16 de febrero de 2003, un grupo de ladrones conocido como La Escuela de Turín consiguieron colarse en el Centro de Diamantes belga y saquear 123 cajas de seguridad de las que robaron más de 100 millones de dólares en piedras preciosas y joyas. Pese al éxito de su operación, una comadreja, un palo de escoba y un bocadillo de salami se convirtieron en la trampa que terminó llevándoles a prisión.
El robo del siglo
Como si de una secuela de Ocean’s Eleven se tratase, el grupo de ladrones alquiló una oficina cercana al Centro de Diamantes mientras, durante casi tres años, estudiaron paso a paso cómo darían uno de los golpes más ambiciosos de la historia del robo. No iba a ser tarea fácil porque, además de una cámara acorazada impenetrable y guardias privados vigilando el edificio las 24 horas, el búnker convertido en caja fuerte contaba con decenas de medidas de seguridad adicionales.
Cualquier invento que hayas llegado a ver en una película de robos estaba ahí. Sensores de calor para responder tan pronto alguien se colase entre ellos, detectores sísmicos evitando el acceso por túneles de mantenimiento, cámaras constantemente monitorizadas, imanes que activaban la alarma de forma automática si no eran separados mediante las medidas de seguridad diseñadas para evitarlo… Era un robo imposible.
Pero La Escuela de Turín no era un grupo de ladrones convencional. Entre ellos estaban los mejores expertos del gremio, con expertos en cerrajería y electrónica capaces de, tal y como se demostró, convertir una caja fuerte inexpugnable en algo capaz de ser abierto de par en par sin que nadie se diese cuenta hasta que fuera demasiado tarde.
Cuando la mañana del lunes 17 de febrero los guardias iniciaron su ronda semanal, descubrieron que su fortaleza estaba lejos de ser impenetrable. Con la cámara acorazada abierta de par en par, y cientos de cajas de seguridad, diamantes y joyas tiradas por el suelo, pronto entendieron que sólo un milagro podría acercarlos a los ladrones. Lo que no esperaban era que ese milagro viniese de una comadreja, un palo de escoba y un bocadillo de salami.
Incapaces de cargar con todo lo que habían llevado hasta allí para perpetrar el robo si también querían llevarse el mayor número de diamantes posibles, los ladrones dejaron atrás todas sus herramientas.
Cuando la policía descubrió un palo de escoba con espuma de poliestireno que había servido para engañar a los detectores de calor, supieron que no estaban ante un golpe cualquiera. Había que intensificar la búsqueda y, sobre todo, agarrarse a cualquier pista que llegase hasta ellos.
Una comadreja, un palo de escoba y un bocadillo de salami
En cualquier otro momento, la llamada de August Van Kamp habría agotado una vez más la paciencia de la policía. El jubilado, que llamaba constantemente a las autoridades para quejarse del vertedero en el que se había convertido el bosque cercano a su casa, se levantó con la misma intención de siempre.
Su hobby era cuidar de unas comadrejas que tenía como mascota y a las que paseaba a diario por la naturaleza que rodeaba a la autopista. Su obsesión, centrada en afirmar que a las comadrejas no les gustaba la basura que los coches lanzaban al bosque, le hacía repasar cualquier porquería que encontrase en busca de una excusa para denunciar.
Sin embargo ese día se topó con un tipo de basura muy distinto al habitual. Apelotonados en una bolsa se encontraban billetes, documentos rotos y lo que parecían unos pequeños diamantes verdes, así que volvió a llamar a la policía para darles a conocer el hallazgo. Lo que encontraron dentro gracias a aquellos documentos fue un hilo del que tirar, el nombre Leonardo Notarbartolo, y su primera prueba de ADN, un bocadillo de salami a medio terminar.
Aunque el nombre parecía falso y no gozaban de una dirección, pronto descubrieron que Leonardo Notarbartolo aparecía registrado en una de las cajas de seguridad del Centro de Diamantes y que, además, tenía alquilada una oficina cercana. Cuando el sospechoso apareció en el edificio días después, la policía se le echó encima.
Tras ser detenido e interrogado, la investigación de su casa demostró que había diamantes envueltos en una alfombra enrollada y, a partir de ahí, empezaron a buscar en las cámaras cercanas para ver quién se había movido alrededor de la oficina y el lugar en el que el tal Leonardo había comprado el bocadillo. De los cuatro implicados en el robo, las pruebas terminaron incriminando a tres.
El cuarto, el encargado de dar forma a la llave que abría la cámara, nunca apareció. Tampoco lo hicieron el grueso de los diamantes robados. Los ladrones mantienen que nunca llegaron a robar nada y que todo fue una trampa perpetrada por el Centro de Diamantes para cobrar del seguro, pero su vida tras haber salido de prisión parece indicar otra cosa.
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