El secreto de Mewgenics para ser terriblemente adictivo no está en Edmund McMillen, se lo debemos a un monje austríaco de 1865

El secreto de Mewgenics para ser terriblemente adictivo no está en Edmund McMillen, se lo debemos a un monje austríaco de 1865

  • Además de ser uno de los juegos más adictivos de 2026, también es un firme candidato a GOTY

  • Que lo haya conseguido a base de enseñarnos cómo funciona el ADN y los genes es un logro aún mayor

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Mewgenics
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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

Editor - Trivia

Llevo más horas en Mewgenics de las que me gustaría reconocer incluso en un mes de febrero en el que el tiempo para jugar ha sido cercano a nulo. Podría decirse que el nuevo juego de Edmund McMillen ha entrado como un vendaval en el poco tiempo de ocio del que dispongo y, pese a que tanto su arte como la idea de un tactics no podría repelerme más como jugador, lo adictivo de su mezcla ha pesado más que cualquier otra cosa. 

Lo más sorprendente de esa fórmula, en cualquier caso, no está en mi pasión por las mecánicas basadas en sistemas -aquello de que el agua conduzca la electricidad y pueda atacar a 5 enemigos a la vez con un rayo aunque mi magia sólo llegue a uno de ellos-, y tampoco por la endiablada dificultad que progresivamente se va haciendo cada vez más accesible gracias al conocimiento y la experiencia. Lo que me tiene dando volteretas es cómo Mewgenics ha convertido la obsesión de un monje de 1865 en la estrella de su diseño jugable. 

La mejor idea de Mewgenics

Para quienes aún no os hayáis acercado a Mewgenics por cualquiera de las razones que comentábamos más arriba, entre ellas el ser más feo que un pie, la idea del juego parte de crear un ejército de gatos que enviar en incursiones roguelite mientras haces frente a los peligros que van surgiendo ante ti. Una vez enviados a luchar y regresado a casa con éxito, esos gatos se jubilan y no pueden volver a utilizarse. 

Has batallado con ellos, les has inflado a experiencia para subir sus stats, y has decidido qué habilidades añadirles conforme subían de nivel para dar forma a la mejor clase posible, pero cualquier apego que pudieses tenerlos tiene que acabar ahí. Ya no volverán a luchar, así que su único objetivo a partir de entonces es dedicarse a criar para, con suerte, dar forma a un gato definitivo que mantenga parte de sus rasgos. 

A partir de aquí entra en juego un sistema de gestión en el que mejorar la casa para que tengan una mayor tendencia a aparearse, que sus genes se transmitan de una generación a otra con mayor probabilidad y, en una medida que parece absurda durante las primeras horas, que a tu casa en Mewgenics lleguen otros gatos de estadísticas paupérrimas y nada interesante que aportar. 

En esa última jugada, aparentemente absurda cuando lo que quieres es hacer que tus dos mejores gatos se pongan a criar como conejos, está la clave del sistema. Si algo nos enseñaron las casas reales de la antigüedad es que mezclarse entre familiares directos no era la mejor de las ideas, y que la consanguinidad y la endogamia deriva en no pocos problemas. Justo ahí, cuando entiendes hasta qué punto el código genético es una parte primordial del juego, es cuando decides dejar de pensar en algoritmos y código para empezar a pensar en guisantes. 

Antes de los gatos estuvieron los guisantes

El mago detrás de ese adictivo sistema de cría que se mueve entre la necesidad de heredar genes recesivos raros y una cuestión de pura fortuna no es Edmund McMillen, sino Gregor Mendel, un monje austríaco del siglo XIX que terminó obsesionado con la botánica. Mendel vivía en una época en la que se pensaba que si juntabas a un perro chico con uno grande, el resultado sería uno mediano, como si estuvieses uniendo pinturas de colores para conseguir otra nueva. 

Para intentar descubrir si eso realmente funcionaba así, y por qué no lo hacía pese a los constantes esfuerzos de forzar esa idea, aprovechó el jardín de su abadía para plantar guisantes. Cogió un grupo de plantas que siempre daban guisantes amarillos y las cruzó con otras que siempre daban guisantes verdes. Allí donde esperaba un nuevo color de guisantes, lo que consiguió fue una variedad en la que, absolutamente siempre, los guisantes eran amarillos.

Lejos de quedarse ahí, llevó su experimento más allá. Cogió a esas nuevas plantas y las cruzó entre sí esperando que los guisantes amarillos volviesen a aparecer. Cuando empezaron a dar frutos, lo que descubrió es que el guisante de color verde había vuelto. Por cada tres guisante amarillos, aparecía uno verde, demostrándose así que había un 25% de posibilidades de que ocurriera la magia y los genes del guisante verde volvieran a relucir. 

El descubrimiento, que se volvió en la base de la genética moderna y las matemáticas aplicadas a ella, es precisamente lo que consigue que el sistema de cría de Mewgenics sea terriblemente adictivo. Lejos de darte una certeza satisfactoria, juega con tus ilusiones para ver hasta qué punto puedes unir dos gatos perfectos para crear otro aún mejor, pero como juega con las leyes de la naturaleza en vez de con puro código, las posibilidades son tan inabarcables que estás deseando realizar una nueva tirada para comprobar si, esta vez sí, las leyes de Mendel se ponen de tu parte. 

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