Steve Jobs se obsesionó con que el iPod se convirtiese en el Rolex de los mp3, así que para conseguirlo tuvo que tirar de placebo auditivo

Mientras los reproductores mp3 normales costaban cerca de 100 euros, el primer iPod subió hasta los 459 euros durante su lanzamiento

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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

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Aunque el tiempo ha hecho que recordemos al iPod como el primer cacharro que nos permitió escuchar música en mp3 de forma digital, lo cierto es que antes de que llegara el dispositivo de Apple ya había decenas de reproductores similares. Lo que hizo Steve Jobs no fue reinventar esa tendencia, fue hacer lo que Rolex había hecho con los relojes: convertirlo en algo aspiracional. 

Si te paras a pensar, un reloj Rolex cumple la misma función que uno convencional. Su objetivo es dar la hora y eso es precisamente lo que ofrece. En el caso del iPod, la comparativa nos lleva exactamente al mismo lugar. Mientras que los dispositivos mp3 de la época nos permitían escuchar música por poco más de 100 euros, a veces incluso menos, el primer iPod costó 459 euros. Ambos hacían lo mismo, pero Steve Jobs había entendido a la perfección que el lujo no sólo tiene que verse, también tiene que notarse. 

El iPod que quiso convertirse en un Rolex

El mejor ejemplo de ese salto de calidad, de esa señal diferencial entre el resto de dispositivos y lo que Apple colocaba en las estanterías, lo recibimos con la llegada de la cuarta generación del iPod. Fue entonces cuando el peculiar mp3, ya un fenómeno de masas con el mercado dominado, quiso ir un poco más allá para acercarse a la idea del lujo desde el placebo auditivo, una premisa que conocen a la perfección otras marcas enfocadas a millonarios como las de los coches y los relojes.

De la misma forma que hay ingenieros dedicados a controlar cómo se escucha la puerta de un Mercedes cuando se cierra, o cómo el peso de un reloj de lujo se siente en la muñeca denotando calidad sin resultar incómodo, Apple dio forma a un sistema digital que se sentía mecánico: la Click Wheel del iPod Classic y el iPod Mini. 

En esencia, no era más que una vuelta de tuerca a la rueda de control del dispositivo que había saltado de un botón mecánico a uno táctil. Sin embargo, para quienes tuvieron uno de esos iPod se trataba de una de las piezas más satisfactorias del dispositivo. Acercándose a lo que hoy conocemos como vibración háptica, Steve Jobs empujó su diseño hacia algo nuevo. Al deslizar el dedo por la rueda sin obtener ninguna fricción en el proceso, un leve sonido nos hacía sentir que estabas interactuando con la lista de canciones. 

Desde una perspectiva técnica, el placentero sonidito era innecesario. Tenías una referencia visual que te indicaba que te estabas moviendo por la pantalla, el cacharro seguía ofreciendo la misma música que en generaciones anteriores del iPod, pero aquél cambio en la rueda de control iba un paso más allá. Entraba dentro de esa categoría de placer auditivo capaz de elevar un producto un paso más allá, como la puerta de un coche de lujo o el tic-tac de un Rolex, para generar un efecto en quienes deslizaban el dedo por la superficie táctil. 

Imagen | Thetaxhaven

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