Hace unas semanas, el sello Runas de Alianza Editorial me proporcionó una copia anticipada de Llamas en Nuncanada, la última novela de la autora Catriona Ward, que empieza a consolidarse como un auténtico fenómeno en el terreno del terror y la fantasía contemporánea oscura. Hasta ahora no había leído nada de ella, aunque llevaba tiempo con el runrún de fondo de que es alguien a quien merece la pena prestar atención. Así que me lancé a por esta obra que, desde el primer capítulo, me resultó tan desconcertante como adictiva. Os la puedo recomendar, pero con la misma advertencia que suelo hacer cuando os hablo de películas, series o libros que, sobre todo, buscan entretener: es una lectura emocionate y absorbente, pero también algo tramposa y palomitera.
Su mayor mérito no está en su estilo, desde luego, que aunque tiene pasajes y líneas realmente buenas (aplauso aquí para su traductora en España, Cristina Macía), pero tampoco me ha parecido nada del otro mundo. Sin embargo, debo confesar que en varias ocasiones me sentí tentado a dejar el libro, convencido de que había descubierto los secretos del relato antes de tiempo. Craso error. El desenlace contiene un plot wist que justifica el recorrido, aunque llegar a él implica atravesar tramas secundarias que se hacen pesadas y que absorben buena parte del peso narrativo.
La historia sigue principalmente a Riley y Oliver, dos hermanos que huyen de un hogar de acogida abusivo para refugiarse en un rancho llamado Nuncanada, oculto en las Montañas Rocosas. Este lugar actúa como un microcosmos de aislamiento y seguridad, donde los niños crean su propio sistema de supervivencia frente a la negligencia del mundo adulto. La fuerza de la novela reside en la tensión que genera la relación entre los protagonistas, su vulnerabilidad y su capacidad de adaptarse a un entorno hostil. Sin embargo, las tramas centradas en otros personajes relacionados con el pasado de la propiedad, se me hicieron soporíferas. Su extensión supone al menos un tercio del libro y, aunque aportan contexto, en muchas ocasiones ralentizan el ritmo de la narración y diluyen el impacto emocional de la historia principal sin que su aportación me parezca demasiado interesante.
Las tramas centradas en otros personajes relacionados con el pasado de la propiedad, se me hicieron soporíferas
Con todo, Ward no tiene miedo de desafiar al lector. La novela exige atención constante y una disposición a aceptar que la oscuridad puede tener muchas capas, algunas de ellas difíciles de digerir. Algunas son necesarias, algunas son egoístas, otras simplemente son enfermizas. Riley y Oliver representan el corazón de la historia, y su viaje es el que mantiene el interés pese a los obstáculos narrativos. Lo que diferencia esta obra de otras en el género es cómo la autora subvierte los mitos de la infancia, mezclando referencias literarias con sucesos oscuros de la historia estadounidense, creando una especie de universo paralelo que resulta inquietante y fascinante a partes iguales y que en mi cabeza se ha traducido visualmente en el famoso meme de la niña viendo arder la casa.
La subversión de Peter Pan en Nuncanada
Uno de los ejes más interesantes de la novela es la reinterpretación del mito de Peter Pan. El rancho Nuncanada funciona como un País de Nunca Jamás siniestro, un refugio donde los adultos no pueden entrar y los niños viven al margen del sistema. Atardecer, una niña que viste de verde, asume un rol similar al de Peter Pan, atrayendo a otros menores hacia el rancho y conformando un grupo de supervivientes que recuerda a los Niños Perdidos. Riley y Oliver se integran en esta comunidad, donde cada gesto y decisión tiene un trasfondo mágico y ritualista.
Ward juega con la iconografía infantil de manera subversiva. Las tirolinas metálicas sustituyen al polvo de hadas, y un cocodrilo llamado Campanilla acecha a los niños, una fusión siniestra de los dos personajes originales. La idea de no crecer se presenta como un mecanismo de defensa ante un mundo adulto violento, un enfoque mucho más oscuro que el de la obra de referencia, aunque creo que Ward deja escapar sin desarrollar algunas de las mejores ideas que ella misma presenta. Esta reinterpretación genera una tensión constante: no hay juegos inocentes ni finales felices garantizados; cada acción de los protagonistas tiene consecuencias reales y, a menudo, dolorosas.
Llamas en Nuncanada (Runas)
Otro de los elementos que hace la novela más inquietante es la figura del actor Leaf Winham, dueño original del rancho, con parque de atracciones incluído al más claro estilo de Neverland, lo que remite directamente a la iconografía y polémicas de Michael Jackson. Winham encarna la estrella reclusa que utiliza su fama y su propiedad aislada para ocultar abusos, y la noria en ruinas del rancho funciona como metáfora visual del desmoronamiento de un paraíso infantil. Ward no es sutil en sus alusiones: la mezcla de glamour, poder y explotación infantil recuerda inevitablemente a ciertos episodios de la cultura pop estadounidense, convirtiendo la ficción en un espejo perturbador de la realidad.
Ward deja escapar sin desarrollar algunas de las mejores ideas que ella misma presenta
Este paralelismo no es gratuito. Sirve para explorar cómo el poder y la fama pueden enmascarar la violencia y cómo los lugares, incluso aquellos destinados a la diversión o el retiro, pueden convertirse en espacios de trauma y control. Un tema de plena actualidad, por desgracia. El rancho Nuncanada no es solo un escenario; es un personaje que acumula memoria histórica y violencia, un espacio donde el pasado sigue dictando el presente y donde los niños deben reinventarse para sobrevivir.
La novela también incorpora referencias históricas, como guiños a la secta de los Davidianos y el asedio de Waco en 1993. Los rituales y jerarquías del rancho evocan la estructura de culto de David Koresh, y el incendio que marcó la historia de la propiedad actúa como catalizador de secretos y traumas enterrados. Este eco histórico añade un nivel de verosimilitud que refuerza el horror psicológico y moral de la obra, mostrando cómo los lugares retienen la memoria de la violencia y cómo los mitos de un sitio pueden transformar a quienes buscan refugio en él. Ward logra, de manera sutil, conectar estos hechos históricos con la narrativa de los protagonistas. Los niños que viven en Nuncanada no solo enfrentan peligros inmediatos, sino que cargan con el legado de un entorno marcado por la tragedia, lo que da profundidad al relato y convierte cada acción en un reflejo de la historia más amplia.
Nunca nada y Nuestra parte de noche
Algunos de los elementos más místicos del libro recuerdan mucho a Stephen King, algo que será obvio para todo aquel que se adentre en la novela, aunque llevados con menos finura comparado con lo que suele hacer el Rey del Terror de Maine. Pero os quiero hablar de otro libro, y es que Llamas en Nuncanada también me ha recordado a Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, una de las mejores novelas que he leído en bastante tiempo y que leí hace algunos meses. Mientras Ward construye un thriller con ecos góticos y referencias pop, Enriquez ofrece una narrativa más densa y compleja, con un trasfondo político y ritual profundo. La novela argentina narra la historia de Juan y Gaspar, padre e hijo, en una historia que se desarrolla en Argentina durante la dictadura militar, enfrentándose a la influencia de una Orden secreta que adora a una entidad conocida como la Oscuridad.
El rancho Nuncanada no es solo un escenario: es un personaje que acumula memoria histórica y violencia
Ambas novelas comparten temas de herencia, trauma y poder, aunque desde perspectivas distintas. Enriquez construye un relato expansivo, abarcando décadas y distintos territorios, mientras Ward se centra en la claustrofobia de un rancho aislado. Sin embargo, las dos coinciden en mostrar que el verdadero horror no reside únicamente en lo sobrenatural, sino en cómo los seres humanos perpetúan violencia y abuso, dejando marcas duraderas en aquellos que dependen de su protección, más allá de que de verdad pueda haber, o no, algo paranormal.
Tanto Llamas en Nuncanada como Nuestra parte de noche presentan estructuras narrativas fragmentadas que reflejan la desorientación y vulnerabilidad de los protagonistas. Ward articula tres hilos principales: la huida de Riley y Oliver, un hilo documental sobre los eventos pasados en el rancho y la historia de Leaf Winham. Esta construcción genera tensión, pero también exige paciencia al lector, sobre todo en las partes menos centradas en los protagonistas, como os decía antes. Enriquez, por su parte, utiliza una narrativa modular que atraviesa décadas y escenarios, desde Londres hasta la selva de Misiones, creando un tapiz en el que lo sobrenatural y lo histórico se entrelazan. Su uso del territorio y el tiempo enfatiza cómo la violencia y el poder moldean la experiencia humana, con un enfoque que no busca giros inmediatos, sino profundizar en la comprensión del horror. Os recomiendo mucho este libro.
Nuestra parte de noche: 636 (Narrativas hispánicas)
Herencia, trauma, cuerpo humano, magia y misticismo
Uno de los ejes centrales de ambas obras es la relación entre el trauma, la herencia y el cuerpo humano. En Nuestra parte de noche, Juan transmite a Gaspar un legado que es al mismo tiempo amoroso y cruel: protegerlo implica infligir sufrimiento para mantenerlo a salvo de la Oscuridad. En Llamas en Nuncanada, Riley se convierte en protectora de Oliver frente a un entorno donde los adultos son predadores o negligentes, pero tampoco le hace ningún favor a su hermano pequeño. La violencia heredada es social e institucional, y los cuerpos se convierten en herramientas de supervivencia.
Las dos novelas coinciden en mostrar que el verdadero horror no reside únicamente en lo sobrenatural
Ambas autoras tratan el cuerpo como un espacio de vulnerabilidad y resistencia. En Enriquez, los cuerpos son utilizados en rituales y sacrificios; en Ward, la asilvestramiento de los niños y sus estrategias de supervivencia reflejan un endurecimiento impuesto por su Nuncanada. La diferencia radica en la escala: Enriquez explora el impacto político y social, mientras Ward se centra en la intimidad de la experiencia individual y la reconstrucción de un microcosmos violento. Y aquí en donde entra el juego la magia, en las dos historias. Lo sobrenatural en ambas novelas funciona como un amplificador del horror real. En Nuestra parte de noche, la Oscuridad se presenta como una fuerza prehumana, ligada a la tierra y la historia argentina, que se manifiesta a través de rituales y transformaciones físicas. Tiena lgo de real, algo de cultural y hago de lovecraftiano. En Llamas en Nuncanada, lo místico es más ambiguo: sombras, voces y brasas actúan como un reflejo de los traumas que los protagonistas han heredado, y la magia es algo que al lector nunca termina de quedarle claro si es real o no.
La oscuridad como espejo humano
Mariana Enriquez y Catriona Ward han trascendido los límites del género de terror. Enriquez ha consolidado un éxito internacional, recogiendo premios, reconocimientos y éxitos de venta por todo el mundo. Sus historias logran que el horror se convierta en una herramienta de reflexión sobre la sociedad, la historia y la psicología humana. En ambas novelas, el espacio es más que un escenario: actúa como un catalizador del horror. En Nuestra parte de noche, los "no lugares" como carreteras, gasolineras y hoteles se convierten en sitios de anonimato y peligro, reflejando la violencia del Estado y de la sociedad. En Llamas en Nuncanada, el rancho en ruinas es un Nunjamás cruel donde los niños deben crear su propia jerarquía, enfrentándose a la hostilidad del territorio y a la memoria del trauma. Las dos historias muestran estos lugares liminales como los escenarios donde nuestra ambigüedad moral como sociedad tiene se porio hábitat natural.
La comparación entre Llamas en Nuncanada y Nuestra parte de noche permite observar cómo el horror contemporáneo sigue evolucionando dentro de lo político, lo social y lo psicológico, a la vez que vuelve la mirada a una serie de creencias y tradiciones que parecían olvidadas. Tal vez sea una moda, pero cada vez veo más elementos de neopaganismo o tradiciones vinculadas con la magia del caos o la wicca en obras recientes de ficción, ya sea en cine, series o literatura. Mirad si no From o Weapons.
Llamas en Nuncanada y Nuestra parte de noche muestran estos lugares liminales como los escenarios donde nuestra ambigüedad moral como sociedad tiene se porio hábitat natural.
En conclusión, Llamas en Nuncanada y Nuestra parte de noche nos recuerdan que la oscuridad más profunda no está siempre en lo sobrenatural, sino en la capacidad humana de heredar y ritualizar la violencia. Ambos relatos muestran también que los verdaderos fantasmas son los traumas, los abusos y las estructuras de poder que perpetúan la violencia. La hibridación de géneros, la reinterpretación de mitos y el uso de los no-espacios como personajes refuerzan su relevancia en el panorama literario global. Son libros que, aunque distintos en tono y estilo, coinciden en ofrecer una experiencia literaria intensa y perturbadora, que dejan al lector con la sensación de haber atravesado un territorio oscuro que refleja la realidad más cruda. Y pese a los obstáculos narrativos que pueda presentar Ward, su novela es un entretenimiento adictivo y sorprendente que merece ser leído, especialmente si se disfruta de las sorpresas oscuras de consumo rápido y los efectistas giros inesperados que desafían la percepción del lector.
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