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Llevo comprando hardware gráfico desde la Matrox Millennium y la Matrox Mystique, cuando ni siquiera las llamábamos tarjetas gráficas, sino aceleradoras. Después pasé por el 3DFX con la mítica Voodoo y, más tarde, por varias generaciones de Nvidia. Recuerdo el momento en que la GPU empezó a exigir alimentación propia porque, por no saberlo, empezó a salir humo de mi ordenador al arrancar el Oblivion. Así hasta llegar a nuestros días, en los que tengo una RTX 5080. Eso sí, principalmente por trabajo.
Siempre me ha gustado el hardware. Recuerdo la emoción de cambiar una tarjeta gráfica, comprobar hasta dónde podía llegar y ver cómo un juego que antes funcionaba a trompicones de repente se movía con soltura. Había algo especial en abrir la caja, desmontar el ordenador y sentir que acababas de darle unos cuantos años más de vida.
El discurso del hardware está diseñado para que sientas que te estás quedando atrás, incluso cuando lo que tienes aún sigue valiendo de sobra
Sin embargo, hubo un momento, no sabría decir exactamente cuándo, en el que comprar una gráfica empezó a dejar de ser tan divertido. Antes podía pasar perfectamente cuatro años con una tarjeta y sentir que había hecho una buena compra. Después, las generaciones empezaron a sucederse cada vez más deprisa, los precios subieron y la vida útil psicológica del hardware se redujo. Digo psicológica porque la tarjeta seguía funcionando perfectamente. Era yo quien empezaba a mirarla de otra manera. Al cabo de dos años, ya pensaba en modificar el equipo para intentar estar a la última. Por supuesto, nadie te obliga a cambiar de GPU cada dos años. Yo mismo he conservado componentes durante mucho más tiempo cuando no he sentido la necesidad de sustituirlos. Pero todo el discurso que rodea al hardware está diseñado para conseguir que sientas que te estás quedando atrás, incluso cuando lo que tienes sigue cumpliendo de sobra.
El otro día me saltó en YouTube un fragmento de un podcast de Linus Tech Tips en el que le preguntaban qué consideraba actualmente una tarjeta gráfica de gama media. Su respuesta era que ya ni siquiera sabía dónde colocar esa etiqueta, porque los precios se habían desplazado tanto que la gama de entrada empezaba a costar lo que antes relacionábamos con productos mucho más ambiciosos. Y creo que tiene razón. Muchas veces tengo la sensación de que nos han convencido de que lo mínimo necesario para montar un buen ordenador es algo parecido a una RTX 5070 Ti. Todo lo que se encuentra por debajo es porque has tenido que hacer concesiones y no es un equipo gaming “de verdad”. Sin embargo, cualquier GPU de entrada es ya un producto más que decente: una RTX 5060 cuesta unos 299 euros y la 5060 Ti 379 euros. No son tarjetas regaladas, precisamente, pero tampoco pertenecen a ese universo de los mil euros en el que parece empezar ahora el PC serio.
Hemos adoptado las necesidades de los entusiastas
En esta situación tienen culpa los fabricantes, por supuesto, pero creo que nosotros también hemos contribuido bastante. Yo consumo análisis de Digital Foundry, de Linus y de muchos otros canales especializados que enseñan cómo debería verse un videojuego. Me gusta ver cómo funcionan el trazado de rayos, el path tracing, los reflejos, las sombras y todas esas pequeñas diferencias que se aprecian estupendamente cuando detienes la imagen, la amplías y colocas dos configuraciones una al lado de la otra.
Es un contenido que disfruto mucho. El problema aparece cuando empiezo a adoptar como estándar mínimo las necesidades de quienes se ganan la vida encontrando esas diferencias. Además de ser su trabajo, son verdaderos entusiastas. Les gusta analizar si un cristal refleja correctamente la calle que tiene detrás o si una sombra utiliza una técnica más precisa. Yo también puedo disfrutar observándolo, pero durante una partida normal, la verdad es que no siempre lo aprecio con la misma intensidad.
Y por eso tengo la sensación de que hemos convertido la gama entusiasta en una necesidad psicológica. A veces ya ni siquiera me basta con que el juego se vea estupendamente. También quiero tener la certeza de que estoy jugando a su mejor versión posible. Son dos cosas diferentes y, a la hora de pagar, esa diferencia puede salir bastante cara. Hay un puzle en The Secret of Monkey Island que me hace mucha gracia. El vendedor de barcos de segunda mano Stan intentaba colocarnos un barco lleno de accesorios que no podíamos pagar y nosotros teníamos que ir quitándolos uno a uno hasta quedarnos con lo básico.
Quizá es hora de que con los videojuegos hagamos lo mismo. Quita el trazado de rayos. Quita el path tracing. Baja de Ultra a Alto. Prescinde de la generación de fotogramas si no te convence. Utiliza DLSS en Rendimiento si juegas en 4K. Este modo reconstruye una imagen 4K desde una resolución interna de 1080p y, aunque no ofrece la misma imagen que una resolución nativa, el resultado moderno puede dar extraordinariamente bien el pego.
De repente, una 5060 o, con algo más de margen, una 5060 Ti puede ofrecer una experiencia que hace pocos años me habría parecido una barbaridad. Un juego como Cyberpunk 2077, sin trazado de rayos y utilizando sus ajustes altos y las técnicas de reconstrucción, sigue viéndose espectacular. Quizá haya que tocar alguna opción para mantener los 60 fotogramas en todo momento, pero precisamente de eso se trata: ajustar unas cuantas cosas, jugar y dejar de asumir que cualquier configuración inferior a la máxima resulta inaceptable.
Yo ahora mismo puedo jugar a prácticamente la mejor versión de cualquier juego. Tengo una 5080, un ordenador puntero e incluso he probado una 5090. A la vez, utilizo otros equipos y consolas portátiles mucho menos potentes, y lo que he descubierto al cambiar entre unos y otros es que el agravio comparativo dura bastante poco. Sí, mi cerebro sigue comparando porque sabe que existe una versión mejor y que, además, la he visto funcionando.
Cuánto pago por mejorar mi experiencia y cuánto por la tranquilidad psicológica de saber que no hay nada mejor
Pero después empiezo a jugar y dejo de mirar los charcos y los cristales y vuelvo a fijarme en los personajes, los combates o la historia. La diferencia sigue ahí, claro, pero pierde importancia. Lo que unos minutos antes parecía una concesión dolorosa acaba convirtiéndose en algo perfectamente disfrutable. Por todo ello me pregunto cuánto valor real tiene una vez desaparece el momento de la comparación. Cuánto estoy pagando por mejorar mi experiencia y cuánto por esa tranquilidad psicológica que produce saber que no hay una versión técnicamente superior a la que tengo delante.
Toca hacer una criba
Quizá en otro momento podía permitirme estos excesos con mayor facilidad. Cuando la RAM, los SSD y el resto de componentes tenían precios más razonables, era posible montar un equipo muy bueno por 1.400 o 1.500 euros apretando un poco. Si quería gastar más en la gráfica, incluso aunque no fuera estrictamente necesario, podía hacerlo porque el resto del ordenador no se había disparado.
Ahora el panorama es distinto. La demanda relacionada con la inteligencia artificial está afectando a la memoria, el almacenamiento y a las propias GPU. Incluso las CPU han subido bastante, sobre todo en portátiles. Las previsiones cambian constantemente y un día nos prometen que los precios se estabilizarán mientras al siguiente nos dicen que el problema durará años, pero me cuesta imaginar que montar un ordenador vuelva pronto a ser tan asequible como antes.
Si la RAM, el almacenamiento y la VRAM de la GPU más la escasez de tarjetas terminan añadiendo varios cientos de euros al presupuesto, quizá es momento de bajar nosotros mismos. Pasar de la 5070 Ti que creía necesitar a una 5060 Ti, por ejemplo. O de esta a una 5060. Tendremos que aceptar que se puede vivir sin trazado de rayos o sin path tracing y reduciendo algunas opciones sin sentir que estamos jugando mal.
Con las consolas va a ocurrir algo parecido. Quienes antes podíamos comprar todas las consolas tendremos que hacer una criba, porque por lo que puede costar una sola máquina en el futuro antes casi comprábamos las tres de una generación. También tendremos que seleccionar mejor los juegos si continúan subiendo de precio y más aún si desaparece el formato físico, llevándose con él parte de las ofertas, el préstamo, la reventa y el mercado de segunda mano.
Yo no voy a dejar de jugar ni de comprar tecnología. Me conozco lo suficiente como para saberlo. Pero sí tendré que preguntarme con mucha más frecuencia qué me aporta cada gasto. Y cuando llegue el momento de recortar, los primeros en caer serán probablemente esos excesos entusiastas que durante años creo que hemos ido convirtiendo poco a poco en necesidades.
Quizá vuelva a conseguir que una tarjeta gráfica me dure más de una generación. Y, en el camino, quizá aprendamos también a disfrutar más lo que tenemos en vez de mirar que es lo que está viniendo después.
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