¿Es Roblox un videojuego? ¿Es una plataforma? ¿Un motor gráfico como Unreal Engine o un mecanismo más parecido a Minecraft? ¿Una red social enfocada a niños? La respuesta es más compleja de lo que parece y probablemente un híbrido que cubra los diferentes enfoques. Sea lo que sea, lo que tengo claro es que Roblox no entra para nada en mi área de conocimiento o experiencia. El mundo del gaming es un coloso inabarcable y cuando pongo los números sobre la mesa, me doy cuenta de que únicamente controlo una parte minúscula del mismo. Si el pastel de la industria global es de 200 mil millones dólares y quitamos los juegos móviles, Minecraft, Fortnite, Roblox y los juegos gratuitos, ¿qué nos queda? Los títulos narrativos premium son una parte muy minoritaria, pero también creo que son la vanguardia que hace progresar a todo el medio y la razón definitiva que lo hace interesante.
Megalomanía desatada
Si desaparecieran de repente, yo me iría con ellos. Me dedicaría a leer libros y ver películas, a escribir novelas o cualquier otra cosa. Todo esto es una forma muy alambicada de expresar que en los casi veinte años de existencia de Roblox, nunca me ha interesado lo más mínimo. Es un producto completamente ajeno a mis sensibilidades, destinado a un público que no soy yo y que reúne una colección de detritus intelectual que estoy seguro que hace más mal que bien. Pero el caso es que los números que es capaz de poner sobre la mesa son anonadantes. Steal a Brainrot, la última sensación de la plataforma, consiguió superar los 25 millones de usuarios únicos. Roblox en su conjunto superó el récord de 41,6 millones de usuarios simultáneos de Steam, con sus decenas de miles de juegos y sensaciones como Counter Strike 2 o Dota 2. Casi cuatro veces lo que suele hacer Fortnite durante sus picos. Un fenómeno en toda regla. Pero un fenómeno que sucede en una dimensión paralela a la mía.
Roblox está inmerso en varias investigaciones y demandas en Estados Unidos por no hacer lo suficiente para proteger a su base infantil
Por eso la entrevista a David Baszucki en el podcast Hard Fork del periódico más leído del mundo, el New York Times, ha sido tan reveladora. Son cuarenta minutos de conversación que no tienen desperdicio, por mucho que el tema en sí tampoco nos interese tanto, como a mí. Y no tienen desperdicio porque lo que ponen de manifiesto es el nivel de megalomanía desatada que tienen algunos de los líderes del sector tecnológico, y sí, también en los videojuegos. Baszucki es un milmillonario absolutamente alejado de la realidad, muy versado en corpospeak, fascinado por los números, por los KPI y por gráficas con líneas perpetuamente ascendentes y poco más. Un ejecutivo de su talla no va a una entrevista con el New York Times sin someterse a horas de entrenamiento con su departamento de Relaciones Públicas, y sin embargo, ya en la primera pregunta se cae de bruces y se pega un leñazo impresionante.
Roblox está inmerso en varias investigaciones y demandas en Estados Unidos por no hacer lo suficiente para proteger a su base infantil (entre 9 y 12 años de edad) de depredadores adultos que buscan establecer contacto con ellos a través de las herramientas de comunicación que ofrecen. Y ante la pregunta de los periodistas, al CEO no se le ocurre otra cosa que responder que la circunstancia es también una oportunidad. ¿En qué cabeza cabe referirse a la proliferación de pedófilos en una plataforma repleta de niños como una oportunidad? Pues, al parecer, en la suya. Porque David Baszucki viene de un entorno, de graduados de Stanford y firmas de venture capital, donde no existen los problemas. Donde el optimismo voluntarista es de obligado cumplimiento. Por eso hay desafíos (que no problemas), y todo desafío es también una oportunidad para llegar más lejos, para crecer, para triunfar en definitiva.
Contrapesos firmes
A partir de ese momento, el ambiente se va caldeando paulatinamente hasta que Baszucki pierde los papeles y comienza a antagonizar a los periodistas con comentarios pasivo-agresivos que elevan la tensión muchísimo. El retrato psicológico es evidente. Un tecnócrata con más dinero del que podamos imaginar, rodeado de aduladores y sicofantes todo el día que no puede tolerar que haya gente que no compre su mercancía averiada, o que le exija respuestas o no le deje irse por la tangente. Un mercachifle con un discurso vacío que deambula sin ton ni son hasta meterse en unos fregados impresionantes. Él mismo, sin que nadie le engañe o le confunda, demasiado endiosado como para darse cuenta de las consecuencias de lo que está diciendo. Como cuando revela los planes de la compañía de escanear las caras de sus usuarios para determinar su edad y alimentar a una inteligencia artificial propia que tome las decisiones o cuando confiesa su pasión por los mercados de predicción y lo mucho que le gustaría introducir a los niños al mundo de las apuestas. El término que llega a usar, kid gambling, me produce escalofríos.
La entrevista ha sido catastrófica para la reputación de Roblox, y seguramente hayan volado muchos objetos por los aires en su sede central, pero es inevitable pararse a pensar sobre el carácter y las prioridades de otros grandes líderes de la industria. ¿Cuántos estarán cortados por el mismo patrón? ¿En manos de quién estamos? Y no quiero con esto caer en simplismos, descontextualizaciones interesadas o populismos traicioneros. Formo parte de una generación que creció asediada por el sensacionalismo más barato que buscaba culpabilizar a los videojuegos de todas las lacras sociales imaginables, empezando por la violencia entre los jóvenes americanos a partir de la matanza de Columbine. No me gustaría hacer lo mismo desde esta tribuna. Pero tampoco la respuesta puede ser caer en la bunkerización absoluta, un comportamiento demencial de quienes se posicionan del lado de estas empresas sin que haya dinero invertido de por medio en su accionariado.
No parecen estar dispuestos a poner en riesgo sus descomunales ingresos para vigilar más de cerca lo que sucede
¿Creo yo realmente que Roblox considera la prevalencia de pedófilos en su plataforma una oportunidad? No, pero lo que sí creo es que, más allá de los problemas reputacionales que les causa, les da igual. Han creado un producto que apela principalmente a niños y eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Disfrutan muchísimo de falta de criterio, de su mente colmena, de su pasión por contenido perezoso, cutre y antiestético alimentado por, efectivamente, brain rot cibernético. Les incomoda la responsabilidad que adquieren con el negocio. Si pudieran pulsar un botón y vetar el acceso a todos los depredadores que merodean por la plataforma, lo harían. Pero no están dispuestos a poner en riesgo sus descomunales ingresos para vigilar más de cerca lo que sucede en su jardín trasero.
La regulación dificulta la innovación, y por lo tanto, pone trabas a la generación de riqueza. Esto es un axioma impepinable. Pero sin regulación, estas compañías son capaces de hacer cualquier cosa para engrosar su cuenta de resultados. Sin límites morales o consideraciones éticas. Ahora mismo estamos engarzados en una batalla a cara de perro entre la Unión Europea y la Administración Trump, que está usando tácticas pérfidas para extorsionar a los miembros individuales de la Comisión y permitir que sus empresas operen en territorio europeo sin responder ante nadie. A Musk le ha caído una pequeña multa y la respuesta no se ha hecho esperar, por las legiones de bots o por cargos de la Administración. Se amparan en una supuesta libertad de expresión los que luego rastrean cinco años de tus redes sociales para ver si tienes las opiniones correctas para considerar tu entrada como turista a Estados Unidos. No por irónico deja de ser un escándalo lamentable.
No me extrañaría que el día de mañana Roblox pasara al ataque con una estrategia similar. Que enarbolara la sacrosanta libertad de expresión para justificar el no inmiscuirse en las conversaciones entre usuarios privados, por mucho que algunos de esos usuarios tengan 5 años, la edad mínima exigida para registrarse en el ecosistema de acuerdo con sus términos de servicio. Por cómo están las cosas en Estados Unidos ahora mismo, no parece que los poderes públicos vayan a poner el cascabel al gato, de la misma manera que no parece que vayan a cumplir su promesa de desclasificar los documentos de Epstein. El verdadero problema lo vamos a tener si se salen con la suya en su cruzada contra los contrapesos a nivel mundial: Ya sean regulatorios o corrientes de opinión publicada. En cierta medida, grande o pequeña, depende de nosotros y de nuestra tolerancia discursos como el de David Baszucki, CEO de Roblox y sus 380 millones de usuarios activos mensuales.
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