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Es un milagro que este anime de ciencia ficción exista, y 21 años después esta obra de culto me parece más que nunca una adelantada a su tiempo

Es un milagro que este anime de ciencia ficción exista, y 21 años después esta obra de culto me parece más que nunca una adelantada a su tiempo

Afro Samurái fue mucho más que un anime de espadas y hip hop: así nació una rareza japonesa que conectó dos culturas y terminó cambiando la forma de entender el anime

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Afro Samurái parecía una locura: ciencia ficción, artes marciales, anime y hip hop unidos alrededor de un samurái negro en una de las mezclas más fascinantes de los 2000
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Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Hay obras que te pillan con la edad exacta para disfrutarlas de una manera especial. A mí Afro Samurái me alcanzó justo con esa edad en la que todo me interesaba y me llamaba la atención, y de aquel encuentro con este anime me quedé con tres cosas: su estética, que no se parecía a nada de lo había por aquel entonces, un protagonista con más silencios que frases y una banda sonora que estuve escuchando en bucle durante meses. Lo de la música fue lo que más me duró, y también lo que peor entendí en su momento. Yo creía que aquello era una ocurrencia de producción, poner rap encima de espectaculares duelos de espadas japonesas porque quedaba moderno. Tardé años en darme cuenta de que era exactamente al revés.

Una extraña mezcla cultural

Para cuando Takashi Okazaki, creador de Afro Samurai, empieza a dibujar, el rap norteamericano ya llevaba dos décadas viviendo del cine de artes marciales asiático. El legendario Wu-Tang Clan construyó su mitología entera sobre esa gramática, con los nombres, los interludios y una idea del clan que venía directamente de las salas de doble sesión de cine de artes marciales y pelis de samurais. En 1999 la cosa dio un paso más cuando RZA firmó la banda sonora de Ghost Dog, la película de Jim Jarmusch en la que un sicario negro de Nueva Jersey vive según el Hagakure, un manual de conducta samurái del siglo XVIII. Jarmusch contó en una entrevista que llegó a ese libro a mitad del proceso de escritura del guion, después de haber pasado por el cine de Kurosawa. Un código escrito para guerreros sin guerra que encajaba genial con lo que aquel personaje tenía entre manos. La peli fue un éxito y devolvió visibilidad a un extraño y fascinante fenómeno cultural.

La relación entre el hip hop y el cine de artes marciales surgió a principios de los años 70 en los cines baratos de Nueva York

La relación entre el hip hop y el cine de artes marciales surgió a principios de los años 70 en los cines baratos de Nueva York, donde los jóvenes afroamericanos y latinos que gestaron el movimiento urbano consumían masivamente cintas asiáticas. Esta profunda conexión se debió a una fuerte identificación cultural: los jóvenes de los guetos se veían reflejados en las tramas de héroes oprimidos que luchaban contra sistemas corruptos, en la representación de minorías empoderadas que no dependían de armas de fuego y en la disciplina de entrenar para perfeccionar un "estilo" propio. Como resultado, esta filosofía se impregnó en el ADN de la cultura, inspirando directamente los movimientos del breakdance, la mentalidad de las batallas competitivas y, décadas más tarde, la identidad sonora de grupos legendarios como el mencionado Wu-Tang Clan, quienes fusionaron la estética samurái y del kung fu con el rap para siempre.

Cinco años después de Ghost Dog, Shinichirō Watanabe cerró el círculo desde el otro lado. Para Samurai Champloo fichó a cuatro productores del underground, Tsutchie, Fat Jon, Force of Nature y Nujabes, y montó un Japón de época repleto de temazos hip-hoperos. Y entonces nos plantamos en 2007 y aparece RZA otra vez, ahora componiendo para un anime japonés protagonizado por un espadachín negro. La banda sonora de Afro Samurai de editó el 30 de enero de aquel año con Big Daddy Kane, Talib Kweli, Q-Tip y medio Wu-Tang orbitando alrededor de sus temas, e incluyó la primera colaboración entre Big Daddy Kane y GZA. La crítica de entonces señaló que el disco se parecía bastante a lo que RZA ya había hecho en Ghost Dog, y tenía razón, pero el matiz importa: esta vez no estaba glosando una película americana sobre Japón, estaba dentro de una producción japonesa de anime.

Afro Samurai 01

Un anime que costó un millón de dólares por episodio

La historia de cómo se llega de dibujar samurais negros en el cajas de pañuelos hasta crear un anime como Afro Samurai es de las mejores que he leído sobre cómo funciona de verdad el talento. Okazaki, nacido en Kanagawa en 1974 y formado en la Universidad de Arte de Tama, era un chaval enganchado al soul y al hip hop que dibujaba personajes afroamericanos en cajas de kleenex. De ahí salió Afro, y de ahí salió la decisión de meterlo en Nou Nou Hau, una revista autoeditada que montó con su hermano y con los hermanos Shibasaki. El número cero, de noviembre de 1998, llevaba a Afro en portada, y la historia se fue publicando de forma irregular hasta que la revista cerró en septiembre de 2002. Estamos hablando de un fanzine, no de una publicación profesional como la Shonen Jump.

A Calderon lo habían contratado precisamente para ayudar a meter el anime nipón en el mercado estadounidense

Lo que pasó después es de esas historias que a uno le hace pensar en la excepción a la regla de la falsa promesa del "sueño americano". Okazaki ganó un concurso para fabricar una figura de su personaje, se produjeron apenas unos pocos miles de unidades, y una de ellas acabó, según contó Animation World Network en 2007, encima de la mesa de Eric Calderon, vicepresidente de asuntos creativos de GDH, la matriz de la legendaria productora de anime Gonzo. Calderon venía de pasarse los noventa en MTV Animation y lo habían contratado en 2001 precisamente para ayudar a meter el anime nipón en el mercado estadounidense. Vio el muñeco, tiró del hilo, y tardaron tres años en levantar el proyecto. Por el camino Gonzo montó un tráiler de concepto que acabó llegando a Samuel L. Jackson, que se subió al proyecto como protagonista y como productor ejecutivo. El resultado costó un millón de dólares por episodio de veinticinco minutos, según los datos que publicó The Japan Times, y Jackson terminó doblando a los dos personajes principales, a Afro y a ese loco Ninja Ninja.

Afro Samurai Manga Imagen del manga de Afro Samurai

Se hizo en Japón pensando en Estados Unidos

Afro Samurái se produjo en Tokio, con equipo japonés, para que se estrenara primero en la televisión por cable norteamericana. Los cinco episodios llegaron a la desaparecida Spike TV en los primeros días de enero de 2007, y Japón no los vio hasta mayo, subtitulados, en el canal por satélite Wowow. Después se remontaron en una película de 110 minutos para los cines japoneses. Calderon reconoció en su momento que aquello pudo salir fatal muchas veces, y no le faltaba razón, porque la lista de coproducciones que intentaron contentar a los dos lados del Pacífico y no contentaron a ninguno es larguísima. Si bien el éxito en Japón fue muy moderado, creo que es uno de los mejores ejemplos de cómo la etiqueta "anime" deja de describir un origen y pasa a describir un mercado.

Ese modelo, estudio japonés, más creadores y capital occidentales, más plataforma global, es hoy uno de los principales motores de la industria del anime que consumimos, y en 2007 era una rareza. Sin ese precedente cuesta imaginar Batman Ninja, Yasuke y cuesta imaginar buena parte del catálogo original de Netflix en la materia. cuesta imaginar Es verdad que este tipo de producciones siguen sin convertirse en fenómenos en Japón, por su propia resistencia cultural y sobresaturación de oferta, pero sí que han encontrado su público en Occidente. 

La prensa especializada de la época encuadró Afro Samurái dentro de la tradición de la blaxploitation, y el propio material lo pedía a gritos, con su estética de póster de los setenta, sus diálogos y su violencia. Es curioso que el icono negro más reconocible del anime occidental lo dibujase un autor japonés desde una admiración sincera al manga y anime nipón, pero necesariamente externa. Sin duda es un caso muy singular.  Catorce años después LeSean Thomas, un animador de Nueva York, y creador de Cannon Busters, creó Yasuke para Netflix producida por el magnífico estudio MAPPA. Este anime cuenta la historia del famoso samurai africano y Thomas la puso música de Flying Lotus, quien explicó que él y Thomas habían hablado precisamente de eso, de ser forasteros dentro del anime y de la falta de referentes para los chavales negros que quisieran dedicarse a esto. Esa conversación existe hoy en parte porque Afro Samurái demostró primero que había público y que podía hacerse.

Afro Samurai Juego Imagen delprimer juego de Afro Samurai

En 2015 hubo que borrar su videojuego de las bibliotecas y devolverle el dinero a la gente

La secuela llegó el 25 de enero de 2009. Afro Samurai: Resurrection se hizo por cinco millones de dólares, con Lucy Liu y Mark Hamill incorporados al reparto y RZA repitiendo labores musicales. Su director artístico, Shigemi Ikeda, ganó un Emmy en la categoría de logro individual en animación. La película quedó nominada a mejor programa de animación y perdió contra Foster’s Home for Imaginary Friends, que también está muy bien, por cierto. Con todo, no logró el éxito comercial esperado.

El modelo de estudio japonés, más creadores y capital occidentales, más plataforma global, es hoy uno de los principales motores de la industria del anime que consumimos

El videojuego de aquel mismo mes funcionó razonablemente bien. Seis años después, Afro Samurai 2: Revenge of Kuma, desarrollado por Redacted Studios, salió en septiembre de 2015 partido en tres volúmenes. Las críticas fueron tan malas que en noviembre lo retiraron de Steam y de la PlayStation Store, cancelaron los dos volúmenes restantes y devolvieron el dinero a todo el mundo, incluso a quien ya lo tenía descargado. El responsable de la distribuidora reconoció que el juego había sido un fracaso y que no podían publicar en conciencia lo que quedaba. El gesto es honesto pero delata que la marca Afro Samurai se quedó sin salida comercial en el formato que más la había popularizado después del anime.

Star Wars Ronin Star Wars Visions: Ronin

De la película que se esfumó justo antes del rodaje a Star Wars

El 21 de julio de 2011, Indomina Group anunció que iba a producir la adaptación en imagen real con Samuel L. Jackson como productor junto a Jasbinder Singh Mann y a Shin Ishikawa por parte de Gonzo. El plan tenía guionista y director para aquel verano, reparto cerrado antes de fin de año y hasta un calendario de rodaje en 2012 en los estudios que la compañía tenía montados en República Dominicana. Jackson declaró que era uno de sus trabajos desde el estreno del piloto.  PEro no hubo suerte. En febrero de 2013 Indomina cerró sus operaciones en Norteamérica y el proyecto se evaporó con ella.

Takashi Okazaki llevó su fascinación por los samuráis y el hip hop hasta Star Wars

Lo que sí sobrevivió fue el dibujante y su legado: Takashi Okazaki llevó su fascinación por los samuráis y el hip hop hasta Star Wars: Visions, donde creó a Ronin, una reinterpretación japonesa de la mitología galáctica de George Lucas que convirtió al personaje en uno de los grandes iconos de la antología animada de Star Wars. Su éxito fue tal que regresó en nuevas historias y ha tenido una en formato manga y una novela, demostrando que aquella mezcla de cultura japonesa y referentes occidentales que había explorado con Afro Samurái seguía teniendo recorrido. Y quizá ahí esté la mejor forma de entender su legado: Okazaki no solo mezcló dos culturas, sino que consiguió que una mitología nacida bajo la influencia del cine japonés pudiera regresar a sus raíces convertida en anime. Si te ha llamado la atención, o quieres volver a ver este anime, Afro Samurai está disponible en Crunchyroll.

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