Si piensas en Irán, seguramente no pienses en ingenieras. La imagen dominante del país en los medios occidentales es la del velo obligatorio, protestas reprimidas y sanciones internacionales. Sin embargo, esa imagen deja fuera un dato que cuesta encajar: durante años, Irán ha graduado más mujeres en ingeniería y ciencias que Alemania, Francia o España. En 2014, según datos recogidos por Financial Tribune, Irán fue uno de los países con mayor número de graduadas en ingeniería, manufactura y construcción del mundo.
La situación es sorprendente, ya que el mismo régimen que impone el velo y reprime las protestas feministas fue el que construyó, desde los años 80, un sistema universitario que apostó de forma masiva por la formación técnica femenina. Las razones fueron más pragmáticas que ideológicas, ya que Irán necesitaba ingenieros tras la revolución y la guerra con Irak, y apuntaron hacia las mujeres al ser la mitad de la población disponible. ¿El resultado? Una generación de mujeres altamente cualificadas en un país que limita sus libertades civiles y su acceso al mercado laboral.
Si el talento no tiene salida, busca otra puerta
Esa contradicción tiene una consecuencia directa: la fuga de cerebros. Irán lleva décadas exportando talento técnico femenino hacia Europa, Canadá y Estados Unidos. De hecho, muchas de esas ingenieras y científicas han aterrizado en industrias donde la formación técnica y la capacidad creativa se cruzan, así que algunas han terminado desarrollando videojuegos.
Según la Iran National Foundation of Computer Games, Irán ocupa el puesto 18 del mundo en investigación y desarrollo de videojuegos, y tiene más de 30 millones de jugadores activos. Dentro del país, la industria sobrevive entre restricciones de copyright, sanciones internacionales y filtros gubernamentales; fuera, las desarrolladoras iraníes trabajan sin esas ataduras y algunas han llegado a los estudios más importantes del sector. Así, hay casos de trabajadores con origen iraní en empresas como Google, Microsoft y Santa Monica Studio.
Aunque no es una mujer, el caso más conocido es el de Navid Khonsari, iraní-canadiense que trabajó en Grand Theft Auto y Max Payne antes de fundar su propio estudio. Su primer juego, 1979 Revolution: Black Friday, trata sobre la revolución iraní y fue prohibido en su país de origen. Además, varios miembros del equipo (incluidas mujeres) tuvieron que trabajar con pseudónimo para proteger a sus familias. Es un caso extremo, pero uno que ilustra bien la dinámica: el mismo país que forma el talento lo expulsa y, desde fuera, acaban construyendo una imagen de Irán que el régimen no controla.
Más allá de la industria del videojuego, este caso refleja la paradoja que los titulares de Irán casi nunca capturan: es un país capaz de producir ingenieras de primer nivel mundial, pero no es capaz de retenerlas. El éxodo de las iraníes no es solo una historia de exilio, es una forma de ver lo que ocurre cuando un sistema educa mejor de lo que gobierna.
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