Al contrario que buena parte de los fans de la saga de acción y aventuras de Lucasfilm, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es una película de la que guardo un recuerdo bastante positivo. Sin embargo, ese buen recuerdo no se debe precisamente al MacGuffin de la historia, al objeto que todos persiguen en la trama. El uso que hace la película de las calaveras de cristal era, en cierto modo, esperable: un artefacto que fascina a los suscriptores del Canal Historia y a los amantes de los misterios arqueológicos. Pero en el largometraje de Steven Spielberg me resultaba un elemento fuera de lugar, una pieza que no terminaba de encajar en el tono clásico de la saga. Caso muy distinto es el de Stargate SG‑1, donde años antes fue protagonista de un episodio muy interesante.
Stargate y la hipótesis de los antiguos astronautas
Como es bien sabido —acusaciones de plagio aparte—, la película Stargate (1994), dirigida por Roland Emmerich y escrita junto a Dean Devlin, tuvo como una de sus principales fuentes de inspiración la hipótesis de los antiguos astronautas, o del paleocontacto, que defiende la existencia de un primer encuentro entre uno o varios pueblos prehistóricos y civilizaciones extraterrestres. Dicho contacto habría influido directamente en el desarrollo de nuestra especie y en la construcción de algunos de nuestros monumentos más emblemáticos. En coherencia con esa idea, la película revelaba al final que una pirámide en un remoto planeta no era un templo, sino una nave espacial camuflada, y que Ra no era un simple dios adorado por los egipcios, sino un ser alienígena que los esclavizaba.
Stargate SG‑1 tomó todo este planteamiento y le dio una vuelta de tuerca. En la serie, Ra deja de ser el último de los suyos para convertirse en un miembro más de una raza de parásitos simbiontes conocida como los Goa'uld, que utilizan cuerpos humanos como huéspedes para sobrevivir y ejercer su dominio. Pero los guionistas de esta longeva serie de ciencia ficción no se quedaron ahí. A lo largo de sus diez temporadas desarrollaron toda una mitología propia que reinterpretaba múltiples tradiciones culturales de la Tierra. Así, por ejemplo, los dioses nordicos resultan ser en realidad una avanzada raza alienígena —los Asgard—, entre los que destaca Thor, un pequeño ser gris muy inteligente.
En Stargate, la calavera de cristal permite entrar en el plano de existencia de una raza de gigantes
También incorporaron mitos helénicos. Resulta que Atlantis existió y sí, era una ciudad perdida y hundida, pero no en la Tierra, sino en otra galaxia, donde se revela como una enorme nave espacial construida por un pueblo conocido como los Antiguos, responsables de los portales y de toda clase de artefactos. La calavera de cristal de la que quiero hablaros hoy, eso sí, no fue obra suya, sino de una raza de alienígenas gigantes con vínculos ¿mayas? que las creó como un medio para comunicarse y transportar a seres como nosotros a su plano de existencia, algo que nuestros exploradores confunden en un primer momento. Todo ello adquiere además una fuerte carga emocional cuando se revela que el abuelo de uno de los protagonistas, Daniel Jackson, había encontrado años antes una calavera similar en Belice que le permitió contactar con estos seres, aunque fue tomado por loco entre los suyos.
En definitiva, un ejemplo más de cómo los guionistas de SG‑1 tomaron mitos, tradiciones y también temas pseudocientíficos y pseudohistóricos populares en los programas del Canal Historia para darles sentido narrativo y crear una de las mejores series sci-fi, que os invito a descubrir aprovechado que está disponible en Netflix. Si te interesas, "El cráneo de cristal" es el episodio Nº21 de la tercera temporada, pero no te preocupes: no hace falta haber visto todos los capítulos anteriores para disfrutarlo. Es una historia entretenida que puede que te guste.
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