Vaya por delante que mantengo casi todo lo que dije de la primera temporada aquella adaptación con buenas intenciones que necesitaba espacio para crecer, y que esta segunda me ha gustado bastante más. Y vaya también por delante el problema más evidente: han pasado dos años y medio desde aquella primera tanda de episodios, el reparto ha crecido a ojos vistas y cada vez que me preparo para ver a Aang en acción me encuentro con un muchachote que debería estar más pendiente de la nota que ha sacado en la PAU que de dominar las dos técnicas elementales que le quedan. No es cosa mía: el salto de edad de Gordon Cormier fue una de las discusiones principales entre los fans desde el primer adelanto, y es un detalle interesante porque para mí ha condicionado mucho el visionado de la temporada dos. Uno puede dominar el aire, el agua y la tierra, pero no puede dominar el tiempo. Y aquí, juega en contra.
De hecho, la espera me jugó otra mala pasada antes incluso de que empezara lo bueno. Nada más arrancar el primer episodio tuve que parar, buscar un resumen de la primera temporada y refrescarme la memoria, porque ya no me acordaba de la mitad de las tramas abiertas. No sé si es cosa de mi memoria o de que aquella primera entrega no terminó de dejar poso, pero sospecho que un poco de las dos cosas. Y esa es la primera consecuencia de haber tardado tanto: una serie que necesita que llegues con los deberes hechos parte con desventaja, porque el espectador medio no va a rever ocho episodios de hace dos años para ponerse al día. Los que crecierais con el Avatar animado me entenderéis perfectamente: cuesta reengancharse a algo de lo que ya no recuerdas los detalles.
Las coreografías de combate, que ya eran lo mejor de la primera tanda, siguen siendo un punto fuerte
La segunda temporada de Avatar: La leyenda de Aang recupera a Aang, Katara y Sokka en su viaje hacia la majestuosa e impenetrable ciudad de Ba Sing Se con el objetivo de encontrar a un maestro de Tierra Control. Esta etapa introducirá a uno de los personajes más queridos de la franquicia, la hábil y sarcástica Toph Beifong, mientras el peligro se intensifica con la entrada en escena de la implacable princesa Azula y sus aliadas. Con una producción visualmente ambiciosa, la temporada promete profundizar en la intriga política del Reino Tierra y en el crecimiento espiritual de Aang, quien debe dominar un nuevo elemento mientras la Nación del Fuego estrecha su cerco sobre el mundo.
Lo primero que me ha llamado la atención de este regreso es que la segunda temporada ha sabido exprimir su presupuesto. Aunque en general se ve algo más pobre que la temporada anterior, las localizaciones tienen empaque, los decorados han ganado solidez frente a aquel aire de cartón y plástico (algo que yo mismo le afeé a la primera temporada), el vestuario acompaña y los efectos, sin ser nada del otro mundo, cumplen con dignidad en la acción. Hay planos de Ba Sing Se durante los créditos iniciales, la inexpugnable capital del Reino Tierra a la que el grupo viaja para convencer al Rey Tierra de sumarse a la guerra contra el Señor del Fuego Ozai, que parecen sacados de los mejores documentales de naturaleza. Las coreografías de combate, que ya eran lo mejor de la primera tanda, siguen siendo un punto fuerte. A nivel de producción, que era lo que más me preocupaba de esta nueva tanda de episodios, la serie ha logrado mantener el tipo.
Y por eso duele que toda esa inversión choca de frente con esa epidemia contemporánea que es la llamada "iluminación Netflix", esa luz uniforme y sin grandes contrastes que aplana cada plano, que vuelve intercambiable un fotograma con el anterior y el siguiente, y que convierte una historia de cuatro naciones y mil texturas en una sucesión de cromos igual de monótonos con tal de que la serie se vea igual de bien en una pantalla de 57 pulgadas que en un teléfono móvil. Da igual que estemos en una cueva, en un palacio o en mitad del campo: prácticamente todo está iluminado igual. Tal vez haya que irse a momentos muy puntuales y dramáticos o secuencias nocturnas para lograr encontrar algo distinto. Es una pena, porque se intuye el trabajo de mucha gente debajo de cada decorado y una decisión de fotografía se lo lleva por delante.
Meter veinte episodios en siete obliga a elegir, y no siempre se elige bien
La temporada adapta el Libro Dos: Tierra de la serie animada original, que en su día necesitó veinte episodios para contar su historia, y aquí esos veinte se comprimen en siete capítulos de una hora. Así que no queda otra: hay que recortar, fusionar y reordenar, y eso se nota. Ya desde el anuncio de los títulos de los episodios quedó claro que esta adaptación reorganiza bastante la cronología del original y adelanta la llegada de algunos personajes respecto a cómo los conocimos en la animación. No es necesariamente un defecto: comprimir bien es un arte, y a veces un tijeretazo valiente mejora el conjunto. El problema aparece cuando la compresión va más rápido que los personajes, y a esta temporada le pasa más de una vez.
No es la primera vez que la serie se toma libertades con el Avatar animado original. Ya la primera temporada, además de pegarse quizá demasiado a la animación en su fanservice, condensó aquel extenso primer libro y presentó no pocas cosas de forma distinta a como las recordábamos. La tendencia, en esta segunda, no solo se mantiene: se acentúa. Soy consciente de que habrá fans que no lo vean con buenos ojos (es una franquicia escaldada, que ya sufrió en imagen real aquella película de Shyamalan) y lo entiendo, pero porque cuando hay que condensar tanta trama en tan pocos episodios se pierden cosas. No voy a estropearte las posibles sorpresas soltando spoilers, pero sí te dejo una pista tranquilizadora: si tienes ganas de ver algo en concreto, que encaje en la continuidad de esta parte de la historia, lo más probable es que lo encuentres en esta adaptación, de una forma o de otra. No siempre como lo recuerdas, pero ahí está.
Un reparto que bailando entre el carisma y la vergüenza ajena
Hablemos del reparto, que es donde esta serie se juega de verdad el cariño del espectador en mi opinión. La gran incorporación es Toph Beifong, la maestra de la tierra ciega que se une al grupo para enseñarle a Aang uno de los elementos que le faltan, y el personaje es estupendo: descarada, terca, vacilona y con un humor que le da chispa a un grupo que la necesitaba. La interpreta Miya Cech, y por desgracia no es la más carismática del reparto principal, pero el personaje está tan bien construido que soporta bien el tirón. Algo parecido me pasó con Suki, a la que da vida Maria Zhang y a la que da gusto ver cada vez que aparece aunque tenga poco espacio para lucirse, y con Katara, esa Kiawentiio que sigue siendo uno de los anclajes emocionales más sólidos de la serie. Son los personajes que mejor sostienen la mitología, los que hacen que te quedes.
El problema es que, junto a esos aciertos, conviven interpretaciones que oscilan entre el puro carisma y la vergüenza ajena, sin demasiados peldaños intermedios. El ejemplo más claro lo pone la Princesa Azula de Elizabeth Yu, un personaje que pide un poco de profundidad y que aquí resulta forzadísimo. No es la única que se queda a medias, y ese desnivel es el mismo que ya señalé en la primera temporada, cuando dije que el afán por arrimarse al original llevaba varias actuaciones a la caricatura. Aquí ha mejorado el conjunto, pero sigue siendo irregular: hay quien borda su papel (me encantan Paul Sun-Hyung Lee y Dallas Liu) y hay quien te saca del plano en cuanto abre la boca. Y en una serie tan coral eso se paga caro. Es, seguramente, lo que más me gustaría que puliera de cara al cierre de la historia.
Tiene mensaje, y a ratos lo hace genial
Donde la temporada ha mejorado de forma más inesperada es en los temas que se atreve a tocar. Aquí hay guerra, claro, pero también racismo, culpa, trauma y, sí, alguna que otra historia de corazones rotos, y lo interesante es que en algunos momentos ofrece reflexiones muy inteligentes. Cuando acierta, entiende algo que las buenas historias de fantasía han sabido desde siempre: que hablar de poderes elementales, de naciones y de chavales elegidos para salvar el mundo ha sido durante siglos una forma de hablar de otras cosas: la pérdida, del duelo y de la violencia. Los momentos en que la serie se pone seria con las motivaciones de los personajes o con el peso de lo vivido son, para mi sorpresa, de los mejores que ha dado la adaptación hasta ahora. Hay ahí una madurez que en la primera temporada solo se intuía, y eso me ha parecido una evolución muy positiva y muy destacable.
¿De verdad había que meter todo el Libro Dos en siete horas?
El problema, otra vez, es la desigualdad. Por cada momento tremendo, épico o sinceramente emocionante, la temporada mete otro que es tonto, atropellado o directamente aburrido, y esos vaivenes te sacan justo cuando más metido estabas en el capítulo. Además, según avanzaba la temporada empecé a pensar que todo ocurría demasiado deprisa, que a los personajes más interesantes les faltaba más tiempo en pantalla con el desarrollarse. Algunos llegan incluso a desaparecer por completo de buenas a primeras. Tal vez con un par de episodios más para respirar muchas de estas tramas habrían resultado todavía más interesantes. ¿De verdad había que meter todo el Libro Dos en siete horas?
Con todo, no quiero dejaros con la sensación de que no me ha gustado: esta segunda temporada es mejor que la primera, se atreve con más cosas y, cuando le sale bien, te recuerda por qué esta historia se ganó a tanta gente en su versión animada. Estoy convencido de que si tuviera 12 años la temporada 2 de Avatar: La leyenda de Aang, que se estrena este 25 de junio en Netflix, sería uno de los acontecimientos de mi verano.
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