No sé vosotros, pero a mí me pasa una cosa curiosa con Poniente. Soy un tremendo fan de George R. R. Martin, de Canción de Hielo y Fuego y de todo lo que rodea a ese mundo imposible de dejar atrás… y, aun así, desde el final de Juego de Tronos y con el desgaste emocional que supone la eterna espera de Vientos de Invierno, el tema de las series ambientadas en Poniente me empieza a dar una pereza considerable. Una mezcla rara entre cansancio, escepticismo y la sensación de que HBO está estirando el chicle un poco más de la cuenta. Me pasa con La Casa del Dragón y, de primeras, también me pasaba, de primeras, con El Caballero de los Siete Reinos.
Por eso me ha sorprendido tanto descubrir que esta primera temporada me la he devorado como quien se zampa un tazón de palomitas, una bolsa de gominolas o una empanada de anguila. Sin grandes expectativas, sin dragones volando sobre mi cabeza… y con una sonrisa constante durante seis episodios. Si he vuelto a disfrutar de la fantasía de Martin y de las aventuras de caballería en Poniente es gracias a un tipo muy alto y a un niño calvo.
El caballero de los Siete Reinos (Canción de Hielo y Fuego) (Éxitos)
Un Poniente distinto
El Caballero de los Siete Reinos es la tercera gran serie televisiva del universo Canción de Hielo y Fuego, después de Juego de Tronos y La Casa del Dragón. Está creada por Ira Parker junto al propio George R. R. Martin y adapta los relatos de Dunk y Egg, recopilados en el libro El Caballero de los Siete Reinos, publicado en 2015 y compuesto por tres novelas cortas: El Caballero Errante, La Espada Leal y El Caballero Misterioso.
La serie se sitúa unos 90 años antes de los acontecimientos de Juego de Tronos y bastante después de La Casa del Dragón. Es decir, los Targaryen siguen reinando en Poniente, pero los dragones ya son un recuerdo que se desvanece, casi una leyenda reciente. No estamos en una era de guerras totales ni de grandes conflictos dinásticos abiertos, sino en un periodo de transición marcado por las secuelas de la Rebelión Fuegoscuro y por un reino aparentemente estable… aunque lleno de tensiones soterradas. La primera temporada adapta íntegramente El Caballero Errante, el primer relato de la serie de Martin, y lo hace en seis episodios que apuestan por un tono más íntimo, más cercano y, en muchos sentidos, más humano que cualquier cosa que hayamos visto antes en televisión dentro de este universo.
Menos épica, más barro: un tono que se agradece
Lo primero que deja claro la serie es que no quiere competir con Juego de Tronos ni con La Casa del Dragón en escala. Aquí no hay guerras multitudinarias, intrigas palaciegas que deciden el destino del mundo ni dragones incendiándolo todo. La trama se desarrolla en unos pocos días en torno a un torneo, sin más. Y, sinceramente, se agradece.
El Caballero de los Siete Reinos es una historia de caminos, de posadas, de torneos locales y de conversaciones alrededor de una hoguera. Una fantasía de baja escala que se centra en dos personajes y en lo que significa intentar ser buena persona, o al menos un caballero decente, en un mundo que no siempre recompensa ese esfuerzo. Ese cambio de tono no es menor: es la clave de que la serie funcione y de que resulte tan refrescante dentro de un universo que empezaba a parecer agotado.
Dunk: a los 18 minutos ya era mi colega
Ser Duncan el Alto, interpretado por Peter Claffey, es uno de esos protagonistas que te caen bien casi de inmediato. Dunk es grande, torpe, noble, buena gente en el sentido más literal de la palabra y bastante consciente de sus propias limitaciones. No es un estratega brillante ni un héroe predestinado: es un tipo que intenta hacer lo correcto porque así se lo enseñaron.
La serie se centra en dos personajes y en lo que significa intentar ser buena persona, o al menos un caballero decente
Recuerdo perfectamente que, a los 18 minutos del primer episodio, ya tenía la sensación de que Dunk era uno de mis mejores amigos de toda la historia de Poniente. Y eso no es algo que se consiga fácilmente en una franquicia donde la mayoría de personajes te invitan más a desconfiar que a abrazarlos. Su relación con Egg, un niño calvo y respondón, es el corazón emocional de la serie y funciona gracias a una química natural que sostiene toda la temporada.
Un despliegue técnico brillante… con costuras visibles
A nivel de producción, El Caballero de los Siete Reinos es muy destacable. La fotografía, la edición y la puesta en escena tienen un acabado cinematográfico incuestionable. Hay planos preciosos, localizaciones que transmiten historia y un cuidado visual que deja claro que HBO sigue apostando fuerte por Poniente.
Eso sí, no todo es perfecto. Hay momentos en los que resulta imposible no fijarse en armaduras que parecen hechas de "plásticuchi" o en el mismo extra apareciendo en cuatro localizaciones distintas en cuestión de segundos: primero con un cántaro, luego en el mercado, después con los caballos y, sin solución de continuidad, en la taberna. Son detalles menores, pero están ahí.
Bertie Carvel está magnífico como Baelor Targaryen
Un reparto secundario que eleva la serie
Si algo hace grande a esta primera temporada es su galería de secundarios. Daniel Ings brilla como Ser Lyonel Baratheon, aportando carisma y una energía arrolladora. Bertie Carvel está magnífico como Baelor Targaryen, una figura trágica y honorable que representa una idea muy concreta de lo que debería ser un príncipe. Y Danny Webb emociona como Ser Arlan del Árbol de la Moneda, mentor de Dunk y brújula moral incluso después de muerto. En general todos los personajes que aparecen en esta serie resultan interesantes. No todos son personajes amables, pero casi todos resultan memorables, algo muy en la línea del mejor Martin. Parte del mérito de esto está en un guión que huele a Martin de verdad y que se apoya en unos tremendos actores.
El Caballero de los Siete Reinos no pretende ser la nueva Juego de Tronos
Uno de los mayores aciertos de la serie está en los diálogos. Hay un encanto muy particular en esas conversaciones aparentemente triviales que esconden reflexiones profundas sobre el honor, la justicia o la identidad. Que una discusión filosófica tenga como excusa una canción de borrachos dedicada a una prostituta tullida es puro Martin, y aquí brilla mucho más que en La Casa del Dragón.
Acción contenida, pero bien medida
En esta serie no hay grandes batallas ni dragones, pero cuando llega la acción está muy bien resuelta. Los combates son sucios, tensos y emocionales. Puede que no sean espectaculares, pero sí efectivos, y eso encaja perfectamente con el tono de la serie. Pero en general la serie va de gente hablando, y la verdad es que el ir y venir de esta caballero pone sobre la mesa muchas preguntas interesantes que todos deberíamos hacernos a día de hoy sobre cómo deberíamos comportarnos, seamos o no caballeros andantes.
Si hay algo que chirría es el "planting" de la gran sorpresa argumental. Es tan evidente que, si al terminar el primer episodio no lo has adivinado, es que has leído y visto muy pocas historias. Aun así, la serie compensa ese tropiezo con una idea fascinante que recorre todos los episodios: no todos los caballeros son iguales, aunque hagan el mismo juramento. Es una idea que sobre vuela toda la serie pero que en su tramo final tiene una pegada enorme: Es una reflexión que se aleja del gris moral habitual de Martin y que seguro que resultará interesante tanto a sus fans como a los espectadores más casuales.
Un regreso inesperado a Poniente
El Caballero de los Siete Reinos no pretende ser la nueva Juego de Tronos, y ahí está su mayor virtud. Es una serie pequeña, cercana y profundamente humana que me ha reconciliado con Poniente cuando menos lo esperaba. Si tengo que señalar un punto claramente negativo, está en las elecciones musicales del final. De verdad, ya me explicaréis qué pinta Sixteen Tons de Tennessee Ernie Ford sonando en una serie medieval fantástica. La decisión es tan desconcertante que rompe por completo la inmersión.
Si teníais pereza, como yo, quizá este sea el empujón que necesitáis. El 19 de enero se estrena en HBO. Dadle una oportunidad: puede que también os encontréis cabalgando junto a un tipo muy alto y a un niño calvo… y disfrutando del viaje.
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