En 1862, un profesor paseaba con tres niñas que no eran ni sus hijas ni sus sobrinas. Su cuestionable relación creó Alicia en el País de las Maravillas

En 1862, un profesor paseaba con tres niñas que no eran ni sus hijas ni sus sobrinas. Su cuestionable relación creó Alicia en el País de las Maravillas

Cómo la relación entre un matemático y una niña de 12 años se convirtió en una película de Disney

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Alicia
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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

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Puede que el nombre de Charles L. Dogson no te suene lo más mínimo, pero fue un reputado matemático de Oxford al que le debemos muchos tratados sobre álgebra y geometría. También que no entiendas qué relación tiene con el clásico de Alicia en el País de las Maravillas, el libro que luego aprovecharía Disney para su película de animación. Todo cobrará sentido muy pronto, os lo prometo.

Aficionado a la fotografía y a la magia, siempre enfocada a ese aura matemática que implica la composición y la creación de trucos, Dogson no era un hombre de muchas amistades. Su condición de tartamudo lo convertía en alguien tímido y de pocas palabras entre adultos, pero cualquier vergüenza que pudisese motivar su situación desaparecía con la comodidad y pureza que le hacía sentir estar rodeado de niños. Entre ellos, una niña llamada Alice Liddell.

Las aventuras subterráneas de Alice

Un buen día de 1856, cuando Dogson estaba fotografiando una catedral desde su jardín, aparecieron tres niñas pequeñas de una casa cercana. Se llamaban Lorina, Edith y Alice, y eran las hijas de Henry Liddell, decano de la universidad en la que trabajaba Dogson. Por la cercanía de las casas y la relación con su padre, de aquel encuentro nació una fuerte amistad. 

Las visitas entre Dogson y la familia se volvieron cada vez más frecuentes, y el matemático pronto empezó a actuar como tutor de las niñas convirtiéndose en su compañero de juegos. Les construía puzzles, les enseñaba a jugar al ajedrez, servían de modelo para sus fotografías, y juntos veían cómo volaban las horas mientras les contaba historias y cuentos infantiles. 

Años después de que naciese aquella relación, en una tarde de julio de 1862, Alice Liddell le pidió a Dogson que inventase una de sus historias. Una que tuviese muchas tonterías y locuras. Sobre la marcha, el matemático empezó a inventar las aventuras de una niña llamada Alice que se colaba por la madriguera de un conejo. 

Al terminar el paseo, la niña se emocionó tanto que le dijo: "Oh, Sr. Dodgson, ojalá me escribiera las aventuras de Alice". Dos años después, aprovechando la Navidad, el matemático entregó un cuaderno escrito e ilustrado a mano a la niña que llevaba por título Las aventuras subterráneas de Alice. Ella tenía 12 años, pero ya hacía más de un año que los padres de las niñas le habían prohibido acercarse a ellas. 

Alicia, Lewis Carroll y una relación incómoda

Bajo el prisma de la perspectiva actual, la idea de que un hombre ajeno a la familia pase tiempo con tres niñas pequeñas es, como mínimo, lo bastante sospechosa para que encienda más de una alarma. Sin embargo, cabe destacar que en la época victoriana la idea no resultaba tan polémica como puede llegar a serlo hoy en día. 

Por aquel entonces los niños eran considerados algo cercano a lo divino por su pureza e inocencia, así que la idea de ver a hombres solteros compartiendo tiempo con ellos era relativamente normal. Por aquello de mantener cierta decencia ante la situación, siempre lo hacían acompañados de otro adulto, ya fuese una institutriz infantil o ante la atenta mirada de un chaperón, una persona encargada de acompañar a jóvenes y niños con la intención de prevenir conductas inapropiadas o ilegales. 

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No sirvió de mucho, porque en junio de 1863, la relación entre Dogson y la familia Liddell se rompió. Como las páginas del diario de aquella época se eliminaron por los herederos del matemático, se desconoce el motivo que causó aquella pelea. Entre los chismes relacionados, en el mejor de los casos se habla de que a la madre de las niñas le preocupaba que pasaron tanto tiempo juntos. En el peor, que Dogson había propuesto matrimonio a Alice con apenas 11 años. Sea como fuere, la relación se truncó, y Dogson y Alice se vieron obligados a comunicarse por carta. 

Un año después de la entrega del libro a la niña, los amigos de Dogson le invitaron a publicarlo. Tras eliminar las referencias personales y a la citada familia, además de añadir nuevos capítulos y personajes, el profesor de matemáticas publicaba Alicia en el País de las Maravillas bajo un pseudónimo. 

El nombre venía de un juego de palabras que cogía su nombre original, Charles Lutwidge, lo traducía al latín e invertía el orden. Al convertirlo de ahí al inglés, Ludovicus Carolus se transformó en Lewis Carroll, y de esa forma pudo seguir trabajando sin miedo a que sus libros de fantasía afectasen a su vida privada como prestigioso matemático. 

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