Cuando pensamos en la construcción más grande jamás creada por el hombre es inevitable que pensemos en los 828 metros de altura del Burj Khalifa, en Emiratos Árabes Unidos, pero eso es porque pocas veces nos acordamos de la Antártida. Allí, descansando en el hielo, se encuentra una obra tres veces más alta que el citado edificio, pero el problema es que no está en la superficie.
Con una colosal estructura de un kilómetro cúbico y enterrado a una profundidad que hace palidecer a la altura del Burj Khalifa, se encuentra una de las construcciones más ambiciosas creadas por nuestra civilización, el IceCube. No es un búnker para que los ricachones se escondan del fin del mundo ni una base militar secreta, sino uno de los proyectos científicos y de ingeniería más ambiciosos en el que nos hemos embarcado.
Nuestra construcción más ambiciosa está bajo el hielo
Lo que hasta entonces había sido pura teoría para la ciencia, en 2013 se convirtió en una realidad. Fue entonces cuando se detectaron dos eventos llamados Bert y Ernie, en honor a Epi y Blas de Barrio Sésamo, que demostraban gozar de una energía tan absurda que parecía increíble: 1 petaelectronvoltio. Para que os hagáis una idea, hablamos de un pico mil veces más alto que el que ofrecen los choques de protones del Gran Colisionador de Hadrones.
El encargado de descubrirlos fue el IceCube, una estructura de detectores enterrada en el hielo a entre 1.450 y 2.450 metros de profundidad. ¿El culpable? Los neutrinos, lo que hasta ese punto conocíamos como partículas fantasma que escapaban a nuestro control y comprensión. Una realidad que, gracias a esa estructura, ahora nos permite saber mucho más sobre el universo que nos rodea.
Si hablamos de partículas fantasma es porque son invisibles a casi todo, elementos que recorren el universo atravesándolo todo como si fuese el vacío y que, en cantidades de miles de millones, están pasando ahora ante tus ojos aunque no puedas verlos a simple vista. Cruzan planetas y galaxias enteras sin detenerse, lo que los convierte en una suerte de mensaje en una botella galáctica.
Lo que hace el IceCube es que, aislado en el hielo de todas las otras partículas tanto de nuestra Tierra como del Sol o del espacio, monitorizan cuándo uno de ellos choca contra el núcleo de un átomo para descubrir de dónde ha venido. Girando nuestros telescopios en esa dirección, podemos descubrir eventos astronómicos ocurridos a distancias en las que la luz no nos sirve de guía y poder estudiarlos.
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