Llevamos años pensando que lo que salvaría a la humanidad de su extinción estaba en los datos, en cómo los ordenadores y la inteligencia artificial nos darían las claves exactas sobre cómo vivir a partir de ahora para evitar el colapso. En realidad han bastado dos físicos y una ecuación matemática para asomarnos al futuro que se nos viene encima.
Alessio Zaccone y su compañero fallecido Kostya Trachenko son físicos, no demógrafos, y lejos de estudiar la natalidad o los movimientos de inmigración, venían de estudiar el vidrio. El cristal, como otros materiales amorfos, es uno de esos aspectos de la ciencia que parece magia, aguantando frente a situaciones extremas y destruyéndose por completo frente a otras aparentemente más simples. Lo que descubrieron estos dos investigadores es que, en realidad, la ecuación que explica ese comportamiento también podía servir para analizar a nuestra civilización y lo que nos depara el futuro.
Nuestra civilización es tan frágil como el cristal
Hasta ahora, cualquier intento de acercarnos a nuestra historia desde una perspectiva matemática ha resultado especialmente compleja. Digamos que lo de medir el Imperio Romano de la misma forma que analizas el comportamiento de nuestra sociedad actual no era fácil. O requería de fórmulas distintas para cada época o simplemente no era viable. La fórmula de Zaccone y Trachenko, en cambio, permite describir cómo ha crecido nuestra población durante 12.000 años de una forma sorprendentemente eficaz.
Lamentablemente, el dato sólo supone una alegría si miras hacia atrás. Asomarnos al futuro bajo la misma fórmula supone decir que, hacia 2064, la población podría reducirse a la mitad si un evento afectase a nuestra civilización. Mete en la coctelera una pandemia, una guerra a gran escala o un colapso climático, y de los 8.000 millones de personas previstas para dentro de cuatro décadas, pasaríamos a apenas 4.000.
El propio Zaccone reconoce que "esto no es un pronóstico, sino un escenario matemático", y lo que plantea no es marcar una fecha en el calendario, sino advertir de lo frágil que es nuestra civilización. Vivimos en un mundo tan conectado que, frente a un golpe en una esquinita del cristal, el vidrio podría llegar a resquebrajarse por completo antes de que seamos capaces de frenarlo.
Imagen | Ruben Hanssen
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