Los casos de epidemia capaces de darle una vuelta a una guerra se cuentan por decenas en nuestra historia. Sin ir más lejos, la modorra de los guanches provocó que las Islas Canarias cayeran en manos de la península a finales del siglo XV. Pero si hay una conquista marcada por la epidemia que ha mantenido a historiadores y arqueólogos obsesionados durante años, esa es la provocada por la plaga de Atenas en el 430 a.C.
Si Esparta consiguió colarse en Atenas en la Guerra del Peloponeso fue, en gran medida, porque la epidemia ateniense se llevó por delante a entre 75.000 y 100.000 personas. 20 años después, la ciudad aún no se había recuperado de lo que supuso quedarse con un 25% menos de su población. Sin embargo, aunque la ventaja de los espartanos estaba clara, qué narices causó aquella epidemia había sido un misterio hasta ahora.
Qué fue la epidemia que asoló a Atenas
Han pasado cerca de 2.500 años desde que aquella epidemia se cebase con Atenas, y desde entonces hemos estado dándole vueltas a qué fue lo que pasó. Por lo que dejó escrito el historiador griego Tucídides, que vivió la enfermedad en sus propias carnes, tenemos pistas sobre qué síntomas iban atados a la infección y cómo se transmitía, pero lamentablemente se movía de forma tan común que las posibles respuestas no eran precisamente pocas.
Cuadraba una gripe igual que lo hacía el tifus, o la fiebre tifoidea, o una viruela o, por qué no, igual un sarampión. Siempre había un nuevo detalle al que agarrarse que lo acercaba hacia un lado u otro. De la mano de la perspectiva histórica de distintas enfermedades, parecía cada vez más evidente que aquella epidemia fue uno de los primeros casos de la peste del que tenemos constancia, pero ahora, los expertos en microbiología parecen tener una idea más clara de qué fue lo que ocurrió.
Según un estudio reciente que comparaba los síntomas de Tucídides con distintas enfermedades, ha salido a la luz una curiosidad que el resto de investigaciones no había destacado hasta el momento: algunos supervivientes habían sufrido una amnesia severa que incluso les hacía olvidar su propio nombre o incluso a su familia. Algunos incluso sufrieron parálisis o ceguera durante el resto de sus vidas.
Sin hilo del que tirar, puede que estemos ante una epidemia provocada por un virus ya extinto. Una enfermedad que terminó erradicada por la inmunidad de rebaño que trajeron consigo supervivientes como los mencionados o el propio Tucídides. No deja de resultar curioso que, en esa necesidad de acercarnos a lo que ya conocemos para dar sentido a las cosas, a menudo pasemos por alto que posibilidades como esa siguen estando sobre la mesa.
Imagen | Rafael Hoyos
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