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Japón no usa clavos modernos para restaurar sus templos más antiguos. Prefiere una técnica de carpintería con siglos de historia

El método, perfeccionado durante siglos, permite que las estructuras de madera resistan terremotos y el paso del tiempo sin necesidad de elementos metálicos

Japón no usa clavos modernos para restaurar sus templos más antiguos. Prefiere una técnica de carpintería con siglos de historia
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Marcos Yasif

Editor - Cine y TV
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Marcos Yasif

Editor - Cine y TV

Periodista y apasionado de la industria del entretenimiento. He crecido con la ilusión de poder viajar por las estrellas como en Star Trek y salvar el mundo como Goku y Superman, dos pasiones que me han llevado a especializarme en cine y series de acción, ciencia ficción y superhéroes. Desde 2022 cuento en 3DJuegos todas las novedades de la pequeña y gran pantalla, con la intención de mantenerte al día con las historias que nos hacen soñar y escapar de la realidad, pero mi historia en la revista comenzó mucho años antes: en 2008.

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Los templos que recorrías entre bosques de bambú y tifones en Ghost of Tsushima, Assassin's Creed: Shadows, u otros videojuegos ambientados en el Japón Feudal no son pura fantasía, ni tampoco se han perdido con el tiempo en algunos casos. Muchos santuarios siguen en pie, y lo están, entre otros muchos motivos, gracias al kigumi, una técnica de carpintería sin clavos capaz de resistir terremotos y monzones desde hace más de mil años.

Al igual que Jin Sakai dominaba su entorno leyendo el viento y el terreno, los maestros carpinteros japoneses, más conocidos como miyadaiku, supieron aprender a leer la madera —su grano, sus curvas, su resistencia— antes de tallar uniones tan precisas que las vigas y columnas encajan entre sí sin necesidad de un solo clavo moderno, ni tornillo ni nada metálico, como si el edificio entero fuera un rompecabezas. Es decir, el kigumin consiste en tallar las juntas de madera con una precisión extrema para que encajen de forma natural y sin holguras, lo que ya os imaginaréis no es fácil.

Se necesitan años de práctica, destreza y una precisión casi milimétrica. Y es que los miyadaiku trabajan cada tronco como si descifraran un mensaje oculto en su interior: leen la veta como un relato del tiempo, siguen las curvas naturales como pistas sobre su carácter y miden la resistencia del material para intuir qué papel puede desempeñar en la estructura. No buscan piezas idénticas ni cortes estandarizados; buscan comprender la madera. Y es esa sensibilidad la que les permite decidir el lugar exacto que ocupará cada elemento en la edificación, integrándolo con respeto en una obra que aspira a sobrevivir cientos de años.

Ahora bien, ¿qué ventajas tiene esta técnica? Muchos podrían pensar que, en pleno siglo XXI, se mantiene solo por amor a la tradición, pero como señalan en Web Japan, su utilidad es profundamente práctica en un país como Japón: al prescindir de clavos metálicos, las estructuras evitan el óxido provocado por la humedad, las lluvias intensas y los tifones; además, las juntas de madera permiten que el material se expanda y se contraiga de manera natural según el clima, sin forzar la edificación; y, sobre todo, ofrecen una sorprendente resistencia a los terremotos, ya que estas uniones flexibles absorben y distribuyen las vibraciones en lugar de solo fracturarse.

Una cuarta ventaja: su "fácil" restauración

Y podemos citar una cuarta: su fácil conservación: al no usarse clavos, los edificios pueden ser desmontados, reparados y vueltos a armar sin dañar la madera. Esto permite sustituir únicamente los componentes dañados sin necesidad de reconstruir la estructura desde cero, extendiendo la vida útil del edificio y reduciendo los residuos. Así que nada, espero que esta curiosidad sobre el país del Sol Naciente os haya gustado.

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