Lo recordamos como una de sus grandes ideas, como parte de ese aura que lo hacía especial más allá de sus logros, desde el minimalismo de su casa hasta cómo creó una marca personal a base de un jersey negro y unos vaqueros. El problema es que lo de Steve Jobs ni era un estilo propio ni una genialidad que él se había sacado de la manga.
La decisión de vestir siempre de esa forma para favorecer que lo reconocieran, como si de un personaje de dibujos animados se tratase, nace muy lejos de California. Fue en Japón cuando, en una visita a las oficinas centrales de Sony, a Steve Jobs se le ocurrió una de las ideas más marcianas y menos influyentes de su paso por Apple.
El fracaso corporativo de Steve Jobs
A principios de los 80, Steve Jobs se subía a un avión para viajar a la sede de Sony, en Japón, con la intención de conocer de primera mano cómo eran los discos de 3,5 pulgadas que la compañía nipona había inventado. Además de un acuerdo comercial para integrarlos en el Mac, de ese viaje también se llevó una sorpresa que buscaría implementar en sus oficinas.
Al parecer, todos los trabajadores de Sony, sin importar si eran simples operarios o directivos, vestían un uniforme idéntico que consistía en una chaqueta con mangas desmontables que podía convertirse en chaleco. Al preguntar la razón detrás de ese uniforme a Akio Morita, el cofundador de la compañía le explicó que la idea nació de la necesidad de proveer ropa a los trabajadores tras la Segunda Guerra Mundial.
En agradecimiento a aquél gesto de la compañía, los trabajadores empezaron a llevar esa misma ropa y se convirtió en un símbolo de unidad. Daba igual que cargo tuvieran, todos vestían igual y remaban juntos. Como ya habrás imaginado, a Jobs aquello le pareció una idea fantástica y no dudó en intentar trasladarla a Apple en forma de uniforme.
Cuando se plantó ante los trabajadores para explicarles la idea, los empleados empezaron a abuchearle como no habían hecho nunca antes, así que fue una de las pocas veces en la que Steve Jobs tuvo que tragarse su revolucionaria idea y ceder ante el resto. Como en el proceso se hizo amigo de Issey Miyake, el diseñador que había creado los uniformes para Sony, le pidió si podía hacer jerséis para él.
Ni corto ni perezoso, Miyake le envió cien jerséis iguales y, desde entonces, empezó a llevarlos como si no tuviese nada más en el armario. Con el tiempo contaba que el hecho de no enfrentarse a la decisión de qué ponerse a diario le permitía dirigir ese esfuerzo ante cosas más importantes y, de rebote, aquella característica vestimenta se convirtió en parte de su personaje ante las cámaras y los empleados.
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