Cuando piensas en ciudades con más gente que adoquines en sus calles siempre sueles caer en fenómenos como el de Tokio y sus 14,22 millones de habitantes, pero lo cierto es que si lo comparamos con los 3,23 millones de personas que viven en Madrid, en realidad ambas ciudades no están tan alejadas entre sí.
Si la mastodóntica urbe de Japón cuenta con una densidad de 6.501 personas por kilómetro cuadrado, los habitantes de Madrid van bastante a la par con 5.265 por kilómetro cuadrado. Donde sí hay una sorpresa considerable es en el resultado que ambas ciudades arrojan si añadimos otra comparativa más a la ecuación: los atascos. Si la ciudad española es un caos absoluto para conducir, pese a tener la misma densidad de población Tokio no tiene ninguno.
Japón tiene muchos coches, pero Tokio no tiene atascos
Lo que marca esa gran diferencia está en otro número. Pese a que la media de coches por cada 1.000 habitantes en España está en 629, y que en el caso de Japón está más o menos igual con 609, cuando acercamos esa cifra a ambas ciudades la situación cambia radicalmente. En Madrid cada familia cuenta con un coche o más. En el caso de Tokio, en cambio, estamos ante la ciudad con la tasa de vehículo por hogar más baja del mundo con un 0,32.
Para entender esta paradoja toca viajar hasta 1962, cuando Japón tuvo que lidiar con la reconstrucción del país tras la guerra. En ese momento, apenas el 15% de la población nipona se había acercado a las ciudades porque era un país principalmente rural. Digamos que, frente a un escenario así, en el que pensar dónde colocas a la gente no es un problema, suele derivar en planificaciones más que cuestionables.
Después de años viendo que la construcción de edificios se les había ido completamente de las manos, con calles cada vez más estrechas y una población que no dejaba de moverse hacia las grandes ciudades en un imparable boom de la construcción, vieron que lo de sumar vehículos que no fuesen de dos ruedas y estrechos iba a ser un serio problema. Para evitarlo se introdujo en Tokio el Shako Shomeisho, el certificado de la ciudad para poder tener coche.
Como cada vez había menos sitio, permitir que cualquiera pudiese aparcar donde le diese la gana iba a terminar siendo un caos, así que en contraposición a todo lo que se empujó el desarrollo del transporte público, intentaron limitar el uso del coche. El Shako Shomeisho te obliga a certificar que, si vas a comprarte un coche, tienes dónde guardarlo. Es más complicado de lo que parece.
El secreto es Shako Shomeisho
El tema es que las restricciones del Shako Shomeisho son un drama. No es sólo que necesites tener un parking en el que aparcar el coche cada noche, es que debe estar a menos de dos kilómetros de tu residencia habitual y, además, deberás presentar las medidas tanto de la plaza como del vehículo que quieres adquirir para comprobar que puedes aparcarlo ahí de forma cómoda y sin obstaculizar. ¿Te pasas de grande? Pues no hay certificado y te quedas sin coche.
Si crees que la salida más fácil es aparcarlo en la calle, que algún sitio habrá por ahí, prepárate para pagar una multa de alrededor de 1.200 euros porque aparcar sin permiso está terminantemente prohibido. Vamos, que para ir al trabajo también vas a necesitar ver qué haces con el coche si no quieres que los gastos empiecen a acumularse.
Aunque si te paras a pensarlo, en realidad se van a acumular igual. A los alquileres de garajes moviéndose entre los 500 y los 700 euros al mes, o las casas con plaza de aparcamiento incluida que se venden por 3,5 millones de euros pese a tener 130 metros cuadrados, toca sumar la ITV japonesa. Shaken, se llama. Como ya habrás imaginado, tampoco es barato.
Si te cuesta alrededor de 60 euros pasar la ITV de tu coche, en Japón la cifra sube hasta entre 600 y 1.200 euros dependiendo de la antigüedad y potencia del vehículo. Vamos, que si llegas allí sin gangas de usar el metro, no te preocupes, que te vas a convertir en el mayor fan de los trenes del país. Tener coche no es sólo un capricho para ricos, es que además las restricciones hacen que sea tan absurdo que esté más cerca de la ostentación que de una solución de movilidad práctica.
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