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Yo sé que puedo dejarlo cuando quiera, pero hasta que llegue ese momento voy a jugar otra partida más a esta nueva joya oculta de Steam

Yo sé que puedo dejarlo cuando quiera, pero hasta que llegue ese momento voy a jugar otra partida más a esta nueva joya oculta de Steam

Nunca 10 euros dieron tantas horas de juego y lecciones de diseño

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Yo Se Que Puedo Dejarlo Cuando Quiera Pero Hasta Que Llegue Ese Momento Voy A Jugar Otra Partida Mas A Esta Nueva Joya Oculta De Steam
ruben-marquez

Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

Editor - Trivia

Estoy contento. Podría decir que también cansado, desesperanzado, aburrido e incluso algo triste porque esta industria parece haberse propuesto encaminarnos en ese sentido, pero también estoy contento y prefiero quedarme con eso. Entre tantos insultos a nuestra inteligencia, abusos de poder y estrategias comerciales cada vez más deleznables, elijo valorar lo positivo, y lo positivo es que me faltan manos para tanto juegazo del que no había oído hablar hace dos días.

Combolands es el último de ellos. Otro ejemplo más de una larga ristra de juegazos que solo parecen conocer y valorar unos pocos privilegiados y que, sin embargo, merecen toda nuestra atención. Y no solo porque nos sirvan para apartar la mirada de toda esa industria apestosa que nos ha tocado vivir, sino por cómo son capaces de demostrar hasta qué punto los videojuegos siguen más vivos que nunca aunque las grandes compañías se hayan empecinado en matarlos.

889 reseñas extremadamente positivas

Disfrazado de joya oculta de Steam por 10,25 euros, Combolands es la combinación perfecta entre dos fenómenos relativamente recientes. Por un lado, Against the Storm, el juego que nos demostró que la gestión de ciudades y recursos a lo Age of Empires también podía disfrazarse de roguelike. Por el otro, Balatro, convertido en estrella indiscutible del género después de transformar algo tan banal y manido como el póker en una epilepsia de numeritos y efectos capaz de atrapar a cualquiera.

De la mano del diseñador de Terra Nil, título que apuntaba maneras y personalmente me dejó bastante frío por lo rápido que se le agotaban las ideas, este nuevo giro a esas mismas ideas sirve como plataforma para intentar arrastrar a los fanáticos de los city builders cuando, en realidad, lo que está entregando es un puzle de colocar piezas al más puro estilo de los juegos de mesa.

En busca de sinergias que multipliquen cada vez más nuestra puntuación, nuestro objetivo será elegir entre las tres opciones de edificios que entrega el juego y empezar a dar forma a nuestra ciudad. Un edificio que puntúa todos los árboles que tiene alrededor no parece muy útil al principio, pero al lado de otro que genera árboles a su alrededor la cosa cambia, y junto a otro que simplemente se limita a copiar elementos de naturaleza de un sitio para pegarlos en otro, la tímida puntuación que arrojaba aquel edificio inicial ya va siendo otra cosa.

Convirtiendo esos puntos de Balatro en población, el objetivo del juego pasa por llegar a ciertas cantidades de gente en tramos de pocos turnos, pero Combolands juega con esa satisfactoria baza de ponerte contra las cuerdas cuando apenas necesitas 500 para que, conforme vayas creando combinaciones de edificios, los 25.000 a los que te tienes que enfrentar en el último tramo sean puro gozo. Siéntate y disfruta con todo lo que genera esta inmensa masa de casitas combinándose con otras casitas que acabas de montar.

Una fabulosa lección de diseño de videojuegos

De nada serviría todo esto de no haber un trabajo envidiable detrás a nivel de economía, sinergias y ese tipo de matemáticas que poco o nada tienen que ver con las que odiaba en el colegio. Combolands es el típico juego que se aleja lo máximo posible de los números pese a ser su seña de identidad. Es, a todas luces, un juego de verbos, de formar frases al unir unos edificios con otros para dar sentido casi shakesperiano a lo que en los primeros turnos era un tímido balbuceo.

Pero mi mayor sorpresa no llegó al terminar la primera partida, después de superar ese aparentemente desafiante reto que termina siendo un hito relativamente asequible. En realidad fue justo ahí cuando, al celebrar el éxito que no había alcanzado cuando probé su demo hace ya varias semanas, descubrí qué era lo que me esperaba al entrar en la madriguera del conejo. 

Combolands

Entre barras de progreso y ventanas abriéndose de par en par para enseñar lo que ocultaban se mostraban nuevos edificios para las dos clases elegidas al iniciar la partida, nuevas clases con edificios aún por descubrir, nuevas mejoras para esos mismos edificios y clases, nuevos mapas y modos de juego y, en una bola de nieve que no parecía tener la mínima intención de frenarse ahí, un enfermizo cóctel de combinaciones que, lejos de abrumar, desde entonces ha ido entregando otra partida más, y otra, y otra.

Un ciclo tan adictivo como divertido que, tal y como repetía al principio, no podría hacerme más feliz. Porque da igual las veces que esta industria se vaya a la ruina, siempre habrá un diseñador esperando a sorprendernos con la idea más estúpida y simple con la que hundirnos en una espiral de "otra partida más". Y tan feliz como estoy de descubrir que eso no terminará nunca, y no lo podrá destruir ninguna empresa jamás, tú me preguntas qué tal y yo te digo: Estoy contento.

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