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Llevamos años escuchando a los médicos que tenemos que dar 10.000 pasos. Ha tenido que llegar un videojuego para que mucha gente lo haga

Llevamos años escuchando a los médicos que tenemos que dar 10.000 pasos. Ha tenido que llegar un videojuego para que mucha gente lo haga

Ring Fit Adventure no es un salvavidas, pero sí una buena puerta de entrada

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Llevamos años escuchando a los médicos que tenemos que dar 10.000 pasos. Ha tenido que llegar un videojuego para que mucha gente lo haga
abel-hernandez

Abel Hernández

Editor
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Abel Hernández

Editor

El 1 de enero siempre trae consigo uno de esos propósitos estrella que casi nadie termina cumpliendo: "Este año sí voy a moverme más". Los médicos insisten en los 10.000 pasos como una de las bases que no podemos ignorar, las campañas de salud pública dan fuerza a ese número mágico y cualquiera que haya pagado una cuota de gimnasio para pisarlo tres semanas sabe que esa sería una buena forma de empezar. Así, sabemos que caminar, subir escaleras o hacer algo de fuerza nos vendría bien, pero lo que no sabíamos —o no queríamos saber— es que un videojuego sería capaz de ayudarnos en nuestro principal obstáculo: la constancia.

Durante años hemos escuchado que los videojuegos son justo lo contrario del ejercicio, ya que suelen estar asociados al consumo de salón con un mando en la mano durante horas. Esa imagen no es del todo falsa, pero se ha quedado vieja. Ahora, existe una categoría de juegos pensados para levantarte del asiento, una serie de propuestas llamadas "exergames" o, en español, videojuegos activos. Estos no te piden que te muevas un poco entre partida y partida, sino que el propio movimiento es la partida. Gracias a eso, están consiguiendo que personas que llevaban años sin hacer deporte acaben sudando en el salón de su casa casi sin darse cuenta.

Cuando el ejercicio se disfraza de videojuego

La idea no es nueva, pero la evidencia que la respalda sí ha ido creciendo. Un estudio publicado en Frontiers of Psichology comparó a un grupo de estudiantes haciendo una clase de baile tradicional con otro jugando un videojuego de baile. El resultado fue revelador: el gasto de energía de ambos grupos fue parecido, pero quienes jugaban se lo pasaban mejor. Dicho de otro modo, quemaban prácticamente lo mismo que en una clase tradicional sin la sensación de cumplir una obligación. Al quitar esa capa, la diversión pasa a ser el ingrediente que cambia la experiencia entera.

El ejemplo más comentado de los últimos años es un juego que convierte el ejercicio en una aventura, uno que tiene un mando en forma de anillo que mide la fuerza que haces al apretarlo: Ring Fit Adventure. Lo que empezó como una curiosidad se ha colado en estudios serios a través de investigadores que analizaron su uso en adultos. Así, midieron con precisión cuántas calorías se gastaban realmente al jugar y lo compararon con el equipo que se utiliza en un laboratorio. ¿La conclusión? No se trataba de un pasatiempo simbólico: el cuerpo trabaja de verdad con un esfuerzo equiparable al de un entrenamiento al uso.

El dato más interesante de ese trabajo no tiene que ver con las calorías, sino con algo mucho más difícil de lograr: evitar que la gente abandone. En ese estudio, la adherencia al ejercicio con el videojuego rondó el 89%, lo curioso son los datos que obtuvieron el entrenamiento por intervalos de alta intensidad y el ejercicio continuo moderado: 63% y 61%. Esto significa que solo 1 de cada 10 personas tira la toalla con videojuegos, pero la cifra con el deporte convencional se eleva a 4 de cada 10.

¿Por qué funciona algo tan aparentemente tonto como perseguir enemigos a base de sentadillas? La clave está en que el juego desvía la atención del esfuerzo. Si tu cabeza está pendiente de superar un nivel, batir un récord o avanzar en la historia, el cansancio pasa a un segundo plano. Así, lo que en un gimnasio sería una serie aburrida de repeticiones, aquí se convierte en un reto con recompensa inmediata. No significa que el cuerpo trabaje menos, significa que la mente registra el esfuerzo de otra manera y se asemeja más al ocio que al sacrificio.

Una ayuda real, pero no una varita mágica

Que estos juegos ayuden a moverse no significa que sustituyan a un plan de entrenamiento serio ni al criterio de un profesional. La intensidad varía según el juego, el modo elegido y las ganas que le pongas, así que puedes sudar de verdad o quedarte en un paseo simbólico. Además, tampoco son aptos para cualquier condición física sin más, ya que debes informarte de posibles consecuencias si tienes problemas de salud o lesiones. De esta forma, son una puerta de entrada al movimiento y cumplen como tal, pero no deberían servir como promesa de transformación total.

Existe otro detalle que las campañas entusiastas suelen pasar por alto: cuestan mucho dinero. La mayoría de estas experiencias exigen una consola, accesorios específicos y, a veces, suscripciones. No es una barrera menor, ya que salir a caminar es gratis y no requiere nada, pero montar un sistema de videojuegos activos supone una inversión que no todo el mundo puede —o quiere— asumir. A eso, además, se suma el espacio: necesitas una habitación en la que moverte sin tropezar con los muebles, así que conviene tenerlo claro antes de comprar si no quieres un aparato que acabe criando polvo.

Entonces, ¿para quién tiene sentido? Lo tiene, por encima de todo, para quienes saben que deberían hacer más ejercicio, pero no consiguen conectar con salir a caminar, correr o ir a un gimnasio. Si el deporte tradicional te resulta tan aburrido que abandonas a las dos semanas, esta es una buena puerta de entrada. De hecho, algunos estudios revelan que son una buena opción para personas mayores o en rehabilitación, un factor en el que entra en juego el componente lúdico para mantener la motivación. No es la mejor opción para todos, pero ese perfil concreto puede ser la diferencia entre moverse algo… o nada.

Al final, la lección trata más sobre psicología que sobre tecnología. Llevamos años escuchando que debemos caminar 10.000 pasos, pero fallamos en la motivación. Si un videojuego consigue que alguien que odiaba el ejercicio acabe haciéndolo tres veces por semana, eso significa que habrá logrado algo que ninguna recomendación médica garantiza. No son productos mágicos, pero sí han entendido algo simple que el discurso popular suele olvidar: la mejor actividad física no es la más eficiente, es la que esperas repetir mañana.

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