Febrero de 1978, algún punto entre Lancaster, California, y los despachos de Lucasfilm. Una mujer de 62 años con un cáncer que entrega 124 páginas mecanografiadas tituladas escuetamente Star Wars Sequel. Las firma con su nombre, Leigh Brackett, y muere apenas unas semanas después, el 18 de marzo de 1978, sin saber que aquel borrador imperfecto sería la base argumental de la película que millones de personas considerarían después la mejor secuela jamás rodada.
La narrativa oficial sobre lo que pasó después la fijó el propio George Lucas con una mezcla extraña de cariño y distancia. En sus propias palabras recogidas en Star Wars: The Annotated Screenplays de Laurent Bouzereau, Lucas reconoció que "no me gustó el primer guion, pero le di a Leigh el crédito porque la quería mucho", y añadió que "estaba enferma cuando lo escribió y de verdad lo intentó con todas sus fuerzas". El director sostuvo durante años que la dirección que había tomado Brackett no era la suya, que prácticamente nada de lo que ella escribió sobrevivió a las reescrituras posteriores con Lawrence Kasdan, y que el crédito compartido era más un gesto humano que un reconocimiento estricto de autoría. Durante décadas esta ha sido la versión "oficial" del origen argumental de El Imperio Contraataca, pero la propia Brackett cambiaría esta historia de manera póstuma matizando la historia que Lucas llevaba contando cuarenta años.
El archivo que pone en duda la versión de Lucas
En enero de 2025, coincidiendo con el 45 aniversario de El Imperio Contraataca, la profesora de estudios mediáticos de Emerson College Maria San Filippo publicó en una investigación para Los Angeles Review of Books el resultado de su visita al Jack Williamson Special Collections Library de la Eastern New Mexico University, donde Brackett donó sus papeles personales en los años setenta. Allí, entre borradores tempranos, contratos y notas manuscritas, San Filippo asegura haber encontrado evidencia que sitúa a Brackett como autora primaria de la película, no como una colaboradora puntual cuyo trabajo se descartó. La investigadora sostiene que los documentos confirman su condición de autora primaria tanto de El Imperio Contraataca como de El largo adiós (el clásico de Robert Altman), y desmontan la idea de que la película de Kershner deba leerse como obra exclusiva de Lucas y Kasdan. La tesis es ambiciosa, pero está respaldada por documentos que cualquiera puede consultar.
Brackett había estado en la misma habitación con Faulkner, con Hawks, con Bogart y con Bacall mucho antes de que Lucas saliera del instituto
El propio archivo de la ENMU custodia, además del borrador de Brackett, las notas originales de las reuniones de historia que mantuvo con Lucas y el guion de rodaje manuscrito que él mismo entregó después, según explicó en su día Gene Bundy, bibliotecario de Special Collections. Eso significa que cualquier investigador con tiempo y un billete de avión a Portales, Nuevo México, puede sentarse a comparar línea a línea lo que dijo Brackett en aquellos encuentros, lo que escribió después, y lo que terminó rodándose. Charlie Jane Anders, cofundadora de io9, lleva años defendiendo que "los puntos básicos de la historia son los mismos". Hablamos de la huida de la Rebelión a un planeta helado tras la victoria en Yavin, del entrenamiento de Luke con un maestro Jedi en un planeta pantanoso, de la traición en una ciudad flotante, del duelo final padre-hijo en un escenario imposible. La estructura está. El esqueleto que sostiene la película está. Y eso lo escribió Brackett.
Leigh Brackett durante el rodaje de El sueño eterno junto al director Howard Hawks
y el reparto principal
La Reina de la Ópera Espacial llevaba inventando Star Wars desde antes de que existiera Star Wars
Para entender hasta qué punto la elección de Brackett no fue un capricho ni un favor, conviene recordar quién era esta mujer cuando Lucas descolgó el teléfono para encargarle el primer tratamiento de guion del Episodio V de Star Wars. Nacida en Los Ángeles en diciembre de 1915, hija única de un contable que murió en la pandemia de gripe de 1918, Brackett había vendido su primer relato a Astounding en 1939, con 23 años, y para los años cuarenta ya era una figura central de las revistas pulp de ciencia ficción estadounidense. Publicaba en Planet Stories, en Startling Stories, en cualquier cabecera donde cupieran sus aventuras de Marte y Venus pobladas por razas decadentes, princesas, espadachines y héroes solitarios, muy al estilo del John Carter de Edgar Rice Burroughs. Sus fans le pusieron el apodo de Reina de la Space Opera, que en aquella época era casi un insulto disfrazado, porque la space opera se consideraba la hermana fea de la ciencia ficción seria. Brackett no se inmutó: defendió el subgénero, lo dignificó y, sin proponérselo, fue dejando un molde narrativo del que Lucas bebería para crear la saga Star Wars.
Brackett tomaba notas, organizaba estructura y volvía a su casa a escribir
La cosa se complica cuando uno se asoma a su currículum cinematográfico, porque ahí aparece una figura tan polémica e importante como la de Howard Hawks. En 1944, tras leer su novela detectivesca No Good from a Corpse, Hawks le pidió a su secretaria que llamara a "ese tipo Brackett" para que ayudara a William Faulkner a escribir el guion de El sueño eterno. La anécdota es famosa y ella misma la contó con humor en una entrevista de 1972 recogida en la Encyclopedia of Women in World History: Hawks "se quedó algo descolocado al descubrir que era señorita y no señor Brackett, pero se rehízo valientemente y me contrató igual, cosa que siempre le he agradecido enormemente". A partir de ahí, la firma de Brackett aparece en Río Bravo, Hatari!, El Dorado, Río Lobo y El largo adiós de Altman. Cinco películas con Hawks. Cinco. Cuando Lucas la contrató en 1977 no estaba contratando a una novelista que escribía guiones de vez en cuando: estaba contratando a una de las guionistas que había construido el cine de aventuras de la segunda mitad del siglo XX, en películas con leyendas como John Wayne y Humphrey Bogart. El propio Lucas reconoció después, según recoge San Filippo, que ni siquiera había caído al principio en que aquella Leigh Brackett era la misma de las novelas pulp de ciencia ficción.
Irvin Kershner, Lucas y Lawrence Kasdan durante el rodaje de El Imperio Contraataca
El borrador imposible: Yoda con sable láser, wampas asesinos y un Vader que aún no era padre
El guion que Brackett entregó en febrero de 1978 contiene escenas que hoy resultan fascinantes precisamente porque no terminaron en pantalla. La base rebelde en el planeta helado no es el búnker militar funcional que vimos en cines, sino una especie de castillo de hielo con puertas invisibles y formaciones cristalinas de belleza sobrecogedora. Los wampas, en su versión original, no son los yetis solitarios del montaje final, sino criaturas casi sobrenaturales que masacran a la guarnición de la base en escenas con resonancias de cine de terror, matando a docenas de personas a velocidades imposibles y resistiendo los disparos de bláster como si nada. El maestro Jedi del pantano se llama Minch en lugar de Yoda, lleva sable láser y, en la escena más improbable de todo el guion, llega a librar un duelo de entrenamiento con el fantasma de la Fuerza de Obi-Wan Kenobi. Es difícil leer ese pasaje sin sonreír, pero también es difícil no pensar que treinta años después Lucas pondría a Yoda a manejar el sable en las precuelas. Qué cosas. en cualquier caso, muchas de las cosas que vimos finalmente en la película fueron ideas desarrolladas por Brackett, si bien la mayoría ean sugerencias del propio Lucas, aunque apenas ideas sin esbozar.
La diferencia más profunda con la película final, sin embargo, es estructural y no anecdótica. En el borrador de Brackett, Darth Vader todavía no es el padre de Luke. Esa revelación, hoy intocable como la columna vertebral mitológica de la saga entera, surgió en reescrituras posteriores entre Lucas y Kasdan, una vez Brackett ya había muerto. Su guion contemplaba en cambio un triángulo amoroso mucho más explícito entre Luke, Han y Leia (que sí estaba originalmente en la peli pero que Lucas eliminó en montaje), una Rebelión presentada con un punto de comedia caótica donde varios soldados mueren congelados por tuberías reventadas dentro de la base, y una traición en la ciudad flotante de Lando bastante diferente en sus matices emocionales. No es la película que vimos. Pero es, sin discusión posible, el plano sobre el que se construyó la película que vimos. Cualquiera puede comprobarlo: el borrador se filtró íntegro en 2010 y lleva quince años circulando libremente por internet.
Los últimos meses de una guionista escribiendo contrarreloj contra su propia muerte
Hay un detalle de la cronología que casi nadie subraya y que cambia bastante la lectura de todo lo anterior. El marido de Brackett, el escritor de ciencia ficción Edmond Hamilton, con quien había compartido vida y oficio durante 31 años, había muerto en 1977. Es decir, Brackett aceptó el encargo más grande de su carrera, posiblemente el guion más esperado de Hollywood en aquel momento, recién enviudada y ya enferma. Las reuniones de historia con Lucas se celebraron a lo largo de aquel año y parte del siguiente, según el propio Lucas reconoció después, y mientras él admitía que "mis ideas no estaban del todo formadas" en aquellos encuentros, Brackett tomaba notas, organizaba estructura y volvía a su casa a escribir. La imagen de fondo me parece brutal: una mujer en duelo, con un cáncer avanzado, dándole forma a la mitología que define la cultura popular contemporánea.
Brackett trabajó sobre un esquema que le pasó Lucas, sí, pero ese esquema lo desarrolló ella en los detalles narrativos
El escritor y editor Stephen Haffner, que ha leído el borrador y publicó la antología Martian Quest: The Early Brackett, sostiene la versión más restrictiva: que fuera del esqueleto argumental de Lucas, nada del aporte personal de Brackett sobrevive en el montaje final. Otros, como la propia San Filippo o Charlie Jane Anders, defienden lo contrario tras leer los mismos materiales. La verdad probable, como suele pasar en estos casos, está en algún punto intermedio. Brackett trabajó sobre un esquema que le pasó Lucas, sí, pero ese esquema lo desarrolló ella en los detalles narrativos, en los personajes, en las atmósferas, en las decisiones de tono, en el tempo de las escenas, en miles de microelecciones que después Kasdan pulió y reescribió pero que partían de su trabajo. Que Lucas decidiera mantener su nombre en la pantalla incluso después de no someter sus propios borradores al Writers Guild of America para garantizar que Brackett figurase en los créditos, según documenta la enciclopedia oficial de la franquicia, sugiere que él mismo sabía que el reconocimiento era más que un gesto sentimental y que ahí había una deuda.
Por qué la historia oficial necesita corrección
Resulta llamativo que en 2026, cuando El Imperio Contraataca sigue siendo (casi) unánimemente considerada la mejor película de la saga, el público general no asocie su autoría con el nombre de una mujer. La paradoja la formula bien la propia San Filippo en su artículo: pocos fans, incluso entre los más fervientes, saben que el guion original de la película más venerada de Star Wars lo escribió la primera mujer nominada a un premio Hugo, junto con C.L. Moore. Esa nominación llegaba después de quince años publicando en revistas pulp y en mitad de una carrera paralela en Hollywood. Brackett había estado en la misma habitación con Faulkner, con Hawks, con Bogart y con Bacall mucho antes de que Lucas saliera del instituto, y aún así su nombre quedó relegado a una nota a pie de página en su propia obra magna.
Reconocer a Leigh Brackett no implica restarle nada a Kasdan, ni a Kershner, ni a Lucas
El propio motivo de que sus papeles acabaran en una universidad de Nuevo México, y no en una institución de Hollywood, da pistas sobre cómo la industria gestionó su legado. Brackett donó su archivo a la ENMU porque era amiga de toda la vida de Jack Williamson, otro grande de la ciencia ficción americana que era profesor allí, según explica la propia universidad. Es decir, su memoria sobrevive en buena medida gracias a la lealtad de sus pares de la ciencia ficción, no a la diligencia de la industria del cine que tanto le debía. La buena noticia es que el Academy Museum of Motion Pictures empezó hace poco a pedir prestados materiales suyos para exposiciones, lo que apunta a un proceso lento pero real de recuperación crítica. Reconocer a Leigh Brackett no implica restarle nada a Kasdan, ni a Kershner, ni a Lucas. Implica simplemente contar la historia entera, con todos sus nombres dentro, y aceptar que el cimiento sobre el que se levantó la mejor película de Star Wars lo puso una mujer de 62 años que ya estaba muriéndose mientras escribía. La galaxia muy, muy lejana le debe más de lo que ha sabido reconocer en cuarenta y cinco años.
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