A lo mejor no lo sabes, pero hay dos versiones de Superman 2, de dos directores diferentes. Cuentan básicamente la misma historia, con los mismos actores y el mismo Superman renunciando a sus poderes por amor. Lo que cambia es todo lo demás: cada una toma decisiones radicalmente distintas en cada escena importante. Y lo curioso es que la razón no es artística, o no del todo, porque detrás de esa duplicidad hay una historia de despachos, contratos y rencores que se parece más a un drama de oficina que a una película de capas y alienígenas con los calzones por fuera. Como casi siempre, el dinero es el culpable de todo.
La versión que vio todo el mundo en cines en 1980 la firma Richard Lester, un correcto director que venía de dirigir a The Beatles y de las coloridas aventuras de Los 3 Mosqueteros y al que le cayó encima la papeleta de dar continuación a uno de los mayores taquillazos de la historia después de que el director original decidiera mandar a Warners Bros y al proyecto a tomar kryptonia fresca. La otra versión, la del director original que llegó 26 años más tarde, la firma Richard Donner, director de la primera entrega y el hombre que en realidad había empezado a rodar las dos pelis a la vez. Entre una y otra hay un despido, una reclamación de dinero, una pequeña rebelión de actores y un actor eliminado entero de la película a base de tijera. Es una historia complicada, pero os adelanto que el enredo de despachos da, por sí solo, para otra película.
Donner rodó dos películas, pero solo le dejaron firmar una
El proyecto original era de lo más malicioso, y algo realmente extraño para la época: rodar Superman y Superman II al mismo tiempo, como una sola historia dividía en dos. Una jugada que los productores, los hermanos Salkind, ya habían probado años antes con su las mencionadas pelis mosqueteras. Donner se puso al frente de un guión descomunal de casi 400 páginas y empezó a filmar las dos entregas en paralelo. El problema es que rodar a un hombre volando cuesta bastante más que rodar duelos de espada, y entre el calendario que se alargaba y un presupuesto que terminó doblando lo previsto, la relación entre el director y los Salkind se fue al traste. Cuando llevaba alrededor de tres cuartas partes de la secuela rodadas, la producción decidió parar la segunda película para terminar la primera. Y ahí, sin que Donner lo supiera del todo, comenzaron a acumularse los problemas.
Superman se estrenó en las navidades de 1978, fue un superexitazo, y lo lógico habría sido que Donner volviera a rematar la secuela que ya tenía medio hecha. Pues no: en lugar de una llamada, lo que le llegó fue un telegrama informándole de que ya no se requerían sus servicios y de que un viejo conocido, Richard Lester, ocuparía su silla de director. Ya mal, pero hay más: para que el Sindicato de Directores reconociera a Lester como autor, no bastaba con que rematase el trozo que faltaba, tenía que ser responsable de la mayor parte del metraje. Así que Lester se puso a reescribir y regrabar escenas que ya estaban rodadas, no porque estuvieran mal, sino porque la película tenía que cambiar de director, un poco por darle en los morros a Donner. El resultado es que, en la versión que se estrenó en cines, apenas un 30 por ciento de lo que veis es material de Donner, tal y como se detalla en este artículo de mis compañeros de Espinof.
Un equipo leal a su director original
El despido no le sentó bien a nadie del equipo, que se sentía muy vinculado con Donner, que era con quien se habían comprometido para este proyecto, no con Lester. Varios colaboradores de Donner se negaron a volver sin él, empezando por el guionista de confianza que le había dado a las dos películas su tono serio. Gene Hackman, que ya tenía rodadas todas sus escenas como Lex Luthor, se negó en redondo a grabar nada nuevo con Lester por lealtad a su director, así que en los planos añadidos hubo que doblarlo con la voz de un actor de doblaje y tirar de un doble de espaldas. Y a Margot Kidder, la inolvidable Loise Lane de aquella generación, que fue la primera en contarle a la prensa que existía un montaje enterrado de Donner y señalar el sabotaje al director, le tocó pagar su sinceridad: su Lois Lane quedó reducida a poco más que un cameo en la siguiente entrega. No hace falta ser muy malpensado para atar cabos: "lo que pasa en Metrópolis, queda en Metropolis", imagino.
De haber terminado la película en su día, probablemente habría rodado otra cosa. Seguramente nos quedemos con la duda de qué
La ausencia más comentada de la versión de cines tiene nombre y apellidos: Marlon Brando. El actor interpretaba a Jor-El, el padre kryptoniano de Superman, y había negociado para la primera película un acuerdo envidiable, un porcentaje de la recaudación que rondaba el 11 por ciento. Eso son muchos millones. Como sus escenas para la secuela ya estaban rodadas, usarlas implicaba pagarle de nuevo esa tajada, y los Salkind, fieles a su costumbre, prefirieron ahorrarse el cheque. La solución fue quirúrgica: eliminaron por completo a Jor-El del montaje y trasladaron sus diálogos a la madre de Superman, Lara, interpretada por Susannah York.
A Marlon Brando lo borraron de la película por dinero
Claro, tanto cambio comenzaba ya afectar a la trama de la peli. En el montaje de Donner, las conversaciones entre Jor-El y su hijo en la Fortaleza de la Soledad le dan a la decisión de Superman de renunciar a sus poderes un peso que la versión de Lester sencillamente no tiene. Aquella frase críptica de la primera película, eso de que el padre se convierte en hijo y el hijo en padre, solo termina de cobrar sentido cuando ves a Brando sacrificándose para devolverle a Clark lo que había entregado por amor. Es el tipo de detalle que no cambia una escena, sino el significado de la película entera. Pero bueno, a estas alturas creo que está ya claro que a los productores la calidad de la película les interesaba algo menos que simplemente estrenarla y seguir haciendo taquilla.
Merece la pena ver las dos y entender por qué el fandom lleva más de cuatro décadas reivindicando un montaje que estuvo a punto de no existir jamás
Lo que de verdad separa a las dos versiones de Superman II es el tono, y se nota en cuanto los villanos kryptonianos pisan la Tierra. Lester convirtió la invasión del General Zod y la batalla de Metrópolis en una sucesión de gags: un helado que sale volando y aterriza en la cara de un transeúnte, un señor en patines que rueda de espaldas sin control, un paraguas que gira como en un musical al estilo Cantando Bajo la Lluvia. Son chistes que le restan peligro a una amenaza que debería sentirse capaz de borrar el planeta. Donner, en cambio, mantiene el registro épico y serio de la primera película, con unos villanos que dan miedo de verdad y una destrucción en la ciudad que resulta aterradora. ¿Es solo una cuestión de gusto, o cambia de raíz lo que la película quiere contar? Yo lo tengo bastante claro, pero merece la pena que lo comprobéis con vuestros propios ojos. Lo importante aquí es que el tono más distendido hacía de Superman II un estreno más familiar, y eso significa más taquilla. Con lo que le gustaba a los hermanos Salkind una buena taquilla…
El final es la otra gran diferencia, y esconde una de las mejores anécdotas de toda esta historia. Lester resuelve el problema de que Lois conozca la identidad de Clark con un beso mágico qur le borra el recuerdo, un poder que Superman no ha tenido nunca y que parece sacado de aquellos cómics locos en los que Superman tenía la cabeza de una hormiga y cosas así. Un "lo hizo un mago" en toda regla. Donner, por su parte, recurría al recurso de volar alrededor de la Tierra para hacer retroceder el tiempo y deshacer el desastre. "Espera, Chema", me dirás, "¿ese no es el final de Superman ?" Pues sí. Ese truco estaba pensado originalmente para cerrar esta segunda parte, pero cuando se decidió que la primera película necesitaba un final más potente, se lo llevaron allí, y la secuela se quedó huérfana de desenlace, y este fue uno de los primeros grandes roces de Donner con los productores. Donner, al recomponer su montaje décadas después, simplemente lo recuperó y lo encajó donde siempre había querido ponerlo, aun sabiendo que, de haber terminado la película en su día, probablemente habría rodado otra cosa. Seguramente nos quedemos con la duda de qué.
Casi 50 años después, sigue siendo un gran ejemplo sobre lo que hace un director
Que se recuperara la versión de Donner, con prácticamente todo su metraje, tuvo bastante de carambola: buena parte del material perdido reapareció en los archivos de Warner Bros, durante el proceso de restauración de la película en 2001, y solo tras la muerte de Brando, en 2004, su familia permitió a Warner usar imágenes del actor, primero en el Superman Returns de Bryan Singer y, de rebote, en el montaje que por fin dejaba a Donner contar su versión. Esta versión no es perfecta, y se nota que aquí y allá faltan cosas, y que no todas las piezas encajan demasiado bien. Con todo, creo que esta era la versión buena y la que el público se merecía ver originalmente en cines.
Donner no cobró un solo céntimo por aquel rescate: lo hizo porque era, sin más, la película que quería firmar
Os seré sincero: era muy difícil ser un chiquillo en los 80 y que no te gustara Superman II, con ese Zod tremendo (con un magnífico doblaje de Javier Dotú en España) y esas peleas en Metrópolis a mamporro limpio. Y con todo, a pesar del entusiasmo infantil, la película era muy rara. ¿Superman se arranca la "S" del pecho y la usa como una pegatina gigante para atacar a Non? Todavía no existía el concepto WTF, pero... ¡WTF! Lo gracioso, visto con los años, es que buena parte de aquello tan marciano que recordábamos de críos era en realidad la huella de Lester, justo lo que Donner se encargaría de podar décadas después.
Lo fascinante de tener las dos versiones a mano es que permiten algo que casi nunca se puede hacer: comparar, escena por escena, cómo dos directores convierten el mismo guión base en dos películas distintas sin apenas tocar la trama. No hace falta elegir bando como si fuera una final del mundial de fútbol, y de hecho mucha gente que ha visto las dos se queda con un poco de cada una: el arranque parisino de Lester por aquí, la presencia de Brando de Donner por allá. Y sí, merece la pena ver las dos y entender por qué el fandom lleva más de cuatro décadas reivindicando un montaje que estuvo a punto de no existir jamás. La historia del cine está llena de versiones alternativas que nacen del choque entre quien pone el dinero y quien tiene la visión creativa, pero pocas pueden verse enfrentadas de forma tan limpia como esta. Aquí no hay que reconstruir nada con la imaginación o material de preproducción: están las dos, prácticamente completas, a un clic de distancia.
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Conviene recordar, ya para cerrar, que el montaje de Donner está dedicado a la memoria de Christopher Reeve, fallecido también en 2004, el actor que nos hizo creer que un hombre podía volar. Y conviene recordar que Donner no cobró un solo céntimo por aquel rescate: lo hizo porque era, sin más, la película que quería firmar. Después de todo hay algo de justicia poética en cómo terminó esta historia. Donner tardó casi treinta años, pero al final hizo lo mismo que su Superman: girar el mundo hacia atrás para corregir la historia.
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En 3DJuegos | La primera versión de Superman era tan siniestra y política que nadie quería publicarla
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