Conozco poca gente que haya visto esta película en la que se pone en jaque nuestra noción de realidad, donde la ciencia ficción funciona como oscuro reflejo de nuestra agobiante existencia cotidiana y donde la paranoia impregna cada plano que no la tenga como un referente del género. Y no, no hablo de Matrix. Hablo de Dark City, una obra que, aunque no alcanzó la fama de la aventura digital de Neo, hizo muchas cosas bien… simplemente, llegó antes de tiempo.
Dirigida por Alex Proyas en 1998, Dark City nos sumerge en una ciudad sin nombre, eternamente nocturna y de arquitectura ecléctica, donde nunca sale el sol. Allí, John Murdoch (Rufus Sewell) despierta amnésico en la habitación de un hotel y descubre a su lado el cadáver de una mujer con extrañas marcas elípticas en la piel. Pronto se ve perseguido por el inspector Bumstead (William Hurt) acusado de un asesinato que no recuerda haber cometido, mientras un inquietante Doctor Schreber (Kiefer Sutherland) insiste en que está loco. Entre las escenas más hipnóticas se encuentra la transformación de edificios y apartamentos durante la noche, la reconfiguración de recuerdos de los personajes y la emblemática relación de Murdoch con Emma (Jennifer Connelly), cuyo amor persiste pese a la alteración constante de sus recuerdos.
La trama se complica cuando Murdoch descubre a los Ocultos, alienígenas que cada medianoche detienen la ciudad y reorganizan su estructura física y psicológica, implantando recuerdos y modificando la vida de sus habitantes. Lo que empieza como un thriller de misterio deviene un estudio sobre la identidad, la memoria y la capacidad de resistir a una realidad manipulada, donde cada giro de la historia reta nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.
Expresionismo, cine negro, ciencia ficción, hermetismo y propaganda
Dark City es un mosaico de referencias y estilos que convergen en un mundo desconcertante. Proyas y el guionista David S. Goyer bebieron de múltiples fuentes: el expresionismo alemán, la estética de Edward Hopper, Metrópolis (1927), Brazil (1985), e incluso la Gotham City de Tim Burton. La ciudad perpetuamente nocturna combina elementos de cine negro de los años 30 y 40: gabardinas, sombreros fedora, mujeres fatales y tecnología de apariencia retrofuturista. La ciencia ficción literaria también dejó huella en la película. Conceptos como la disonancia cognitiva, explorados por Heinlein en Ellos (1941) o Huérfanos del Espacio (1964), se reflejan en la narrativa de Murdoch, quien debe descifrar la irrealidad que le rodea y reconocer que sus recuerdos y percepciones han sido manipulados. La película plantea, de forma indirecta, cuestiones filosóficas profundas: la naturaleza de la realidad, la identidad y nuestra relación con un entorno diseñado para confundirnos.
Dark City es un mosaico de referencias y estilos que convergen en un mundo desconcertante
Creo recordar haber leído en aquellos años una entrevista al propio Proyas en la revista Fangoria donde reconocía que la inspiración original surgió de un sueño recurrente en su infancia, donde extraños entraban en su habitación y alteraban la realidad. Esta premisa no solo conecta con metáforas clásicas de la filosofía occidental, como el Genio Maligno de Descartes o la Caverna de Platón, sino que también refleja cómo la propaganda política, la manipulación de los medios de información y el mundo distorsionado de la publicidad pueden deformar nuestra percepción de la realidad. Claro, que mi recuerdo de leer aquella entrevista puede no ser real, ¿quién sabe? La película plantea así la duda de si lo que creemos verdadero no es más que una ilusión cuidadosamente construida, despertando una sensación de paranoia que nos obliga a cuestionarlo todo.
La ciudad como laboratorio de la condición humana
Más allá de su narrativa intrigante, Dark City es un examen de la condición humana. La ciudad no es solo un escenario, sino un laboratorio donde los Ocultos experimentan con los recuerdos y emociones humanas, buscando descifrar los secretos del alma. Cada transformación de la ciudad refleja la fragilidad de nuestra percepción y cómo el contexto puede redefinir nuestra identidad de forma casi literal. Sin entrar en el terreno de conspiranoia, y desde la especulación responsable, ¿cuántas veces no has pensado que lo que ocurre a tu alrededor es tan extraño que tiene que ser algún tipo de experimento social? Que se lo preguntes a los sujetos involuntarios del Proyecto MKUltra, ¿verdad?
Murdoch, el protagonista, representa la lucha por recuperar la autonomía y la autenticidad en un mundo manipulado. Su resistencia ante los Ocultos simboliza la búsqueda de la libertad individual frente a sistemas opresivos, un tema recurrente en la ciencia ficción más intelectual, donde el héroe se convierte en espejo del espectador al cuestionar la realidad que acepta como propia. Esta exploración del valor de la realidad y del conocimiento codificado conecta con tradiciones de pensamiento hermético y gnóstico, en las que la verdad se oculta tras capas de ilusión y solo puede alcanzarse mediante la introspección y la revelación personal.
El personaje de Bumstead, por su parte, funciona como contrapunto humano: limitado por su comprensión, no puede acompañar al héroe hasta el final de su viaje, recordándonos que la percepción ordinaria tiene sus límites frente a la verdad absoluta, tal como sugieren los textos gnósticos sobre la ignorancia del mundo material. Incluso los alienígenas, lejos de ser villanos unidimensionales, representan un experimento sobre el conocimiento y la moral, haciendo que la película explore la ética, la curiosidad científica y la naturaleza del alma desde un ángulo inquietante, reflejando la búsqueda gnóstica de liberación del engaño y de la comprensión profunda de la realidad. Hay mucha tela en esta peli.
Realidad, paranoia y crítica social
Como veis, Dark City no es solo una historia de ciencia ficción; es un espejo oscuro de la sociedad que dialoga directamente con las obsesiones narrativas de Philip K. Dick. La paranoia impregna cada escena: la sensación de ser observado, la realidad que cambia sin aviso y los recuerdos manipulados remiten a esa inquietud dickiana sobre la fragilidad de la identidad y la naturaleza ilusoria del mundo, ideas que vemos destiladas en adaptaciones como Blade Runner y Desafío Total. En todas ellas, la pregunta es la misma: ¿cómo saber si lo que vivimos es real o una construcción impuesta? ¿Soy quien creo que soy?
El cine de ciencia ficción se obsesionó con realidades falsas, paranoia e inseguridad ontológica
A nivel social, la película comparte con Dick una crítica velada pero incisiva a las estructuras de poder que moldean nuestra existencia, desde instituciones invisibles hasta tecnologías capaces de alterar la información y nuestra memoria. Al igual que en sus relatos, Dark City recuerda que la apariencia de normalidad puede ser una arquitectura social cuidadosamente fabricada, y que nuestra percepción de la realidad siempre está mediada por fuerzas externas, interesadas en mantenernos en un estado de sumisión inconsciente.
Las ideas de Dick (entre otros), no solo permearon en esta peli. Si Dark City se hubiera estrenado después de Matrix, habría quedado en la sombra de las acrobacias de Neo y los efectos digitales que definieron el cine de acción de los 90. Sin embargo, llegar antes tampoco logró que el gran público se fijara en ella. Ambas películas comparten premisas similares: un héroe que descubre que la realidad percibida es una ilusión y enfrenta a agentes oscuros que controlan el entorno. Sin embargo, Dark City es más sutil y sofisticada en la construcción de su atmósfera y en la introducción de símbolos y detalles. Pero claro, no sabe kung-fu.
Pero fijaos qué interesante lo que el cien de ciencia ficción quería contarnos (o advertirnos) durante aquellos año: Comparando con El Show de Truman (1998), Dark City también cuestiona la autenticidad de la vida cotidiana, pero lo hace con un tono más oscuro y complejo, sin la ligereza cómica de Truman. En cuanto a eXistenZ (1999) de David Cronenberg, ambos films exploran mundos artificiales y la manipulación de la percepción, pero Cronenberg opta por un enfoque biopunk, con juegos inmersivos y elementos grotescos, mientras que Proyas mantiene un estilo noir más elegante y metafísico. Finalmente, Nivel 13 (1999) comparte la idea de una realidad manipulada, mostrando cómo la ciencia ficción late al ritmo de nuestras inquietudes sociales y psicológicas, desde la memoria hasta la percepción del control.
¿Qué pudo generar a finales de los 90 semejante pelada de paranoia e inseguridad en la realidad? En aquellos años se produjo una confluencia de factores históricos, tecnológicos y culturales que explican por qué el cine de ciencia ficción se obsesionó con realidades falsas, paranoia e inseguridad ontológica. El cambio de milenio y el famoso "efecto 2000" no fueron solo una fecha simbólica, sino un detonante real de ansiedad colectiva: el miedo a que un fallo invisible en los sistemas informáticos pudiera colapsar el mundo dejó en el imaginario la idea de que nuestras vidas dependían de mecanismos ocultos y frágiles, fácilmente manipulables.
La digitalización acelerada e Internet como nuevo espacio social crearon una sensación de vida doble: el mundo físico y lo que proyecta en el virtual
Paralelamente, la digitalización acelerada y la irrupción de Internet como nuevo espacio social crearon por primera vez una sensación de vida doble: lo que uno es en el mundo físico y lo que proyecta en el virtual. Ese desdoblamiento, inédito hasta entonces, alimentó ficciones como El Cortador de Césped o Videodrome, que exploraban identidades difusas y entornos simulados. La herencia de la Guerra Fría también pesaba: aunque el enemigo ideológico había desaparecido, permanecía la desconfianza hacia conspiraciones y poderes invisibles, ahora más abstractos, capaces de controlar información, memoria y percepción.
En ese clima, la publicidad y los medios de comunicación se consolidaron como constructores activos de la realidad, perfeccionando mensajes y estrategias de persuasión que ya no solo vendían productos, sino marcos de pensamiento. La globalización mediática y la saturación publicitaria, unidas al potencial emergente de Internet, hacían creíble que lo que creíamos real fuese en gran medida una puesta en escena, como en El Show de Truman. A todo esto se sumaba la influencia acumulada de la literatura y la filosofía, desde Philip K. Dick y William Gibson hasta las reflexiones de Jean Baudrillard, que ya habían teorizado sobre realidades simuladas.
Adelantada a su tiempo
Cuando Dark City se estrenó, ni el público general ni la crítica habitual supieron asimilar el complejo entramado de ideas que Proyas, Goyer y Lem Dobbs habían construido. La voz en off inicial del doctor Schreber, que desvelaba detalles importantes, no ayudó a crear suspense y confundió a muchos espectadores. Además, el reparto, aunque eficaz, no contaba con nombres capaces de atraer multitudes, y los efectos, aunque visualmente impactantes, eran discretos en comparación con los blockbusters de la época, donde se apostaba por un festín digital mucho más atractivo par los espectadores de los multicines y comedores de palomitas en general.
Como resultado, la película recaudó apenas la mitad de su presupuesto. Mientras tanto, al año siguiente, Matrix llegó con todo: acción espectacular, coreografías, tiempo bala y una campaña de marketing masiva que convirtió en fenómeno cultural la idea de la realidad simulada. Dark City, más sofisticada y filosófica, pagó el precio de haber llegado un año antes, sin los artificios que el gran público parecía exigir.
Concebida como un relato oscuro y perturbador, la película crea la sensación constante de que todo lo que nos rodea podría ser una construcción artificial
Con el tiempo, sin embargo, la consideración crítica de Dark City ha cambiado. La película ha sido reconocida como un clásico menor de la ciencia ficción junto a otros grandes clásicos como la imprescindible Brazil Terry Gilliam, una obra de culto que combina cine noir, filosofía y ciencia ficción de manera inteligente y visualmente deslumbrante. Su legado ha influido en numerosas producciones posteriores y sigue siendo un referente para quienes buscan que la ciencia ficción explore algo más que combates contra alienñigenas y explosiones: un viaje intelectual y emocional a través de la identidad y la realidad.
Dark City es una de esas raras joyas del cine de ciencia ficción que, pese a su tibia recepción comercial en su momento, ha ido ganando peso y prestigio con el paso de los años gracias a su capacidad para conjugar atmósfera, estilo visual e ideas interesantes (e importantes). Concebida como un relato oscuro y perturbador, la película convierte a la propia ciudad en un personaje más, un espacio mutable que encarna la paranoia y la sensación constante de que todo lo que nos rodea podría ser una construcción artificial diseñada para controlar nuestras percepciones. Yo no estoy muy convencido de que no sea así…
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