Cuando se habla de los pilares de la literatura fantástica y de ciencia ficción del siglo XX, dos nombres emergen casi inevitablemente en cualquier lista mental: J.R.R. Tolkien y Frank Herbert. El Señor de los Anillos y Dune no solo marcaron un antes y un después en sus respectivos géneros, sino que también se han convertido en piezas fundamentales de la cultura pop occidental. Sin embargo, la relación de Tolkien con la obra de Herbert fue, cuanto menos, polémica. Según sus propia palabras, el creador de la Tierra Media llegó a afirmar que "Dune me desagrada con determinada intensidad", dejando claro que, aunque reconociera el valor literario de la obra, no podía compartir la admiración general que recibía de críticos y lectores por las andanzas prescientes de Paul Areides. ¿Por qué Tolkien detestaba Dune?
Para Tolkien, la épica de Dune carecía del equilibrio moral y espiritual que él buscaba en sus propias narrativas
No existen registros directos de lo que Frank Herbert pensaba sobre Tolkien, pero las opiniones de Tolkien sobre la ciencia ficción de su época son bien conocidas. El profesor de Oxford, más inclinado hacia la literatura fantástica tradicional, solía mostrarse crítico con las construcciones de mundos excesivamente tecnológicas o políticas, especialmente aquellas que ponían la acción humana en manos de sistemas de poder impersonales o mesías carismáticos. Porque Aragorn debe ser otra cosa, imagino… El caso es que en cartas privadas, Tolkien manifestaba su desdén por el exceso de especulación política y científica que caracterizaba a algunas obras de ciencia ficción modernas, y Dune parecía encarnar lo que él consideraba problemático: un mundo dominado por profecías, mesías y poderes concentrados en pocas manos, donde la humanidad está constantemente al borde del desastre por decisiones individuales o colectivas. Que no es como que todo el destino de la Tierra Media depende de que alguien arroje o no un anillo al fondo de un volcán.
En este sentido, aunque Tolkien admitiera que Dune era "una de las mejores historias de la ciencia ficción", como destacó Arthur C. Clarke (escritor de 202: Una Odisea en el Espacio), su gusto personal no coincidía con la fascinación generalizada. Para Tolkien, la épica de Dune carecía del equilibrio moral y espiritual que él buscaba en sus propias narrativas: "…el trabajo más impropio de cualquier hombre, incluso de los santos, es mandar a otros hombres," escribió a su hijo Christopher en relación a la carta 64, en la que su padre aborda el tema. Esta frase refleja su visión de que la autoridad concentrada inevitablemente corrompe, un tema que Herbert aborda de manera central en Dune. Porque no sé si os habéis dado cuenta, pero al final de Dune, Paul Atreides es el malo de la historia.
El peso de los héroes: análogos y divergentes
A pesar del rechazo personal de Tolkien, estudios como los de N. Trevor Brierly han señalado que Dune y El Señor de los Anillos comparten numerosas similitudes que enriquecen la comprensión de ambos universos. Ambos relatos giran en torno a la lucha entre el bien y el mal, presentando héroes jóvenes que deben abandonar un hogar idílico para enfrentarse a entornos hostiles. Frodo deja la apacible Comarca para recorrer desiertos, montañas y pantanos hasta llegar a Mordor, mientras que Paul Atreides abandona la fértil Caladan para sobrevivir en el árido Arrakis, casi destruido por sus enemigos y traicionado por un Emperador temeroso de su potencial. Como señala Brierly, "Los territorios salvajes resultan ser lugares muy buenos para esconderse", una idea que refleja cómo los ambientes extremos transforman y fortalecen a los protagonistas.
Ambas obras nos muestran que los relatos de fantasía y ciencia ficción no son solo escapismo sin sentido, sino herramientas para explorar dilemas éticos, sociales y políticos
En ambos casos, la travesía por territorios hostiles es simbólica: el viaje por la Tierra Media y la convivencia con los fremen en Arrakis representan no solo la pérdida de inocencia, sino también un espacio donde los personajes desarrollan habilidades y valores esenciales. Frodo y Sam adquieren autoconfianza y comprensión del valor de la misericordia, mientras que Paul y Lady Jessica perfeccionan sus habilidades y liderazgo, enfrentando el peso de la profecía y el futuro del universo. Tanto Frodo como Paul cargan con responsabilidades que condicionan su existencia. Frodo lleva el Anillo, que no solo pesa físicamente sino que ejerce una presión espiritual constante: "¡No…! Con ese poder también tendría un poder demasiado grande y terrible. Y sobre mí el Anillo ganaría un poder aún mayor y más mortal… ¡No me tientes!", dice Gandalf en La Comunidad de Anillo. Paul, por su parte, soporta el "terrible propósito" de su mesianismo y el futuro sangriento de la Jihad que desatarán los Fremen, un conflicto que incluso con su presciencia no puede controlar completamente: Paul teme hacerse con el poder porque sabe que los ansía y que lo usará para justificar su venganza personal como un sangrienta cambio de régimen que le convertirá a él mismo en un cruel emperador.
La diferencia clave radica en el tipo de fracaso que enfrentan: Frodo falla en su misión, y la destrucción del Anillo depende del azar y la acciones de otros; Paul, en cambio, triunfa militarmente y restaura a los Atreides, pero su victoria tiene consecuencias catastróficas, convirtiéndose en responsable indirecto de la muerte de miles de millones. Este contraste refleja la filosofía subyacente de cada autor: Tolkien enfatiza la providencia y la bondad que se manifiesta incluso en la pequeña acción humana, mientras que Herbert alerta sobre los peligros del poder y los líderes carismáticos, mostrando que incluso el héroe puede ser atrapado en un sistema corrupto y destructivo.
Otro elemento compartido es el concepto de adicción y poder. En Dune, la especia o melange es vital, deseada por todos, y altamente adictiva: prolonga la vida, potencia habilidades y otorga influencia política. En El Señor de los Anillos, el Anillo posee un efecto similar: otorga poder y longevidad, pero corrompe y somete la voluntad de quien lo porta. Gandalf describe a Gollum como "atado por el deseo de él", mientras que Frodo experimenta un deseo creciente de conservarlo a medida que avanza hacia Mordor. Tanto el Anillo como la especia funcionan como motores de la acción narrativa, impulsando a los personajes y a las tramas hacia conflictos inevitables por aquellos que los usan.
Tolkien y Herbert reflejan en sus mundos una ética ambiental clara. Los dominios de los villanos, como Mordor o Giedi Prime, son inhóspitos, explotados y visualmente repugnantes, mientras que los territorios de los héroes, como la Comarca, Lothlórien o Caladan, son fértiles, bellos y sostenibles. Gandalf observa la devastación en Isengard con horror: Mientras antes había sido verde y hermoso, ahora estaba lleno de fosas y forjas. De manera paralela, Herbert describe Giedi Prime como un mundo industrial y agotado, reflejando cómo los valores morales se manifiestan también en la relación con el entorno y la ecología, la sobreexplotación de los recursos y la conservación del medio ambiente.
Mesianismo, fatalismo y moralidad
Donde Tolkien y Herbert difieren radicalmente es en la concepción del heroísmo y la historia. Tolkien confía en la providencia y en la integridad moral: incluso los actos pequeños, la misericordia y la perseverancia pueden cambiar el curso de los acontecimientos. El Anillo Único, aunque poderoso, no puede ser destruido por la fuerza humana sola; requiere la acción coordinada del azar y la ética de los personajes. Por el contrario, Herbert propone un mundo donde los sistemas de poder y la presciencia limitan la libertad. Paul, aunque heroico, no puede evitar la violencia y la corrupción inherente a la estructura política y religiosa que lo rodea.
Esta diferencia explica en buena medida la animadversión de Tolkien hacia Dune: mientras que él valoraba la narrativa que subrayaba la virtud, el sacrificio y la misericordia, Herbert exploraba el peligro del poder absoluto y la ambigüedad moral de los sistemas humanos. Para Tolkien, un mundo centrado en la política y el mesianismo, por brillante que fuera, carecía del mensaje moral y espiritual que él buscaba en la literatura fantástica. Las dos son obras con una clara tendencia moralizante, pero una es mucho más cínica que la otra.
A pesar de las diferencias y de los juicios personales de Tolkien, muy condicionados por sus propias creencias religiosas, tanto El Señor de los Anillos como Dune son lecturas esenciales para cualquier amante de la literatura de género. La riqueza de sus universos, la complejidad de sus personajes y la profundidad de sus temáticas las convierten en textos que trascienden su época. Ambas obras nos muestran que los relatos de fantasía y ciencia ficción no son solo escapismo sin sentido, sino herramientas para explorar dilemas éticos, sociales y políticos. Como señala Brierly, "Ambas novelas tratan sobre la transformación y el despertar de la autoconciencia, sobre dominar el cambio inevitable y sobre enfrentarse al poder corruptor." No dejan de ser dos versiones del famoso Viaje del Héroe de Joseph Campbell y del que también beben, por ejemplo, Star Wars o Harry Potter.
En un momento histórico marcado por la polarización, la crisis ambiental y las tensiones políticas, estas historias ofrecen reflexiones necesarias sobre la resiliencia, la responsabilidad personal y la interacción con el entorno, y sea físico o ideológico. Tanto Frodo como Paul nos recuerdan que el liderazgo y la valentía no son absolutos; siempre están condicionados por las circunstancias, las limitaciones humanas y la moralidad.
Aunque Tolkien odiara Dune, la comparación entre sus obras y las de Herbert permite comprender mejor la singularidad de cada una. El Señor de los Anillos enfatiza la providencia, la virtud y la moralidad innata, mientras que Dune alerta sobre los peligros del poder, el mesianismo y la corrupción sistémica. Sin embargo, ambos relatos coinciden en su monumental construcción de mundos, su tratamiento del viaje del héroe, la transformación a través de la adversidad y la relación ética con el entorno. Leer a Tolkien y Herbert es adentrarse en universos que, aunque distintos en tono y enfoque, comparten la capacidad de enseñarnos sobre la condición humana, la resiliencia y la necesidad de actuar con ética incluso en contextos adversos. Son, sin duda, piezas esenciales de nuestra cultura, universos que permiten a lectores de cualquier edad explorar, reflexionar y aprender: ambas obras continúan inspirando y ofreciendo herramientas para afrontar tiempos oscuros con imaginación, moralidad y esperanza.
En 3DJuegos | Cuando la magia y la ciencia gobiernan la galaxia desde las sombras, te explicamos qué son las Bene Gesserit de Dune
En 3DJuegos | Los creadores de una de las mejores series de ciencia ficción creen que la humanidad repetirá su historia en el futuro
En 3DJuegos | Parece salido de una peli de Indiana Jones, pero es real. Los alemanes buscaron civilizaciones perdidas por medio mundo
Ver 0 comentarios