La gran mentira de Animal Crossing y el simulador de vida que nos vendieron

La gran mentira de Animal Crossing y el simulador de vida que nos vendieron

El juego de Nintendo nos promete un mundo que sigue sin nosotros, pero bajo la calma se esconde un decorado inmóvil y una rutina sin riesgo. ¿Simulador de vida?

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Alfonso Gómez

Colaborador

Recuerdo el primer encuentro con Animal Crossing como quien descubre, por accidente, una habitación secreta en su propia casa. Era tarde, la Nintendo DS lanzaba reflejos titilantes sobre las paredes, y el juego —ese pequeño edén pixelado— me invitaba a entrar en un mundo que, decían, continuaba girando aunque yo estuviera ausente. Era el año en que la idea de "simulador de vida" se colaba por primera vez en el lenguaje común del videojuego, cuando todavía no habíamos aprendido a sospechar de los nombres ni de las promesas.

La propuesta era sencilla y, al mismo tiempo, revolucionaria: habitar un pueblo que no depende de nuestros horarios, un escenario que no nos espera, donde los días y las noches transcurren obedeciendo al calendario del mundo real. La consola convertida en oráculo doméstico, guardiana de secretos y rutinas. Al cerrar la tapa, el tiempo seguiría corriendo; los árboles crecerían, las tiendas renovarían sus mercancías, los vecinos celebrarían cumpleaños o llorarían mudanzas. El juego ofrecía —o fingía ofrecer— la vida misma: persistencia, autonomía, imprevisibilidad. La vida, esa suma de ausencias.

Y, sin embargo, la semilla de la duda brotó temprano. ¿Qué significa, en realidad, que un juego siga "vivo" sin nosotros? ¿Dónde reside esa supuesta autonomía? ¿De verdad Animal Crossing simula vida, o solo representa, con la pulcritud de un decorado teatral, una ficción amable de lo cotidiano? Cuando cierro los ojos y vuelvo a aquel primer pueblo, lo que encuentro no es la naturaleza, sino una especie de retablo inmóvil, esperando pacientemente mi regreso para que la función pueda empezar de nuevo.

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El teatro de lo cotidiano

Hay algo profundamente teatral en Animal Crossing, una escenografía cuidadosamente montada para que el espectador-jugador se sienta tanto autor como actor. Cada jornada, cada tarea, cada diálogo trivial con un vecino es una pequeña representación de la normalidad. Los ritmos del juego —tan parecidos a los de una aldea olvidada por el progreso— ocultan una coreografía rígida, inmune al desorden y la sorpresa.

En Animal Crossing el tiempo no es una corriente viva, sino una cinta transportadora

Las mecánicas clave —recoger fruta, plantar flores, pescar, enviar cartas— conforman un repertorio que se repite, con leves variaciones, a lo largo de días y semanas. La promesa del tiempo real es, en realidad, una máscara. Lo que se persiste no es tanto el mundo, como la oportunidad inagotable de volver a lo mismo. Los árboles crecen, sí, pero lo hacen a ritmo de metrónomo. Las tiendas renuevan sus objetos, pero los ciclos son previsibles e inofensivos. Los vecinos cambian, pero sus personalidades oscilan entre la extravagancia blanda y la amabilidad preprogramada. Todo sucede, pero nada irrumpe.

En Animal Crossing el tiempo no es una corriente viva, sino una cinta transportadora. Recuerdo haberme ausentado durante semanas, casi meses, solo para regresar y encontrar el pueblo cubierto de maleza y cartas de vecinos que, con tono melodramático, anunciaban su partida. Parecía una tragedia, pero era solo maquillaje: una representación más. Todo preparado para que, con un par de sesiones de jardinería virtual, la armonía regresara sin coste ni trauma real. Es aquí donde el juego me recuerda a esa ópera donde cada función es distinta, pero todas son, esencialmente, la misma. Un ciclo amable, repetido hasta la saciedad, donde el mayor peligro es olvidar regar las flores o no saludar al topo Rese T. Ado. Calderón de la Barca escribió que la vida es sueño, pero en Animal Crossing la vida es un bucle dulce, un frenesí de costumbres inocuas. La novedad es ritual, la excepción es calendario.

Stardew Stardew Valley

Simulación vs. suspensión

La publicidad de Animal Crossing insiste: aquí la vida ocurre sin ti. Pero esa vida está sujeta a una lógica extraña, donde el cambio es siempre superficial y la tragedia está prohibida. No hay envejecimiento. No existe la enfermedad, ni la muerte (más allá de la fugaz desaparición de algún vecino). El tiempo no transforma, solo reordena piezas en un tablero estático. Todo está diseñado para que nada se descontrole, para que ningún jugador sienta el filo de la pérdida auténtica.

 La ilusión de autonomía es, en última instancia, una suspensión cuidadosamente construida

Aquí el jugador ocupa un lugar ambiguo: demiurgo benévolo, con poder absoluto sobre la decoración, la economía y la convivencia, pero sin riesgo real, sin la posibilidad de fracasar de verdad. Es una vida sin dientes. La ilusión de autonomía es, en última instancia, una suspensión cuidadosamente construida. El mundo de Animal Crossing no evoluciona; solo espera, adormecido, nuestro siguiente movimiento.

Pienso en otros simuladores, incluso en parientes próximos como Los Sims o Stardew Valley. Allí el tiempo puede ser una condena: los personajes envejecen, la cosecha puede perderse, el fracaso tiene peso. La vida está atravesada por la posibilidad de la pérdida, del error, de la renuncia. En Animal Crossing, sin embargo, todo está dispuesto para que el único riesgo sea perderse un evento estacional o acumular demasiada deuda con Tom Nook. La naturaleza se reduce a oropel, la imprevisibilidad se limita a pequeños sobresaltos que, como los sustos de una casa encantada, están ahí solo para reforzar la seguridad del decorado. Esta diferencia es clave: Animal Crossing no simula la vida, sino su suspensión. Nos da la posibilidad de habitar un refugio donde el tiempo no hiere, donde las estaciones no traen decadencia, sino oportunidades renovadas para cosechar lo mismo de siempre.

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Si en la vida real el trabajo es un mal necesario, en Animal Crossing se convierte en un fin en sí mismo. Todo el diseño está enfocado en la repetición amable: recolectar, vender, acumular, embellecer. Es el capitalismo blando del coleccionismo sin angustia, del esfuerzo sin fatiga. El ritual de sacudir árboles, pescar en el estanque, excavar fósiles, visitar a los vecinos, enviar cartas, decorar la casa… Una cadena de microtareas cuya recompensa es, en última instancia, la promesa de un mañana idéntico.

Aquí la economía del juego funciona como una versión inocua de la rutina laboral: trabajar para pagar deudas, para conseguir muebles, para ampliar la casa, para ordenar la vida bajo el signo de la acumulación. Tom Nook, ese Tanoki aparentemente inofensivo, se convierte en la figura tutelar de una economía circular: cada día es una invitación a volver, a reengancharse al ciclo, a encontrar satisfacción en el simple acto de repetir.

¿Y por qué nos atrae esa rutina artificial? Quizá porque, en un mundo cada vez más imprevisible, la monotonía se convierte en refugio

¿Y por qué nos atrae esa rutina artificial? Quizá porque, en un mundo cada vez más imprevisible, la monotonía se convierte en refugio. Animal Crossing ofrece la fantasía de una vida donde cada gesto tiene recompensa, donde cada esfuerzo es reconocido, donde el error es imposible y la redención, automática. Es el simulador de la autoexplotación placentera, un espacio donde la acumulación y el progreso están libres de ansiedad, donde la promesa de una vida mejor está siempre al alcance de la próxima cosecha de manzanas. Aquí encuentro ecos del capitalismo emocional de nuestra época: el imperativo de la felicidad medida en logros minúsculos, la necesidad de ocupar el tiempo con tareas que tranquilizan más que transforman. Animal Crossing es un simulador de la vida, sí, pero solo en la medida en que nuestra vida se parece a una lista interminable de pequeños objetivos que nunca cambian lo esencial.

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El vacío amable

He pensado mucho en la verdadera sustancia de Animal Crossing y me encuentro, una y otra vez, con la palabra "vacío". Pero es un vacío amable, cuidadosamente decorado para que no duela. El pueblo está lleno de vecinos, de eventos, de cartas y de pequeños dramas, pero todo es, en el fondo, una coreografía de la espera. Esperar la fruta, el día de pesca, el nuevo mueble, el giro de la ruleta de la fortuna. La comunidad que el juego promete —esa red de lazos y gestos, de conversaciones y regalos— es, en realidad, un simulacro. Los vecinos van y vienen, sus historias se reinician con cada mudanza, su cariño es una variable que se resetea con facilidad. Hay calor, sí, pero un calor que no quema. Como en esas reuniones familiares donde todo es cortesía y ningún conflicto llega a estallar, Animal Crossing ofrece la nostalgia de la convivencia sin fricción, la comunidad sin coste.

El juego se convierte en una metáfora de la soledad moderna: un lugar donde podemos sentirnos parte de algo sin arriesgar nada

En cierto modo, el juego se convierte en una metáfora de la soledad moderna: un lugar donde podemos sentirnos parte de algo sin arriesgar nada, donde la pertenencia es cuestión de rutina, no de compromiso. La nostalgia que impregna cada rincón —los muebles vintage, la música de melodías ingenuas, los festivales anacrónicos— es el síntoma de una época que busca consuelo en el recuerdo de un mundo que nunca existió. ¿Y qué aprendemos de nosotros mismos al disfrutar de este bucle? Quizá que deseamos, más que nada, una vida sin sobresaltos; una vida donde el tiempo solo sirve para contarnos cuentos que no acaban nunca. Animal Crossing nos ofrece la posibilidad de fingirnos parte de una comunidad ideal, de una naturaleza domesticada, de una rutina que tranquiliza porque nunca exige nada irreparable.

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El simulador de hábito

Animal Crossing no es la naturaleza: es la nostalgia embotellada, la simulación de un ritual inofensivo. Lo que se vende como vida es, en realidad, una coreografía de costumbres, un teatro de la repetición. Y, sin embargo, lo amamos. Nos entregamos a la mentira porque —acaso— la mentira nos reconforta más que la verdad. Nos ofrece un lugar donde la espera es dulce, donde el trabajo no agota, donde la pérdida es imposible.

El verdadero mundo persistente, pienso ahora, no es el de Animal Crossing, sino el que dejamos atrás cada vez que encendemos la consola

El verdadero mundo persistente, pienso ahora, no es el de Animal Crossing, sino el que dejamos atrás cada vez que encendemos la consola. Ese mundo que sigue sin nosotros, que se transforma sin permiso, que no espera nuestro regreso. Animal Crossing, con su amable simulacro, nos permite descansar de esa realidad; nos da una tregua en forma de isla, una pausa donde la vida no duele. Quizá por eso volvemos, una y otra vez, a recoger frutas, a saludar a vecinos programados, a decorar casas virtuales. Porque ahí, en ese teatro de la calma, podemos fingir —solo por un rato— que la vida no es más que una sucesión de días plácidos, donde la persistencia es una caricia y el tiempo, un poema sin final.

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