Lo primero es lo primero: Esta película es para adultos. No te dejes engañar, ningún peque sobrevive a una experiencia de visionado de Despelote sin secuelas psicológicas. La verdad es que nunca hubiera esperado ver una película así de Genndy Tartakovsky. Hasta ahora, todo lo que había visto de él era sinónimo de elegancia narrativa, aventuras y fantasía: Samurai Jack, Primal, Star Wars: Clone Wars, El Laboratorio de Dexter o la saga de Hotel Transylvania demostraban que Tartakovsky domina los tiempos, el drama y la estética de la animación con una precisión que raya en lo magistral. Pero ahora, con Despelote (Fixed), aquí estamos, hablando de la vida sexual de los perros más sarnosos que puedas imaginar y su extraña afición a comer zurullos de gato.
Despelote es un salto cuántico hacia lo escatológico, la irreverencia y la comedia para adultos más salvaje
El choque entre la trayectoria de Tartakovsky y el tono de Despelote es absoluto. No es un desvío menor: es un salto cuántico hacia lo escatológico, la irreverencia y la comedia para adultos más salvaje. "Para mí no era algo chocante, pero al principio la gente se sorprende", confesó el propio Tartakovsky en una entrevista con Inverse. El creador reconoce que el humor de la película es extremo y que no todo su público habitual lo encontrará cómodo, pero añade que mantener su estilo de animación 2D tradicional y su sensibilidad visual era esencial.
De qué va Despelote
La premisa de Despelote es tan absurda como hilarante. Toro (Bull), un Staffordshire Bull Terrier interpretado por Adam Devine, descubre que va a ser castrado. Su reacción es sencilla: huir y disfrutar de su última noche libre con un grupo de amigos caninos. Lo que sigue es un auténtico despelote de situaciones grotescas, diálogos cargados de doble sentido y situaciones de sincero mal gusto. Tartakovsky toma la estructura clásica de la comedia de aventuras y la mezcla con un sentido del humor para adultos, pero desde el punto de vista canino más salvaje que puedas imaginar, todo como excusa de una ácida crítica social. ¿O pensabas que Tartakovsky iba a hacer esto solo porque sí?
El argumento, simple pero efectivo, sirve como pretexto para que la película explore todo tipo de desastres perrunos: peleas callejeras, escapadas imposibles y, por supuesto, abundante escatología. Como Tartakovsky explica a Inverse, "si voy a hacer comedia, tengo que empujarla al máximo, no se puede reconocer como algo tibio". Y vaya si lo consigue: cada escena es un festival de exageración física y humor adulto que deja la nostalgia Disney hecha un trapo húmedo y sucio.
Un viaje de quince años hasta Netflix
Lo sorprendente no es solo el contenido de Despelote, sino también la odisea que ha sido su producción. Tartakovsky comenzó a concebir la película en 2009 bajo el título original Buds, basada en las personalidades de su grupo de amigos. La idea fue evolucionando hasta transformarse en la versión canina que conocemos hoy. Inicialmente estuvo vinculada a Sony Pictures Animation, donde Tartakovsky había trabajado en las películas de Hotel Transylvania, pero el proyecto fue pasando de mano en mano. Warner Bros. estuvo a punto de cancelarla por motivos fiscales, en plena oleada de cancelaciones de películas como Batgirl o Coyote vs Acme, y Netflix rechazó la compra en un primer momento.
La película mantiene la sensibilidad estética y narrativa de Tartakovsky
Según contó Tartakovsky en Filmmaker Toolkit Podcast, hubo momentos en que llegó a pensar que después de 15 años de trabajo la película nunca vería la luz. "Te preguntas si has hecho una película que no se puede ver… empieza a carcomerte la confianza", relató. Afortunadamente, la persistencia de Tartakovsky y la fe de ejecutivos como John Derderian, jefe de animación para adultos de Netflix, consiguieron que Despelote tuviera finalmente un hogar en la plataforma, dejando que el público descubriera esta mezcla explosiva de comedia, escatología y homenaje irreverente a los clásicos caninos.
Cómo Despelote destruye los clásicos perrunos
Si alguna vez viste 101 Dálmatas, La Dama y el Vagabundo o Todos los perros van al cielo, prepárate: Despelote les da la vuelta como una tortilla. La película empapa estas referencias en mal gusto, fluidos corporales y situaciones que Disney jamás hubiera permitido. Tartakovsky no busca sutilezas: los perros perrean con quien les da la gana, comen cosas repugnantes y protagonizan escenas que convierten el glamour de los estudios clásicos en un humor grotesco y directo. En realidad, ¿qué hay de elegante en un pipicán?
Despelote no es un paseo tranquilo: incomoda, sorprende y, en ocasiones, asquea
Lo curioso es que, pese a todo, no pierdes el placer de ver animación de calidad. La película mantiene la sensibilidad estética y narrativa de Tartakovsky, con una animación 2D que conserva la pureza y el toque humano de cada trazo. "Me encanta la animación dibujada a mano. Haría todo en 2D si pudiera", afirmó el autor en Inverse. Esa decisión estilística permite que la película sea un extraño híbrido: un espectáculo grotesco y, al mismo tiempo, visualmente delicioso, donde la exageración física y el humor más soez se equilibran con una narrativa clara y bien diseñada. Esto hace que Despelote funcione, más allá de la sorpresa y la irreverencia.
Tartakovsky demuestra en esta película su defensa del 2D, usando la caricatura para suavizar lo escatológico y ofrecer un placer visual que la animación digital no lograría igual; además, exhibe su versatilidad al dominar la comedia adulta con diálogos cargados de reflexión, situaciones absurdas y un timing impecable, mostrando que la animación para adultos tiene un espacio propio capaz de combinar crudeza y calidad artística de manera sorprendente.
La comedia que incomoda y hace reír
Ver Despelote no es un paseo tranquilo: incomoda, sorprende y, en ocasiones, asquea. Pero también hace reír, mucho. Esa es la magia del proyecto: Tartakovsky toma elementos que normalmente provocarían rechazo y los transforma en humor físico, absurdos situacionales y personajes entrañables a su manera. Como él mismo comenta, su intención es hacer que la gente se ría, y lo logra sin concesiones: los perros se meten en problemas, se humillan, se enfrentan a la vida nocturna de la ciudad y, al final, nos dejan una sensación extraña entre la incomodidad y la reflexión. Y es que al final, todos hemos tenido alguna vez malos pensamientos, la diferencia con los perros protagonistas de la película es que ellos no tienen tantos tapujos para ponerlos en práctica… "El corazón quiere lo que el corazón quiere", que dice el refrán. Lo malo es que en ocasiones hay quien quiere comer zurullo de gato. Pero es solo una analogía, tranquilos, no una invitación a practicar la coprofagia.
Tartakovsky ha conseguido un equilibrio difícil: empapar de escatología y mal gusto a los clásicos perrunos y contarnos una historia sobre la búsqueda de la felicidad
Cuando termines de ver Despelote, probablemente habrás pillado pulgas imaginarias, te habrás tragado alguna arcada con algunas escenas repugnantes y, sin embargo, no podrás negar que te has reído. Tartakovsky ha conseguido un equilibrio difícil: empapar de escatología y mal gusto a los clásicos perrunos y contarnos una historia sobre la búsqueda de la felicidad. Es un recordatorio de que, a veces, romper las reglas con talento y conocimiento del medio genera resultados extraordinarios. Despelote no es para todos los públicos, ni pretende serlo. Es un viaje salvaje, irreverente y desvergonzado por la vida de los perros más escatológicos de la pantalla, pero también una muestra del genio creativo de Tartakovsky, capaz de destrozar los cánones de Disney y aún así dejarte con un buen sabor de boca.
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