Tendemos a creer erróneamente que la última frontera del videojuego está en los gráficos, en vivir experiencias cada vez más fotorrealistas capaces de obligarte a mirar dos veces para discernir si lo que tienes ante ti es o no una imagen virtual. Si el nuevo Judas de Ken Levine es uno de mis títulos más esperados es precisamente porque apunta en otra dirección, la que empuja a la industria a apostar cada vez más por la libertad de acción sin límites.
Basta con echar un ojo al ruido generado por otras propuestas como Crimson Desert para entender que, con esa libertad por bandera, en ese caso de sobredosis de acciones y mecánicas permitidas, el mundo del videojuego crece en otra dirección. Si Judas puede convertirse en abanderado de esa libertad es porque, desde sus cimientos, lo que plantea es enfrentarnos a ella de la forma más cruda posible. Quiere convertir el experimento de Stanford en una experiencia esperando a ser vivida en primera persona.
La evolución que propone Judas
Cuando Ghost Story Games presentó el proyecto en 2022, lo único que le pedíamos en ese momento era ser el Bioshock más ambicioso de Ken Levine hasta la fecha. Un juego que tirase del mismo ADN de mecánicas y disparos, pero en un entorno mucho más potente a nivel visual y técnico que, con suerte, incluyese todos aquellos sistemas interconectados que prometía Bioshock Infinite antes de terminar entregando una experiencia mucho menos ambiciosa.
Lo que ha demostrado Judas es que, puestos a intentar sacar pecho con otro melocotonazo a la altura de nuestro primer viaje a Rapture, el salto no iba a ser gráfico, sino narrativo. Un simulador de crear historias en el que, a través de la confianza, el cariño, la empatía y la traición a la que hace referencia su nombre, seamos capaces de comprobar hasta qué consecuencias llegan cada una de nuestras decisiones.
La premisa nos sitúa a nosotros, a Judas, a bordo de una nave enviada a preservar los últimos restos de la humanidad. Pese a lo delicado de su misión, en su interior ha estallado una guerra civil en la que nos cruzaremos con tres bandos opuestos. Tres facciones con sus propios líderes que están empujando a la humanidad a, dependiendo de hacia dónde caigan tus ideales, preservar la humanidad en su forma orgánica original, abogar por el transhumanismo para evolucionar hacia los cyborgs y robots, o rendirse al nihilismo para dejar que la civilización sea borrada de la existencia.
Valiéndonos de la empatía, deberemos lidiar con esas tres facciones para sobrevivir, creando lazos y enemistándonos con ellos en un entramado de hilos narrativos en los que cualquier acción puede llevarnos a romper esa amistad y hacer que perdamos el apoyo de uno de esos líderes. Dice Ken Levine que, llegado ese momento, el objetivo es que se sienta como perder a un amigo íntimo.
Navegando entre forjar alianzas y traicionar su confianza para sobrevivir, Judas está lejos de querer ser otro Bioshock apostando por la acción con un enigmático telón de fondo. En su búsqueda de libertad jugable, lo que promete es lanzarnos a una simulación de crispación social en el que el abandono de la ética detrás de cada decisión, el tomar partido como si fuesen elecciones que tomarías en la vida real, es su salto hacia adelante. Es imposible no acordarse un poquito del experimento de Stanford y cómo, desde la premisa de un Lego narrativo, pretende acercarse a esa pérdida de esperanza colectiva.
Judas y el experimento de Stanford
Atrapados por una sociedad en la que la moralina se entiende como aleccionamiento, y en la que el éxito económico se convierte en un objetivo primordial incluso si por el camino tienes que pisar al resto, nuestra perspectiva sobre cómo funciona el mundo está completamente corrompida. En 1971, cuando Philip Zimbardo convirtió el sótano de la Universidad de Stanford en una cárcel de fantasía, demostró hasta qué punto es nuestro entorno el que convierte a héroes en villanos.
La idea partía de separar a estudiantes en dos grupos, por un lado los que simularían ser presos y, por el otro, los que harían lo propio bajo la figura del guardia. Aunque la intención era alargar el experimento durante 15 días, hubo que frenarlo antes incluso de llegar al final de la primera semana. La sumisión de los primeros y la agresividad de los segundos, pese a venir de amistades cercanas días atrás, dejó patas arriba a la psicología moderna.
Incluso las acciones más reprobables se justificaban en el rol que el experimento había demandado de ellos, pese a que en realidad no había regla alguna sobre hasta qué punto debían llegar al límite o estar dispuestos a cruzar líneas rojas. El entorno, la situación y el desafío de mantenerlo, habían pisoteado cualquier brújula moral que pudiesen traer de casa y, sin verse empujados a ello, en apenas unos días habían dado forma a un estado totalitario y tirano en el sótano de una universidad.
Que Judas se plantee la idea de colocarnos en ese escenario, aunque sea en un entorno virtual, me parece una absoluta genialidad. Llevamos desde que los videojuegos existen soñando con esas fantasías de poder sin consecuencias. Disparando aquí y allá bajo la excusa de que el juego nos empuja a hacerlo, e incluso cuando quieren jugar con la moral de esa situación -te miro a ti, The Last of Us 2-, la lección se siente forzada y pierde cualquier atisbo de sorpresa.
Si copiando el experimento de Stanford se consigue encerrarnos en ese marco opresivo capaz de hacer que nos cuestionemos nuestras decisiones, si Judas realmente consigue asomarnos a ese abismo convirtiéndose con ello en un espejo de nuestra realidad más cruda, sin duda puede convertirse en una de las experiencias más intensas de este año. Si tras apretar el gatillo en un momento clave de su historia por mi cabeza pasa un "qué he hecho", podremos decir que Ken Levine lo ha conseguido. Ojalá lo haga.
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