SOMA, el clásico de Frictional Games, arranca con un pacto pequeño y cotidiano: Simon acepta un escaneo cerebral experimental para tratar su daño, pero nunca llegó a imaginar que ese "copia y pega" le perseguirá durante décadas. Así, en apenas unos minutos, el juego deja patente que el escaneo guarda una copia funcional de tu mente: no te "mueve" a otro sitio, sino que te duplica y ya veremos quién sufre.
Cuando despiertas en PATHOS-II, la gracia de SOMA es que tu yo original quedó atrás, el personaje que manejas es un archivo ejecutándose en un cuerpo prestado. Catherine Chun, uno de los personajes principales del juego, es la prueba viviente de esta idea: tampoco es "ella", sino una versión digital guardada en hardware que habla contigo como si todo lo que sucede fuera normal.
En el universo de SOMA, la ARK es una promesa de salvación, una cápsula con un mundo simulado en el que viven escaneos de personas que recuerda a San Junipero, el episodio más popular de Black Mirror. Es un servidor digital, pero uno con un cielo falso y un sol en bucle. Por desgracia, el propio final de SOMA te remata con elegancia cruel: tu copia despierta, pero tú sigues sumido en la oscuridad y descubres que el escaneo no es un viaje, es una lotería.
¿El argumento de SOMA puede hacerse realidad?
El giro de guion de SOMA no es sorprendente por existir, ya que otras obras habían ahondado en ese concepto antes, sino que lo es porque permite al jugador vivir ese salto de perspectiva. A nivel narrativo no hay transferencia, ya que existen dos versiones de Simon con el mismo pasado, pero ser consciente del cambio genera una pregunta que podemos trasladar a la realidad: "¿Estamos creando a otra persona?".
Aquí, a raíz de la evolución de los chips neuronales y otros sistemas similares, nace la idea de los derechos neuronales, una serie de reglas que buscan proteger identidad, libertad y privacidad mental cuando el dato ya no es tu historial, sino tu "yo". La UNESCO, por ejemplo, está empujando estándares éticos para neurotecnología y datos neuronales, razón por la que SOMA funciona como un cuento de terror que detalla por qué son necesarios.
Si el "yo" es información, también es seguridad: una copia hackeada no te roba la cuenta, te roba la personalidad con consecuencias más graves que el phishing. Al mismo tiempo, el juego también enseña lo fácil que es autoengañarse, dado que tu mente siente continuidad al mismo tiempo que la física revela que eres una "copia". Aquí, el golpe emocional de SOMA hace más daño que nunca.
En la vida real, el paso previo a vivir lo que sucede en el juego sería leer el cerebro con resolución absurda. Hoy, lo cierto es que solo rozamos la superficie, pero esta misma intención provoca la existencia de un debate legal y social con múltiples aristas. Así, guardarlo todo implicaría hablar de una capacidad de almacenamiento brutal, dado que hablamos de cada matiz de recuerdos, hábitos y emociones, un "guardado" que no podemos incluir en el típico SSD que tienes en un cajón.
El negocio de los recuerdos
Si esto llega a suceder, el "guardado" o la "descarga" pasaría a ser un negocio: pagarías por escanear, alojar y mantenerte entendido, casi como una suscripción existencial con letra pequeña. En SOMA, su historia y su universo reflejan un futuro en el que la inteligencia artificial confunde preservación con vida. Así, intenta salvar a la humanidad y, al mismo tiempo, termina creando monstruos al no ser capaz de entender que significa "ser un humano".
El dilema final termina más cerca de lo moral que de lo técnico. Lanzar la ARK es salvar copias, no personas y, aún en ese escenario, esas mismas copias pueden ser lo último que quede de nosotros. A nivel historia, funciona porque no busca sermonear, te obliga a convivir con tu duplicado y a aceptar que, como podría pasar si no regulamos los complementos neuronales, la identidad puede llegar a ser un error de interfaz.
Cuando SOMA vio la luz en 2015, hablar de "descargas mentales" y de "copias virtuales del yo" sonaba a ciencia ficción, pero hoy no parece una visión tan alejada de la realidad. La evolución de la inteligencia artificial y la llegada de los chips neuronales provoca que los problemas de contratos, derechos y soledad eterna estén sobre la mesa. En ese escenario, conviene andar con pies de plomo y regularizar antes de seguir actuando e improvisando sobre la marcha.
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