La pintura amarilla se ha convertido en uno de esos detalles minúsculos que, de repente y sin darte cuenta, explican medio videojuego moderno: una marca en una cornisa, un tablón sospechosamente resaltado o una pared que parece haber sido decorada por el mismo pintor en todos los mundos abiertos del planeta. Durante años, se ha tratado como un meme y como una guerra cultural entre aquellos que defienden que es una ayuda razonable y los que lo ven como una ofensa personal. Sin embargo, el problema real nunca fue el color, sino las costumbres del jugador.
A raíz de la popularización de este método, el jugador ya no ve una pared, ve una instrucción. En un juego que quiere presumir de inmersión, este tipo de decisiones pasan a ser problemáticas y ponen a las desarrolladoras en más de un aprieto. The Witcher 4, el proyecto más ambicioso de CD Projekt RED hasta la fecha, busca poner fin al mal de la pintura amarilla con una visión muy concreta: será el inicio de una nueva saga con Siri y, al mismo tiempo, un proyecto que el estudio define como "el título de The Witcher de mundo abierto más inmersivo y ambicioso hasta la fecha".
Esta frase, recogida por PC Gamer, alude a una idea muy concreta. Cuando un estudio vende inmersión, densidad y naturalidad, también promete que el mundo no será un escenario lleno de post-its para el jugador. Visto así, la pintura amarilla es algo más que una broma recurrente, ya que pasa a ser una amenaza directa contra la fantasía que el propio juego quiere construir. Por ello, hay que atender a declaraciones y pistas de figuras de la talla de Miles Tost, jefe de diseño de niveles de The Witcher 4 que explicó por qué el problema no es la pintura amarilla en sí, sino el exceso de uso de esta.
Su idea es bastante mejor que el debate simplista que suele rodear al tema. Cuando una herramienta se usa tanto y de forma tan evidente, el jugador "ve el humo y los espejos". Al hacerlo, deja de mirar el mundo como un lugar y empieza a verlo como un truco. De esta forma, Tost no defiende un diseño sin guía, ya que incluso reconoce que los juegos necesitan orientar al jugador. Lo que hace, y aquí sí está muy acertado, es cuestionar la torpeza con la que algunas desarrolladores han implementado la pintura amarilla en sus escenarios.
Un mal del siglo XXI
La discusión no va sobre si los videojuegos deben guiar o no, ya que todos lo hacen a través de color, luz, composición, enemigos colocados en cierto ángulo, una cámara que sugiere hacia dónde mirar, una habilidad que te ayuda a ubicarte en un entorno cubierto de elementos o, incluso, un compañero que te grita desde la otra punta del escenario. Aquí, la diferencia entre un buen diseño y uno perezoso no reside en las existencias de esas ayudas, sino en si consiguen pasar desapercibidas, en si forman parte del mundo o parecen un post-it pegado por el diseñador dando por hecho que no sabrás llegar.
The Witcher 4
Eso, a grandes rasgos, es la diferencia entre orientación e interrupción. Aquí, The Witcher 4 tiene mucho que decir porque llega como consecuencia directa de una evolución interna muy concreta. Tost admite que, cuando desarrollaron The Witcher 3, el estudio todavía no tenía el diseño de niveles tan sofisticado como hoy, así que muchas decisiones se tomaban de forma intuitiva. Sí, había ayudas, pero no una filosofía tan afinada como la que CD Projekt RED cree haber alcanzado después, especialmente con el lanzamiento de proyectos como Cyberpunk 2077: Phantom Liberty.
En la expansión de su último título hasta la fecha, la desarrolladora polaca ya hablaba de composición visual y de recursos mucho más deliberados para guiar la mirada del jugador. The Witcher 4, por tanto, no parte de cero, ya que nace dentro de un estudio que ya ha pasado de la intuición al control consciente de esas herramientas. De hecho, lo interesante es que esa obsesión no se debe relacionar solo con el estudio europeo, ya que existen otros ejemplos con desarrolladoras de la talla de Naughty Dog que demuestran que el problema de la pintura amarilla va más allá de los debates vacíos.
The Last of Us tiene un problema
En 2018, el estudio californiano presentó una charla en la GDC centrada en cómo guiar al jugador de forma natural a través de arte, efectos sonoros, sonido o guion, una visión que permite reducir la dependencia de marcadores, HUD o llamadas explícitas. Así, se trata de la misma aspiración que hoy verbaliza el equipo de The Witcher 3, ya que buscan que el jugador llegue a donde tiene que llegar sin sentir que lo han empujado hasta allí.
The Last of Us: Parte 1
De esta forma, no es casualidad que cuando se hable de pintura amarilla, mucha gente piense en The Last of Us o Uncharted, ya que Naughty Dog lleva años trabajando en un lenguaje visual en el que el entorno tiene que ser legible sin dejar de parecer creíble. Emilia Schatz, diseñadora del estudio y veterana de The Last of Us, lo resumió con bastante precisión en un artículo publicado en 80 Level al explicar que una parte esencial del trabajo consiste en lograr que el arte final sea legible, pero no por ello los artistas deben apostar por herramientas que reduzcan la comprensión al extremo.
Muchas compañías quieren acabar con la pintura amarilla
De esta forma, podría decirse que lo importante es la fantasía del mundo y, justo debajo de esta, la propia gramática del videojuego. En Medium, Arnaldo Licea (diseñador principal de Naughty Dog en The Last of Us: Parte II) explicó que sus estándares y métricas son críticos para mantener reglas consistentes y claridad de intención. Según Licea, las llamadas "zonas de buffer" sirven para eliminar ambigüedad y hacer que el nivel sea legible para el jugador. Se trata de una frase que parece técnica, pero traduce una verdad muy sencilla: en juegos detallados y naturales como los de Naughty Dog, esa propia naturalidad también se fabrica. El mundo debe parecer real, pero también debe hablar el idioma del jugador.
La promesa de The Witcher 4
Justo aquí es donde The Witcher 4 se juega mucho más que un simple debate visual. Cuánto más ambicioso sea su mundo abierto, más difícil será esconder las costuras del mismo. La demo técnica mostrada por CD Projekt RED y Epic, situada en Kovir y pensada para exhibir bosques densos, montañas, cargas fluidas y grandes aglomeraciones de NPC, deja claro el camino que quiere seguir el estudio: más detalle, más vida, más escala y más continuidad. Sin embargo, esa misma ambición complica la lectura del espacio: si su entorno es más recargado, orgánico y espectacular, será más fácil que el jugador se pierda.
En este escenario, si la ayuda para evitarlo es evidente, la ilusión de estar recorriendo un mundo vivo empieza a perder sentido. No obstante, el verdadero mérito de The Witcher 4 no estará en eliminar la pintura amarilla, sino en conseguir que no la echemos de menos. Renunciar a señales obvias no basta si luego el jugador se pasa veinte minutos dando vueltas o activa un modo de visión espacial cada treinta segundos. El buen diseño no consiste en esconder la guía por orgullo, sino en repartirla mejor en la composición, la silueta de la estructura, la colocación de la luz, la línea natural del terreno o el contraste sutil que el ojo detecta antes de que la cabeza piense.
Al final, podría decirse que la pintura amarilla ni siquiera es el problema, sino más bien el síntoma: es la prueba visible de que el AAA (o incluso el AAAA) moderno lleva años arrastrando errores relacionados con mundos cada vez más grandes, más bellos y más complejos que, precisamente por serlo, necesitan más ayuda para no volverse ilegibles. CD Projekt RED, por su parte, parece haber entendido con el desarrollo de The Witcher 4 que esa ayuda ya no puede funcionar como antes.
En 2026, el jugador ya conoce el truco, así que sabe leer las costuras, distinguir dónde termina el bosque e identificar dónde empieza la mano del diseñador. En un juego que promete ser el más inmersivo hasta la fecha, el gran reto no será llenar el mapa de cosas, será conseguir que el mundo siga pareciendo un mundo incluso cuando, muy en el fondo, te están guiando por él. La cuarta entrega del mago parte con esa promesa y, de momento, solo los que lo jueguen en el futuro (o aquellos que tengan un Delorean que llega a 142 km/h) saben la respuesta.
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