Nintendo lleva décadas construyendo universos que no solo sirven como escenarios de nuestras sagas favoritas, sino que son entidades vivas, casi un personaje más. Desde los coloridos bloques flotantes del Reino Champiñón hasta las bonitas costas de Koholint, cada mundo que ha creado la compañía japonesa ha logrado grabarse en la memoria colectiva de millones de personas. Lo más curioso es que, al analizar de cerca cómo funcionan estos lugares, descubrimos que no solo funcionan como decorados sino que son narradores silenciosos que cuentan historias a través de su diseño, su estética y de los secretos que esconden en cada rincón.
El verdadero legado de Nintendo no implica solo a sus héroes ni a sus villanos, sino también a su capacidad de invitar al jugador a habitar mundos que respiran por sí mismos, que evolucionan y que se dejan explorar con una naturalidad que parece cosa de magia.
Mushroom Kingdom: un sueño de bloques y tuberías
Yo creo, y espero que estéis de acuerdo conmigo, que pocas imágenes son tan universales en el imaginario de los videojuegos como el Reino Champiñón. Lo interesante de este universo es que nunca se nos da un mapa "realista" ni una explicación al detalle sobre su geografía o su localización. Simplemente sabemos que hay praderas verdes, desiertos, castillos de lava, cielos flotantes y, por supuesto, setas y bloques gigantes que funcionan como plataformas. Lo sin sentido de su arquitectura, lejos de romper la inmersión, se convierte en una especie de lógica de los sueños donde todo es posible y todo tiene sentido porque así lo marca el propio juego.
Cada nivel de Mario es un, llamémoslo, microcosmos, que nos enseña algo nuevo. Una tubería que conduce a un espacio secreto no es solo una sorpresa para nosotros, sino una lección de exploración. Un bloque que esconde una estrella después de un montón de bloques que no, se convierte en la recompensa a la curiosidad. El Reino Champiñón, con sus estrafalarios habitantes—desde Koopas hasta Goombas, ya sabéis—, nos enseña que un mundo no necesita ser realista para ser creíble.
Hyrule: la tierra de los mitos cambiantes
Si el Reino Champiñón es de alguna forma la representación del juego más puro, Hyrule es el intento de Nintendo por crear una mitología. Lo más increíble de este reino es que no es uno, sino muchos, ya que cada entrega de The Legend of Zelda lo va reimaginando con un mapa distinto y una geografía que se transforma pero que a la vez mantiene cosas reconocibles. Siempre hay un castillo, un bosque sagrado, un desierto inhóspito o una montaña que escalar. Es como un mito oral que se reinventa cada vez que se cuenta, pero manteniendo algunos símbolos que lo hacen reconocible.
Está bastante claro que el diseño de niveles en Zelda nunca se limita a llevar al jugador del punto A al punto B. Un templo no es solo un lugar donde combatir o resolver "puzzles", sino que también es un organismo que cuenta una historia. El Templo del Agua en Ocarina of Time, con sus mecanismos de inundación y vaciado, nos habla del control y de la paciencia. El Bosque Perdido es un laberinto que refleja la confusión y la infancia. Hyrule es, en sí misma, una enciclopedia de arquetipos universales que podemos reconocer más o menos fácilmente: el héroe, la princesa, el sabio y la sombra que amenaza con devorarlo todo.
Está bastante claro que el diseño de niveles en Zelda nunca se limita a llevar al jugador del punto A al punto B. Un templo no es solo un lugar donde combatir o resolver "puzzles", sino que también es un organismo que cuenta una historia
Toda esta acumulación de símbolos conecta con tradiciones tan antiguas como la mitología griega o japonesa. Su verdadera magia y lo que realmente nos engancha está en la familiaridad del mito y en la frescura de cada nueva reinvención.
Koholint: el mundo que nunca existió
Y luego, por poner un último ejemplo, está también Koholint, esa isla misteriosa de Link’s Awakening. A primera vista, parece un lugar más dentro de esa tradición de Zelda: playas, montañas, aldeas y mazmorras. Pero cuanto más avanzamos en la aventura, más se nos insinúa la idea de que el mundo entero es un sueño, creado por la voluntad del Pez del Viento. Esta revelación convierte de pronto cada rincón de la isla en un espacio lleno de melancolía.
Koholint no solo es bonito; es frágil. Sus habitantes no saben que viven en un sueño. Tienen sus rutinas, charlan con Link y parecen no saber que desaparecerán cuando se despierte el guardián del sueño. Ese contraste entre la vitalidad de la isla y la certeza de su destino hace de Koholint uno de los mundos más poéticos que ha creado nunca Nintendo. Jugar en él es como recorrer un recuerdo que, desgraciadamente, está condenado a desvanecerse, una metáfora del propio acto de jugar donde al acabar, todo se disuelve como una ensoñación.
La narrativa ambiental como denominador común
Lo que une a todos estos universos es la capacidad de contar historias sin palabras. Nintendo domina el arte de la narrativa ambiental: los mundos hablan a través de su diseño, de los objetos que encontramos y de las emociones que nos provocan por el camino.
En Mario, cada bloque con sorpresa que descubrimos y cada plataforma flotante nos invita a experimentar la alegría del descubrimiento. En Zelda, cada templo y cada paisaje nos cuentan una historia épica que va mucho más allá de los diálogos. En Koholint, cada detalle cotidiano —un aldeano que va por ahí cantando, o un marinero esperando su barco— se convierte en un recordatorio de que la existencia (algunas más que otras, desgraciadamente) es efímera.
A lo largo de cuatro décadas, Nintendo ha demostrado que los mundos virtuales no tienen que aspirar al realismo para ser inolvidables. Al contrario: cuanto más se alejan de lo lógico y lo real, más logran conectar con nuestro inconsciente. El Reino Champiñón, Hyrule y Koholint son puertas abiertas a universos imposibles que, sin embargo, sentimos como algo propio.
Quizás esa sea la mayor lección que dejan estos mundos, que no importa si flotan bloques en el aire, si un castillo cambia de forma en cada nuevo juego o si una isla entera es solo un sueño. Lo que importa es cómo nos hacen sentir mientras los habitamos. En ese sentido, los mundos de Nintendo son mucho más que escenarios: son recuerdos compartidos, paisajes emocionales que habitan en nosotros tanto como nosotros los habitamos en ellos.
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