Una de las claves del éxito de Stranger Things es que es capaz de recopilar un montón de referencias e ideas que a los más viejunos nos transportan a los años 80 y 90. una época en la que, por cierto, Stephen King lo petada prácticamente con todo lo que escribía. Y escribía mucho. Pero mucho, mucho. Stranger Things, además, bebe de multitud de historias y universal de la época: Los Goonies, D&D, AKIRA y el siempre enigmático y siniestro Proyecto Montauk. Y oculta a plena vista, una de las novelas de King más conocidas de los 90: La Tienda. ¿Título original? Needful Things.
La tienda que destruye lo que amas sin que lo notes y otras historias espeluznante
A estas alturas está claro que Hawkins no es un pequeño pueblo, tranquilo e ideal para tener una familia, asentarse y criar a tus hijos. Stranger Things comparte con La Tienda la idea de que un nuevo comercio, completamente normal y anodino de una pequeña población rural puede ser la puerta abierta a un universo horrores de todo tipo. En la novela, Leland Gaunt llega a Castle Rock con objetos deseados por todos, pero cada adquisición tiene un precio: ya sabéis, el tropo de "cuidado con lo que deseas", pero con ese toque de King y sus escenarios rurales de Estados Unidos. El Starcourt Mall, el centro comercial de Hawkins que ya hemos visto en Stranger Things, reproduce esta lógica: diversión, consumo y socialización por un lado, pero con un trasfondo de peligro que facilita la llegada del Demogorgon y la amenaza soviética. ¡Oh, los 80! La diversión capitalista típicamente americana de la Era Reagan oculta la corrupción, el peligro y terrores sin nombre.
Este centro comercial no es solo un lugar para patinar o comer pizza: es el epicentro del conflicto de la tercera temporada. Cada pasillo, cada tienda y cada rincón funciona como un imán que concentra a la comunidad y a la vez abre la puerta al desastre. Hopper, Eleven y los demás se ven atrapados en un entorno donde la diversión esconde un laboratorio secreto y un ejército de amenazas. La dualidad del Starcourt refleja a la perfección la esencia de La Tienda: la atracción de lo nuevo y brillante sirve para camuflar la destrucción que se avecina. También el imprescindible George Romero trabajó esta idea en 1978 con El Amanecer de los Muertos, pero esa es una historia para otro día.
Más allá de la imagen evidente del centro comercial Starcourt como epicentro de tensión y misterio, Stranger Things y La Tienda comparten una estructura narrativa y temática sorprendentemente parecida. En ambos relatos, un elemento externo que sirve de amenaza para los protagonistas actúa como catalizador que desata los conflictos ocultos de la comunidad. La manipulación de los deseos y temores individuales es central: en La Tienda, Gaunt conoce los secretos y resentimientos más profundos de los habitantes de Castle Rock y los convierte en instrumentos de caos; en Stranger Things, personajes como Vecna o las agencias secretas explotan los miedos, traumas y debilidades de los protagonistas, generando fracturas emocionales y físicas en la comunidad.
En ambos mundos, la tentación y la curiosidad inocente se convierten en elementos de destrucción
En ambos mundos, la tentación y la curiosidad inocente se convierten en elementos de destrucción: un objeto deseado o un deseo concedido siempre tiene un precio, y la moralidad de los personajes se pone a prueba, revelando lo frágil que es la armonía de un pequeño pueblo ante fuerzas externas que conocen cómo manipular el corazón humano. Eleven, por ejemplo, quiere tener una vida normal, pero el precio es implicar a sus amigos en una trama muy peligrosa que vertebra la trama de la serie. Esta dimensión psicológica y social de la amenaza convierte a ambos relatos en exploraciones inquietantes del comportamiento humano frente a lo desconocido, más allá de la mera presencia de un comercio o un espacio físico como epicentro de la historia.
Imagen de Talismán en Stranger Things
Más allá de La Tienda: el legado de King
King no inventó a los niños enfrentando horrores, pero sí definió cómo debía sentirse la experiencia. El grupo de amigos de Hawkins recuerda inevitablemente al Club de los Perdedores, enfrentando monstruos y traumas personales al mismo tiempo. La serie reproduce esta dinámica con fidelidad, y la ambientación suburbana remite constantemente a las novelas del autor. Incluso los conflictos adultos, secretos y traiciones, siguen la lógica de King: lo cotidiano esconde horrores insospechados. Ya sabéis, el chiste de los Simpson.
En la cuarta temporada, Stranger Things incluye un guiño directo a El Talismán: Lucas lee este libro de King a Max en coma sobre y menciona conceptos que conectan con el Mundo del Revés: Vecna y el Mind Flayer actúan como las entidades malignas que King presenta en su novela, mientras Hawkins se convierte en un tablero donde la lucha por la supervivencia y la protección de los seres queridos se vuelve épica. La quinta temporada promete explorar estos elementos aún más, quizá presentando un Talisman que podría cambiar el destino de la ciudad.
Frank Darabont, un hombre de confianza para Stephen King
Para esta última temporada, Stranger Things ha contado con el regreso de Frank Darabont, director de adaptaciones míticas de King como Cadena perpetua, La milla verde y La niebla. Darabont aporta un enfoque dramático y emocional que refuerza la conexión con King, asegurando que los episodios que dirige tengan la intensidad, el suspense y la humanidad que caracterizan al universo de Hawkins. Pocos creativos en Hollywood han logrado esa conexión con King y su obra, ni siquiera Kubrick. Su vuelta es un guiño a los fans más literarios y un recordatorio de que la esencia de King está viva en Stranger Things: si hay alguien que es capaz de transmitir la emoción de leer a King a la serie, ese es Darabont. Bueno, y tal vez Mick Garris, pero esa, de nuevo, es otra historia para otro momento.
Stranger Things ha contado con el regreso de Frank Darabont, director de adaptaciones míticas de King como Cadena perpetua, La milla verde y La niebla
Desde su estreno en 2016, Stranger Things ha tejido un homenaje constante a Stephen King. Desde Carrie hasta Ojos de Fuego, It y El Talismán, los guiños son incesantes. Incluso en su carta de presentación, Netflix dejó clara la inspiración: la tipografía del logo de la serie imita deliberadamente las portadas de las novelas de King de la época, creando un vínculo inmediato entre la estética visual de la serie y el universo literario del escritor. Los Duffer logran que la serie respire la misma atmósfera de misterio, nostalgia y terror que caracteriza al autor. La combinación de adolescentes enfrentando horrores, criaturas sobrenaturales y secretos familiares crea un equilibrio perfecto entre suspense y aventura, llevando la obra de King a un público moderno sin perder su esencia. Al final, Stranger Things y La Tienda comparten la misma lección: el mal entra por la puerta disfrazado de cotidianidad.
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