¿Sabías que el cantante de Imagine Dragons estaba haciendo un videojuego? Muchos lo olvidamos, pero el pasado 2025, Dan Reynolds y el equipo de Night Street Games —el estudio que fundó junto a su hermano Mac— anunciaron Last Flag, un multijugador gratis que pasó sin pena ni gloria por redes sociales y que yo, en lo personal, había olvidado. Ahora, sin embargo, ya lo he jugado en un evento exclusivo junto a nada menos que el propio Reynolds y lo que menos esperaba que me llegase una pizca de nostalgia de la era de Xbox 360 de la mano de una de las bandas de música más laureadas de la última década.
El proyecto nace del amor genuino de Reynolds por los videojuegos desde que era bien pequeño. El cantante estadounidense pasó horas y días jugando a los multijugadores más importantes de su época —sin olvidar referentes como Diablo o World of Warcraft—, pero siempre gravitando hacia un modo de juego en particular: Capturar la Bandera. Este clásico de dos equipos se ganó un lugar en sus tardes de juego por un motivo familiar muy tierno: ninguno de los hermanos era particularmente atlético, y capturar la bandera no premiaba al más rápido o aguerrido, sino al más estratega del equipo. Esa filosofía de "mente sobre músculo" es el ADN que recorre cada línea de código de un proyecto que lo apuesta todo a un único modo. Una apuesta arriesgada en un mercado tan saturado, pero la ejecución es lo suficientemente divertida como para atraparte desde la primera partida.
Last Flag mezcla Halo con CoD y un poco de hero shooter
Lo cierto es que la mezcla de géneros en Last Flag no es extraña, aunque sí arriesgada, haciendo un popurrí de ideas "de cada casa" que sorprendentemente funciona. Bajo la premisa de un PvP de diez jugadores, cada partida comienza con una fase denominada "esconder la bandera" —seguida de un "modo dominio" mientras la buscamos y un segmento final del que ya hablaremos—, y aquí llega la primera gran sorpresa: hablamos de un juego muy poco constreñido a las reglas clásicas. El mapa, de considerable tamaño y dividido en cuadrículas, es un patio de juego donde puedes esconder tu bandera sin límites en cuevas, zonas boscosas o edificios. Cada rincón mínimamente oculto sirve para evitar que el equipo contrario la encuentre, rompiendo con la previsibilidad de los puntos de control tradicionales.
Una vez escondida la bandera, el juego despliega su joya de la corona: una estética de "programa de televisión de los años 70". Es un apartado visual genial, lleno de luces saturadas y colores horteras que transforman el mapa en un gigantesco plató diseñado para el espectáculo. Esta identidad visual le quita hierro a la tensión de los shooters competitivos y nos introduce en un modo Dominio donde debemos controlar antenas para triangular la posición del "tesoro" enemigo. No gana el más duro, sino el que mejor juega sus cartas, convirtiendo el trabajo en equipo y la comunicación en algo fundamental para no revelar tu posición por error al defender demasiado cerca de tu bandera.
Sin embargo, en este despliegue táctico es donde aparece el mayor enemigo actual del juego: su pobre comunicación con el jugador. Last Flag peca de tener iconos demasiado pequeños, pocas alertas visuales y escasas ayudas para guiarte sin tener que depender constantemente de preguntarle a tus compañeros el clásico "¿dónde vamos?". Es un aspecto que todavía tienen tiempo de afinar, y es de lo poco que necesita un pulido urgente porque la base jugable funciona como un tiro. El concepto es tremendamente libre y orgánico, permitiendo que la partida respire y evolucione según las decisiones de los jugadores y no por un guion preestablecido de zonas de combate.
Cuando controles una antena podrás reaparecer en ese punto, no en tu base
En ciertos puntos, el flujo del juego recuerda al enfoque abierto de los mapas de Battlefield, estableciendo puntos clave de combates sangrientos mientras se suceden pequeñas narrativas y peleas en puntos alejados de la acción principal. Last Flag consigue ser frenético incluso con solo diez jugadores gracias a un diseño de mapa que sabe cuándo juntar a la gente y cuándo dejarles espacio para la estrategia. Pero nada de este frenetismo sería posible sin sus héroes, donde el proyecto mira de cerca a referentes como Apex Legends u Overwatch, dotando a cada personaje de nombre, apellidos y habilidades únicas, pero con un interesantísimo toque de MOBA.
Esta influencia del género implica que debemos acabar con una serie de minions (bots) repartidos por el mapa que, aunque no te atacan, te recompensan con dinero compartido para mejorar las habilidades de tus héroes. Esto genera un dilema estratégico brillante: ¿te dedicas a "farmear" en una esquina para potenciarte de cara al tramo final de la partida o te arriesgas a que el equipo contrario encuentre tu bandera mientras estás distraído limpiando bots? Es un toma y daca continuo que obliga a los equipos a dividirse los roles de manera casi instintiva entre recolectores de recursos y avanzadillas de ataque.
Aun así, la unicidad temática que busca Night Street Games afecta directamente al gunplay. Estamos ante héroes con armas rarísimas —desde rayos láser en rondas de tres hasta proyectiles de pringue viscoso— que definen su importancia en el roster desde muy temprano. Es el llamado "fenómeno Overwatch": en un hero shooter, si no tienes un equilibrio perfecto, muchos personajes acaban cogiendo polvo porque solo unos pocos resultan interesantes o viables competitivamente. A día de hoy los que funcionan son muy divertidos, pero el equipo novato de los Reynolds tendrá que trabajar duro para que el plantel sea equilibrado y no se rompa la experiencia a largo plazo.
El clímax final de la partida es, cuanto menos, una locura desquiciante. Imagínalo como el último minuto de un Marvel Rivals: caótico y difícil de seguir si no llevas horas a tus espaldas. Con la bandera enemiga a la espalda, debes plantarla en tu base y protegerla durante 30 segundos de la embestida total del rival. Es aquí donde sale lo mejor de cada uno, activando habilidades únicas como portales ilimitados desde el punto de respawn subterráneo o muros para separar al equipo contrario. Es un caos bien medido dentro de lo absurdo que resulta ver diez "Ultimates" funcionando al mismo tiempo en un espacio tan reducido.
Por ello, Last Flag es raro a mi juicio. Es una propuesta rara pero fascinante que, a pesar de sus lógicas asperezas de equipo debutante, consigue capturar algo muy difícil: la esencia de aquellas partidas de Halo 3 en la Xbox 360. Es un juego que entiende la adrenalina de correr por tu vida con un tesoro a cuestas mientras escuchas los pasos del enemigo detrás de ti. Es tan nostálgico como bien pensado, y espero que eso sea suficiente para crear una comunidad sólida en un mercado tan difícil. Lo mejor es que puedes comprobarlo por ti mismo gratis: el juego tiene una demo activa en el Steam Next Fest con acceso libre hasta el próximo 2 de marzo.
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