Uno podría pensar que mezclar al tándem formado por Danny Boyle y Alex Garland con una propuesta de ciencia ficción de gran presupuesto y un reparto de lujo es garantía de éxito. Pero no. Porque todas esas condiciones se daban en Sunshine, una película que me parece tremendamente interesante y que, en su estreno, no llegó ni a cubrir su presupuesto. Y es una pena, porque además de ser una lección de técnica y estilo, también hace una propuesta que me parece fascinante: mezclar el cine de desastres naturales con el horror cósmico.
Una odisea solar con equipo de lujo
Dirigida por Boyle y escrita por Garland, la misma dupla que revolucionó el cine de terror con 28 Días Después, Sunshine se estrenó en 2007 como una superproducción de ciencia ficción de la Fox. La película contaba con un reparto de lujo encabezado por Cillian Murphy, Chris Evans, Rose Byrne, Michelle Yeoh, Hiroyuki Sanada, Cliff Curtis, Benedict Wong y Mark Strong, nombres que hoy suenan todavía más deslumbrantes que entonces.
El argumento parte de una premisa apocalíptica: en el año 2057, el Sol se apaga y amenaza con condenar a la Tierra a una nueva era glacial. La última esperanza de la humanidad descansa en el Icarus II, una nave que transporta una bomba nuclear gigantesca destinada a reactivar la estrella. A bordo viaja una tripulación de especialistas que no solo deben enfrentarse al aislamiento del espacio y al peso de la misión, sino también a dilemas morales y a la influencia corrosiva del propio Sol.
Visualmente, la película es impresionante. La fotografía de Alwin H. Küchler juega constantemente con la luz cegadora y las sombras asfixiantes, subrayando la vulnerabilidad de los personajes frente a la magnitud de la catástrofe. La música de John Murphy y la colaboración con Underworld aportan un tono hipnótico y casi espiritual, con piezas como Adagio in D Minor que trascendieron la propia película y acabaron sonando en tráilers y producciones posteriores. Y a pesar de todo, catacrack, se la pegó en taquilla, tal vez porque su propuesta buscaba algo más que el cine palomitero que aquellos años se repartía la taquilla entre Harry Potter y Jack Sparrow.
El cine de desastres llevado al espacio
Aunque envuelta en estética de ciencia ficción, Sunshine hereda gran parte de su estructura del cine de catástrofes. Como en Armageddon o Deep Impact, la amenaza es global y total: el colapso del Sol condena a toda la población de la Tierra. La misión del Icarus II es un desesperado último recurso, una carrera contrarreloj en la que no hay margen para el fracaso. Los personajes responden al arquetipo clásico de estos relatos: el físico brillante (Cillian Murphy), el ingeniero pragmático (Chris Evans), el capitán que carga con la responsabilidad (Hiroyuki Sanada), la piloto, el médico, el botánico… Cada uno aporta una pieza esencial en el engranaje de la misión.
Y como en todo buen cine de desastres, los errores humanos, las tensiones internas y las decisiones imposibles se acumulan, recordándonos que, incluso frente a una amenaza cósmica, el mayor peligro puede estar dentro de la propia tripulación. De ahí que con esa limitación en su escenario, confinado a sus protagonistas al reducido espacio de una nave estelar, se perdieran las carreras y peripecias acrobáticas que suelen vender este tipo de películas. Los efectos visuales refuerzan esta escala épica de esta aventura, pero parece que no fueron suficientes para llamar la atención del gran público. Las secuencias en las que la nave se acerca a la incandescencia del Sol transmiten un vértigo sensorial que pone a los espectadores frente a la inmensidad de lo que está en juego. Por muy emocionante y sugerente que a algunos nos pueda parecer esa imagen, no fue suficiente.
El horror cósmico de mirar al Sol
Personalmente creo que Sunshine, además, tiene otro elemento que distingue esta peli de otras propuestas espaciales similares: su giro hacia el horror cósmico. Bajo la apariencia de ciencia ficción dura, la película plantea un terror que recuerda a Lovecraft, Robert Bloch, o Robert W. Chambers, la insignificancia humana frente a fuerzas incomprensibles e indiferentes. El Sol, más que un astro moribundo, se convierte en una presencia casi divina y destructora. Su luz abrasadora no solo amenaza la integridad física de la nave, sino también la cordura de quienes la contemplan demasiado de cerca. El personaje de Searle (Cliff Curtis) encarna esta fascinación enfermiza, mientras que el hallazgo del Icarus I a la deriva funciona como un presagio de fatalidad inescapable.
El Sol, más que un astro moribundo, se convierte en una presencia casi divina y destructora
Más allá de los géneros que mezcla, Sunshine es también una reflexión sobre la esperanza, el sacrificio y la espiritualidad. Danny Boyle reconoció haberse impregnado de un aire casi religioso durante el rodaje, trasladando al filme esa sensación de misticismo frente a lo inabarcable. El diseño lumínico de Küchler juega un papel esencial: los destellos cegadores y las saturaciones de color transmiten que el Sol es, a la vez, fuente de vida y de aniquilación. En este sentido, Sunshine bebe tanto de clásicos como 2001: Una odisea del espacio o Solaris, como de propuestas de terror espacial como Horizonte Final. Su ambición fue recuperar la tradición de la ciencia ficción adulta de los años 70 y actualizarla con la energía del nuevo milenio.
¿Por qué fracasó Sunshine en taquilla?
Con un presupuesto estimado de 40 millones de dólares, Sunshine apenas recaudó 32 en todo el mundo. Fue un fracaso comercial que contrastaba con la buena recepción crítica que destacaba su ambición y su estilo visual. ¿Qué ocurrió? Hay varias razones que explican este piñazo. En primer lugar, su ritmo narrativo: tras un arranque espectacular, la historia se volvía tal vez demasiado reflexiva. Debido a ese cambio de ritmo algunos espectadores se descolgaron con el cambio de tono hacia el horror psicológico en el tramo final. En segundo lugar, la mezcla de géneros, ciencia ficción dura, catástrofe épica y terror cósmico, desconcertó a un público más orientado a la acción directa, aunque ya os digo que a mí me parece su faceta más interesante.
Tampoco ayudó la competencia de 2007: aquel año llegaron a salas 300, Soy Leyenda o Transformers. Todas ellas blockbusters mucho más accesibles para un público masivo. Hoy, sin embargo, Sunshine se ha ganado un lugar como película de culto. Vista en retrospectiva, es una rareza valiente que demuestra que la ciencia ficción puede ser espectáculo, terror y reflexión al mismo tiempo. Una epopeya galáctica que, aunque fracasó en taquilla, sigue brillando con luz propia (bien hilado, ¿no?).
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