El aumento del interés en torno a la inteligencia artificial ha disparado la demanda de cómputo. A raíz de esto, algunas compañías han comenzado a mirar al espacio, ya que tienen planes de utilizar satélites V3 y Starship para montar centros de datos solares. De esta forma, mientras en nuestro planeta crecen las instalaciones gigantescas que tensionan redes y, por tanto, despiertan preocupaciones en torno a las facturas eléctricas, algunos creen que es hora de ir más allá de la Tierra.
Uno de ellos es Jeff Bezos, el fundador de Amazon y uno de los principales defensores de la evolución humana más allá de las posibilidades terrestres. Ahora, Elon Musk se ha unido a esta visión con una afirmación categórica: "SpaceX lo hará posible". Así, Musk señaló que tiene la intención de escalar Starlink V3 con enlaces láser y gran capacidad, dos aspectos que le han llevado a hacer una promesa: aprovechar la energía solar abundante sin externalidades locales.
A pesar del interés de Musk, aspectos como las dudas en torno a los costes, el ensamblaje autónomo o el retorno económico crecen a medida que aumentan las hipótesis relacionadas con la creación de centros de datos orbitales. De hecho, las encuestas muestran la inquietud de los consumidores, ya que muchos temen que la fiebre de los centros de datos termine afectando a sus bolsillos. Para sorpresa de nadie, solo hace falta mirar los números de Estados Unidos para ver la realidad: los centros de datos ya representan un 4% de la demanda eléctrica.
Los centros de datos espaciales son el futuro
La historia espacial reciente nos hace creer que la posibilidad de ver centros de datos orbitales no es tan descabellada, ya que los satélites ya transmiten, almacenan y procesan datos. Sin embargo, la intención sería llevar dicha lógica a centros orbitando, razón por la que hablamos de grandes paneles, nuevos buses y la presencia de logística relacionada con el mantenimiento. Por ello, más allá de los desafíos de coste u operatividad, también se encuentran otros relacionados con latencias competitivas.
En tierra, la variedad de ofertas está fomentada por las energías renovables y las baterías a gran escala. En el espacio, en cambio, las incertidumbres políticas crecen en torno a incentivos y cuellos de suministro en turbinas y gas, una serie de aspectos que no solo complican la planificación, sino que también elevan los plazos de puesta en marcha. A pesar de ello, las promesas de los gigantes del sector no dejan de sucederse.
Un ejemplo de ello es Starship y su intención de lanzar decenas de satélites V3 por vuelo. Con esto, planean multiplicar la capacidad a 1 Tbps por unidad, pero hay que tener en cuenta un detalle: si el coste por kilogramo cae, el cómputo orbital ganaría tracción y, por tanto, ejercería presión de cara a pensar tanto el borde de red como las rutas de datos. Además, el gas natural no responde a tiempo, ya que la producción se dirige a exportaciones y las nuevas plantas tardan años.
De esta forma, con las energías renovables ralentizadas, los operadores de centros de datos se ven "entre la espada y la pared". Así, las Big Tech podrían firmar acuerdos de compra de energía renovable, pero esto requiere capacidad de red, almacenamiento y flexibilidad para poder cubrir los picos de carga típicos del entrenamiento de modelos. Por tanto, la aceptación social pasa a ser un elemento clave: en tierra, el debate gira en torno al ruido, el gasto de agua, el uso de suelo o los costes; en el espacio, se centra en la chatarra espacial, la seguridad y la soberanía de datos.
¿Cuál es el papel de España en esta historia?
A pesar de que España no está involucrada de forma directa en estas operaciones, vivir en un sistema globalizado nos obliga a estudiar qué podría pasar en nuestro territorio. A nivel de electricidad, por ejemplo, un aumento de la demanda en torno a la inteligencia artificial o los centros de datos podría llegar a presionar tarifas si la oferta no acompaña. Esto, dicho con otras palabras, acelera las operaciones relacionadas con renovables o almacenamiento, pero exige redes y permisos más ágiles para evitar traslados de costes a hogares y pymes.
Si hablamos de industria, la visión es clara: es una gran oportunidad para atraer a grandes tecnológicas. Más allá de las posibilidades de la España vaciada que tantas veces hemos tocado, la construcción de centros de datos alimentados por energía solar o eólica ofrece un factor tan diferencial como competitivo. No obstante, si no existen beneficios compartidos, lo más probable es que nos enfrentemos a riesgos como la concentración geográfica o las tensiones locales en campos como el empleo, el calor residual o la inversión en redes.
A su vez, si España decidiera formar parte de esta aventura, tendría por delante múltiples desafíos relacionados con la regularización. Ello, sumado a la posible soberanía digital del usuario español en campos como la computación orbital o la terrestre, daría pie a la posibilidad de mejorar latencias y resiliencia. No obstante, esto requiere acuerdos de datos, ciberseguridad y continuidad del servicio ante eventos climáticos o espaciales, así como un interés activo en un campo en el que, al menos por el momento, España no ha mostrado ningún tipo de interés.
Imagen principal de 3DJuegos
En 3DJuegos | TikTok ya no es una app de vídeos cortos, sino una plataforma capaz de definir el futuro del consumo social
En 3DJuegos | Nvidia se ha convertido en la empresa más valiosa de la historia y eso está a punto de ser un problema para la humanidad
Ver 0 comentarios